La casa que no heredarán: El último acto de mi soledad
—¡No me llames más para preguntarme por el testamento, Lucía! —grité al teléfono, con la voz temblorosa y el corazón latiendo a mil por hora. Mi sobrina, la única que aún se dignaba a marcar mi número, colgó sin decir adiós. El silencio volvió a llenar el salón, ese salón grande y frío donde cada rincón me recordaba a Manuel, mi marido, y a los años en que la casa rebosaba de vida.
Me llamo Carmen Jiménez y tengo sesenta años. Vivo en una pequeña ciudad de Castilla-La Mancha, en la casa que Manuel y yo levantamos con nuestras propias manos hace más de treinta años. No tuvimos hijos. Mi familia —hermanos, sobrinos, primos— siempre estuvo cerca, pero nunca lo suficiente como para llenar el vacío que dejó su muerte. Ahora solo aparecen cuando huelen el dinero.
La última Navidad fue la gota que colmó el vaso. Vinieron todos: mi hermano Antonio con su mujer, mis sobrinas Lucía y Marta, incluso mi prima Pilar, a la que no veía desde hacía años. Trajeron regalos baratos y sonrisas falsas. Durante la cena, las miradas se cruzaban sobre los platos de cordero asado, pero no hablaban de recuerdos ni de cariño. Solo preguntaban por la casa, por las cuentas, por los papeles del banco.
—Tía Carmen, deberías pensar en el futuro —dijo Lucía, fingiendo preocupación—. Ya no eres una niña. ¿Quién se ocupará de ti si te pasa algo?
—No te preocupes, hija —respondí con una sonrisa amarga—. Siempre he sabido cuidar de mí misma.
Pero esa noche lloré en silencio en mi habitación. No por la soledad —a esa ya me había acostumbrado— sino por la certeza de que nadie me quería por lo que soy, sino por lo que tengo.
Pasaron los meses y las llamadas se hicieron más frecuentes. A veces era Antonio, otras veces Marta. Siempre con excusas: “¿Necesitas algo?”, “¿Te llevo al médico?”, “¿Por qué no vendes la casa y te mudas a Madrid con nosotros?”. Pero yo sabía lo que buscaban. No era compañía; era herencia.
Una tarde de abril, mientras regaba las plantas del patio —las mismas bugambilias que Manuel plantó el año en que nos casamos— sentí una rabia sorda crecer dentro de mí. ¿Por qué tenía que dejarles todo a ellos? ¿Por qué premiar su codicia? Recordé a Teresa, mi vecina de toda la vida, viuda como yo y sin familia. Recordé a los chicos del centro social, a quienes ayudaba con clases de lectura los jueves. Ellos sí me daban las gracias con abrazos sinceros y sonrisas verdaderas.
Esa noche tomé una decisión. Busqué el número del notario en la agenda y pedí cita para el viernes siguiente.
—¿Está segura de esto, doña Carmen? —me preguntó el notario mientras revisaba los papeles—. Su familia podría impugnar el testamento.
—Que lo intenten —respondí con firmeza—. Esta casa no es solo ladrillo y tejas; es mi vida entera. Y quiero que sirva para algo más que alimentar su avaricia.
Firmé los documentos con mano firme: la casa sería donada al centro social del barrio tras mi muerte. Ni un euro para los que solo supieron buscarme cuando olieron dinero.
Los días siguientes sentí una mezcla extraña de alivio y miedo. ¿Había hecho bien? ¿Sería demasiado cruel? Pero cada vez que sonaba el teléfono y veía el nombre de Lucía o Antonio en la pantalla, recordaba sus palabras envenenadas y su falsa preocupación.
Un domingo cualquiera, Lucía apareció sin avisar. Llevaba una tarta comprada en el supermercado y una sonrisa forzada.
—Tía Carmen, ¿cómo estás? Hace mucho que no hablamos…
—No hace tanto —le corté—. ¿A qué has venido?
Se quedó callada un momento antes de soltarlo:
—He oído rumores… Dicen que has cambiado el testamento. Que vas a dejarlo todo a unos desconocidos.
La miré a los ojos, buscando algún rastro de cariño verdadero. No encontré nada.
—No son desconocidos —dije despacio—. Son personas que me han dado más amor del que he recibido de mi propia sangre en años.
Lucía se levantó bruscamente.
—Esto es una locura. Papá va a enfadarse mucho cuando se entere.
—Que se enfade —le respondí sin levantar la voz—. Ya no me importa.
Cuando se fue, sentí una paz nueva en el pecho. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que tenía el control sobre mi vida y mi muerte.
Las semanas pasaron y las visitas cesaron. Nadie volvió a llamarme salvo Teresa o los chicos del centro social. Empecé a disfrutar del silencio de la casa, de los atardeceres en el patio y del olor a pan tostado por las mañanas.
A veces me asusta pensar en el final: morir sola entre estas paredes llenas de recuerdos. Pero prefiero eso antes que regalar mi vida a quienes nunca supieron valorarla.
Ahora escribo estas líneas sentada en el mismo banco donde Manuel y yo soñábamos con un futuro juntos. Y me pregunto: ¿Cuántos más hay como yo? ¿Cuántos han sentido ese vacío cuando descubren que su familia solo los busca por interés?
¿De verdad merece la pena sacrificar nuestra dignidad por un poco de compañía fingida? ¿O es mejor morir fieles a nosotros mismos?
¿Y tú? ¿Qué harías si estuvieras en mi lugar?