La casa de los secretos: Entre mi hermano y mi esposa

—¿Por qué no puedes dejarlo ya, Sergio? —La voz de Lucía, mi esposa, temblaba de rabia contenida mientras yo, desde el pasillo, escuchaba sin atreverme a entrar en la cocina.

—No es tan fácil, Lucía. No después de lo que pasó —respondió mi hermano, con ese tono seco que sólo usaba cuando estaba al borde del abismo.

Me quedé paralizado. Era la una de la madrugada y la casa estaba en silencio, salvo por susurros que se colaban como cuchillos en la oscuridad. No era la primera vez que discutían a escondidas, pero sí la primera vez que los pillaba. Sentí cómo el suelo bajo mis pies se volvía inestable, como si la casa misma se rebelara contra mí.

Desde pequeño, Sergio había sido mi héroe. Cuando papá nos dejó, él se encargó de todo: pagó facturas, me ayudó con los deberes y hasta renunció a estudiar para trabajar en el taller de Don Manuel. Yo siempre le admiré por eso. Pero ahora, después de tantos años, algo se había roto entre nosotros y no sabía cómo repararlo.

Lucía y yo llevábamos cinco años casados. Nos conocimos en la universidad de Salamanca y, tras muchas idas y venidas, decidimos mudarnos a Madrid para empezar de cero. Pero la crisis nos golpeó fuerte y tuvimos que aceptar que Sergio viniera a vivir con nosotros cuando perdió su trabajo en Valladolid. Al principio todo fue bien, pero pronto las tensiones comenzaron a crecer.

—¿Y si Tomás se entera? —preguntó Lucía en voz baja.

—No lo hará —respondió Sergio—. No si tú cumples tu parte.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Qué parte? ¿Qué secreto compartían mi hermano y mi esposa? Me apoyé contra la pared, intentando controlar la respiración. No podía entrar en ese momento; necesitaba pensar.

Los días siguientes fueron una tortura. Lucía evitaba mirarme a los ojos y Sergio salía temprano y volvía tarde, como si huyera de algo o de alguien. Yo me sentía invisible en mi propia casa, un invitado incómodo entre dos personas que lo sabían todo y no decían nada.

Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, encontré una carta arrugada en el bolsillo de una chaqueta de Sergio. Dudé antes de abrirla, pero la curiosidad pudo más que la culpa.

«Sergio,
No puedo seguir así. Lo que pasó esa noche fue un error, pero no puedo cargar con esto sola. Tomás merece saberlo. Si no se lo dices tú, lo haré yo.
Lucía»

El mundo se me vino abajo. ¿Qué había pasado esa noche? ¿De qué error hablaban? Me sentí traicionado por los dos pilares de mi vida. Quise gritar, romper algo, pero sólo pude sentarme en el suelo y llorar como un niño.

Esa noche enfrenté a Lucía. La encontré en el salón, mirando fotos antiguas de nuestro viaje a Granada.

—¿Qué pasó entre tú y Sergio? —le pregunté sin rodeos.

Ella se quedó helada. Sus ojos se llenaron de lágrimas y supe que no podía seguir mintiendo.

—Fue una vez… —susurró—. Estábamos borrachos después de la boda de tu prima Marta. Yo… yo me sentía sola y Sergio también. Fue un error horrible, Tomás. Lo he lamentado cada día desde entonces.

Sentí que me faltaba el aire. La rabia me quemaba por dentro, pero también el dolor y la decepción. ¿Cómo podía perdonar algo así?

Sergio intentó hablar conmigo al día siguiente.

—Hermano, lo siento… No hay excusa para lo que hice. Pero tienes que saber que Lucía te quiere de verdad. Fue un momento de debilidad para los dos.

No pude mirarle a los ojos. Quise golpearle, gritarle todo lo que llevaba dentro, pero sólo conseguí decir:

—Vete de mi casa.

Durante semanas viví como un fantasma. Lucía intentó acercarse varias veces, pero yo sólo podía pensar en su traición. Mi madre vino desde León para apoyarme, pero ni siquiera ella pudo aliviar el peso que sentía en el pecho.

La familia se dividió: algunos defendían a Sergio por todo lo que había hecho por mí en el pasado; otros decían que debía perdonar a Lucía porque todos cometemos errores. Pero yo no podía decidirme. Cada vez que veía a Lucía llorar o recibía un mensaje de Sergio pidiéndome perdón, me sentía más perdido.

Una tarde lluviosa, mi sobrina Paula vino a verme. Tenía sólo ocho años pero fue directa al grano:

—¿Por qué ya no viene el tío Sergio? Mamá dice que estás enfadado con él…

No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle a una niña que los adultos también se equivocan? ¿Que a veces el amor no basta para curar las heridas?

Hoy escribo esto desde el mismo salón donde todo empezó. La casa está más silenciosa que nunca; Lucía se ha ido a casa de sus padres y Sergio no ha vuelto a llamarme. Me pregunto si algún día podré perdonarles o si este secreto será siempre una sombra sobre mi vida.

A veces me pregunto: ¿Es posible reconstruir una familia después de una traición así? ¿O hay heridas que nunca sanan? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?