La Casa de los Espejismos: Un Relato de Sueños Rotos en Pozuelo

—¿De verdad crees que esto nos hará felices, Tomás? —La voz de Lucía resonó en el salón vacío, rebotando entre las paredes recién pintadas de blanco roto. Yo sostenía la caja con los últimos libros, temblando ligeramente, no sé si por el peso o por el frío que sentía en el pecho.

Habíamos tardado casi tres años en construir esta casa en Pozuelo. Cada ladrillo, cada azulejo, cada rincón había sido discutido, soñado y peleado. Yo pensaba que al cruzar el umbral todo cambiaría, que dejaríamos atrás los años de alquiler, las discusiones por el espacio y la falta de intimidad. Pero ahora, con la mudanza terminada y el eco de nuestras voces llenando el vacío, sentí que algo se había roto antes incluso de empezar.

—Claro que sí, Lucía —respondí, intentando sonar convencido—. Aquí vamos a empezar de nuevo. Aquí todo será diferente.

Ella me miró con esos ojos oscuros que siempre parecían ver más allá de mis palabras. No dijo nada más. Se giró y subió las escaleras, dejando tras de sí el aroma de su perfume y una estela de dudas.

Esa noche dormimos juntos pero separados por un abismo invisible. Afuera, la lluvia golpeaba los cristales del ventanal del dormitorio principal. Yo no podía dejar de pensar en mi madre, en cómo me había advertido: “Tomás, una casa no arregla lo que está roto por dentro”. Pero yo no quise escucharla. Siempre pensé que el problema era el espacio, no nosotros.

Los primeros meses fueron una sucesión de cenas silenciosas y rutinas nuevas. Lucía se volcó en decorar cada habitación; yo me refugié en el trabajo. Nuestra hija, Marta, apenas tenía diez años y ya parecía entender demasiado. Una tarde la encontré sentada en el suelo del pasillo, abrazando a su peluche favorito.

—¿Por qué ya no reís juntos? —me preguntó sin mirarme.

No supe qué responderle. Me limité a acariciarle el pelo y prometerle que todo iría bien. Pero ni yo mismo me lo creía.

Las cosas empeoraron cuando mi hermano Sergio apareció una noche sin avisar. Venía borracho, con los ojos rojos y la voz rota.

—Necesito quedarme unos días —dijo—. Me han echado del piso.

Lucía me miró con furia contenida. Sabía que Sergio era un problema andante: deudas, peleas, promesas incumplidas. Pero era mi hermano. No podía dejarle en la calle.

—Solo serán unos días —le aseguré a Lucía.

Pero los días se convirtieron en semanas. Sergio traía consigo un caos que se colaba por todas las rendijas: discusiones a gritos por teléfono, botellas vacías escondidas bajo la cama de invitados, dinero que desaparecía del monedero de Lucía. Una noche, tras una discusión especialmente dura entre ellos dos, Lucía me lanzó un ultimátum:

—O él o yo.

Me quedé helado. ¿Cómo elegir entre mi hermano y mi esposa? ¿Cómo decidir quién tenía derecho a quedarse bajo el techo que tanto nos había costado construir?

Esa noche dormí en el sofá. Sergio se fue al día siguiente sin despedirse. Lucía tampoco me habló durante días. Marta empezó a tartamudear otra vez, como cuando era pequeña y tenía miedo a la oscuridad.

El verano llegó y con él las visitas familiares. Mis padres vinieron desde Salamanca para ver la casa nueva. Mi madre paseó por el jardín con una sonrisa triste.

—No es la casa lo que importa, hijo —me dijo mientras regaba las hortensias—. Es lo que sois aquí dentro.

Yo asentí sin saber qué decirle. Por las noches escuchaba a Lucía llorar en silencio en el baño. Yo quería abrazarla, pedirle perdón por todo lo que no sabía arreglar, pero algo me lo impedía: el orgullo, el miedo o tal vez la certeza de que ya era tarde.

Un domingo cualquiera, mientras desayunábamos los tres en la terraza, Lucía dejó caer la bomba:

—He encontrado un piso en Chamberí. Me voy con Marta.

El café se me atragantó. Miré a mi hija; tenía los ojos llenos de lágrimas contenidas.

—¿Por qué? —fue lo único que pude decir.

—Porque aquí ya no somos una familia —respondió Lucía con voz firme—. Porque esta casa es solo eso: paredes y muebles bonitos. Pero nosotros… nosotros estamos rotos.

Intenté convencerla, rogué, supliqué. Pero ella ya había tomado la decisión. Dos semanas después se marcharon. El silencio que quedó fue ensordecedor.

Durante meses viví solo entre esas paredes frías y perfectas. Mis amigos dejaron de llamarme; mi familia me miraba con lástima cuando iba a Salamanca los fines de semana. Marta me visitaba cada quince días; cada vez parecía más distante.

Una tarde de otoño encontré una carta de Lucía entre los libros del despacho:

“Tomás,
Ojalá hubiéramos entendido antes que un hogar no se construye solo con cemento y sueños compartidos. Ojalá hubieras escuchado más y trabajado menos. Ojalá yo hubiera tenido más paciencia y menos miedo. Pero sobre todo, ojalá Marta recuerde algún día los momentos felices que tuvimos aquí.”

Lloré como un niño esa noche. Por todo lo perdido, por todo lo que no supe cuidar.

Hoy sigo viviendo en esta casa grande y vacía de Pozuelo. A veces paseo por el jardín y me pregunto si alguna vez fue realmente nuestro hogar o solo un espejismo construido sobre deseos imposibles.

¿De verdad una casa puede salvar a una familia? ¿O somos nosotros quienes debemos aprender a salvarnos antes de levantar paredes nuevas?