La casa que nos rompió: Historia de una familia de León
—Mamá, tenemos que hablar —mi voz tiembla, pero no puedo evitarlo. Estoy de pie junto a la mesa de madera, esa que mi abuelo talló con sus manos hace más de sesenta años, y siento cómo el peso de los años y las palabras no dichas me aplasta el pecho.
Mi madre, Carmen, no levanta la vista del café que remueve con lentitud. El reloj de pared marca las siete y media, pero aquí dentro el tiempo parece detenido desde que papá murió. Afuera, la lluvia golpea los cristales con furia, como si quisiera entrar y arrastrar todos nuestros recuerdos.
—No quiero hablar de eso, Tomás —dice al fin, con esa voz baja que usaba cuando yo era niño y me regañaba por romper algo.
—Pero mamá, no podemos seguir así. La casa necesita arreglos, tú no puedes sola… Y yo… —me detengo. No quiero decirlo todo de golpe. No quiero herirla más de lo que ya lo he hecho.
—¿Y tú qué? —levanta la mirada y sus ojos están llenos de cansancio y algo más, algo parecido al miedo—. ¿Tú qué necesitas, hijo?
Respiro hondo. Pienso en Lucía, mi mujer, esperando en nuestro piso diminuto del centro, contando los euros para llegar a fin de mes. Pienso en nuestra hija, Alba, que pregunta por qué no tiene un cuarto propio como sus amigas del colegio. Pienso en mi hermana Marta, que vive en Madrid y apenas llama, pero que seguro aparecerá si hay dinero de por medio.
—Necesito empezar de nuevo, mamá. Lucía y yo… estamos ahogados. Si vendemos la casa podríamos comprar algo más pequeño para ti y ayudarme a mí…
El silencio cae como una losa. Mi madre deja la cuchara sobre el plato con un golpe seco.
—Esta casa es lo único que me queda de tu padre. Aquí crecisteis tú y Marta. Aquí celebramos las navidades, los cumpleaños… ¿Y ahora quieres venderla como si fuera un mueble viejo?
Siento un nudo en la garganta. Sé que para ella esta casa es sagrada, pero para mí es una cárcel. Cada rincón me recuerda a las discusiones de mis padres, a las noches en vela escuchando cómo papá gritaba porque el dinero no llegaba. A los inviernos sin calefacción porque había que ahorrar para pagar la hipoteca.
—No es solo por mí —intento explicarle—. Tú tampoco puedes seguir aquí sola. El tejado tiene goteras, la caldera apenas funciona… ¿Cuánto tiempo más vas a aguantar?
Ella se levanta despacio y camina hasta la ventana. Mira la lluvia caer sobre el jardín descuidado, donde aún crecen las rosas que plantó mi abuela.
—¿Y Marta? —pregunta sin girarse—. ¿Le has dicho algo?
—He intentado llamarla, pero ya sabes cómo es… Siempre ocupada.
Mi madre asiente en silencio. Sé que le duele tanto como a mí esa distancia con mi hermana. Desde que se fue a Madrid apenas viene por aquí; dice que el trabajo no le deja tiempo, pero yo sé que simplemente quiere olvidar este lugar.
De repente, mi madre se vuelve hacia mí con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Sabes lo que más me duele? Que esta casa os pesa como una maldición. Que en vez de unirnos, nos está separando.
Me acerco y le cojo las manos. Están frías y huesudas.
—Mamá…
—No —me interrumpe—. Déjame terminar. Yo sé que no puedo quedarme aquí para siempre. Pero tampoco quiero sentir que os estoy obligando a cargar con algo que no queréis.
En ese momento suena el teléfono fijo. Es Marta. Mi madre contesta con voz temblorosa.
—¿Sí? Hola hija… Sí, está aquí tu hermano…
La conversación es breve. Cuando cuelga, me mira con resignación.
—Dice que si vendemos la casa quiere su parte. Que no puede venir a ayudarme a mudarme ni nada de eso.
Siento rabia y tristeza al mismo tiempo. Siempre igual: Marta solo aparece cuando hay dinero en juego.
—Mamá, yo te ayudaré con todo —le prometo—. Buscaremos un piso cerca del centro, donde puedas estar bien…
Ella asiente despacio, derrotada.
Esa noche me quedo a dormir en mi antigua habitación. Apenas pego ojo pensando en todo lo que estamos perdiendo: la infancia, los recuerdos buenos y malos, la sensación de pertenecer a un lugar aunque duela.
Al día siguiente vamos juntos a ver a un agente inmobiliario del barrio. La casa no vale tanto como pensábamos; necesita demasiadas reformas. Mi madre escucha en silencio mientras el hombre enumera los desperfectos: tejado, fontanería, ventanas…
Cuando salimos a la calle llueve aún más fuerte. Caminamos en silencio hasta una cafetería donde solíamos ir cuando era niño.
—¿Sabes? —dice mi madre mientras revuelve el café—. A veces pienso que tu padre estaría enfadado si supiera lo que vamos a hacer… Pero también creo que él querría vernos felices.
No sé qué decirle. Solo le aprieto la mano y miro por la ventana empañada.
Un mes después firmamos los papeles de la venta. Mi madre se muda a un piso pequeño pero luminoso cerca del mercado; yo consigo dar la entrada para un piso mejor para mi familia. Marta recibe su parte y vuelve a desaparecer en su mundo lejano.
Pero cada vez que paso por la calle donde estaba nuestra casa siento un vacío imposible de llenar.
A veces me pregunto: ¿Hicimos lo correcto? ¿Cuánto pesa realmente una casa cuando lo que está en juego es el amor y la unión de una familia? ¿Vosotros habéis sentido alguna vez ese dolor al dejar atrás vuestro hogar?