La casa que nunca fue mía: traición entre madre e hija
—¿Cómo que la casa ya no es nuestra? —grité, con la voz quebrada y las manos temblorosas, mientras sostenía el móvil con tanta fuerza que pensé que se partiría en dos.
Al otro lado, mi madre, Carmen, guardaba un silencio que dolía más que cualquier palabra. Era una tarde de abril en Madrid, y yo acababa de recoger a mi hija Lucía del colegio cuando recibí la llamada de un desconocido: “Señora, soy el nuevo propietario de la vivienda en la calle Alcalá. Necesito que recoja sus cosas antes del viernes”.
No entendía nada. Esa casa era mi refugio desde niña, el lugar donde aprendí a montar en bici, donde mi padre me enseñó a bailar pasodobles los domingos por la mañana. Mi madre siempre me dijo: “Esta casa será tuya y de Lucía. Es lo único que tengo para dejaros”. Nunca hubo papeles, ni testamentos. ¿Para qué? Éramos solo nosotras dos desde que papá murió. La confianza era nuestro único contrato.
—Mamá, ¿qué has hecho? —insistí, sintiendo cómo la rabia y el miedo se mezclaban en mi pecho.
—No podía decírtelo, Ana —respondió al fin, su voz tan frágil como nunca la había oído—. Me vi obligada…
—¿Obligada? ¿Por quién? ¿Por qué? ¡Esa casa era nuestra vida!
El silencio volvió a instalarse entre nosotras. Lucía, con sus diez años, me miraba desde el asiento trasero del coche, sin comprender por qué su madre lloraba desconsolada.
Esa noche no dormí. Repasé cada conversación con mi madre durante los últimos meses. Recordé cómo evitaba hablar de dinero, cómo cambiaba de tema cuando le preguntaba por las facturas o por las cartas del banco. Yo estaba tan ocupada con mi trabajo en la gestoría y con Lucía, que nunca sospeché nada.
A la mañana siguiente fui directa al piso de mi madre en Vallecas. Me abrió la puerta con los ojos hinchados y el pelo recogido de cualquier manera. En el salón, sobre la mesa camilla, había una carpeta azul llena de papeles.
—Mamá, explícame qué ha pasado —le pedí, sentándome frente a ella.
—Ana… tenía muchas deudas. Después de la operación del año pasado y los meses sin poder trabajar… El banco me amenazó con embargarme todo. No quería preocuparte. Pensé que podría solucionarlo sola.
—¿Y vender la casa era la única solución? ¡Podrías haberme pedido ayuda! ¡Podríamos haber buscado otra salida!
—No quería ser una carga para ti —susurró—. Ya bastante tienes con Lucía y tu trabajo.
Me sentí traicionada y culpable al mismo tiempo. ¿Cómo no vi las señales? ¿Por qué mi madre prefirió vender el único legado familiar antes que pedirme ayuda?
Durante días, recorrí despachos de abogados y notarios buscando una solución. Pero todo estaba legalmente atado: mi madre era la única propietaria y había firmado la venta ante notario. El nuevo dueño tenía prisa por entrar; ni siquiera quiso escuchar mis súplicas.
Lucía lloró cuando le expliqué que tendríamos que mudarnos. “¿Y mis cosas? ¿Y mis amigos del barrio?” No supe qué responderle. Yo misma sentía que me arrancaban una parte de mí.
La familia empezó a murmurar. Mi tía Pilar me llamó indignada:
—¿Cómo has dejado que tu madre venda la casa? ¡Eso era para vosotras!
—No lo sabía, tía —contesté entre lágrimas—. No me dijo nada hasta que fue tarde.
Las semanas siguientes fueron un infierno. Empaquetar recuerdos duele más que perder objetos: las fotos de papá bailando en el salón, los dibujos de Lucía pegados en la nevera, el olor a café por las mañanas… Todo eso se quedó entre esas paredes.
Mi relación con mi madre se volvió distante. Nos veíamos solo para lo imprescindible: llevarla al médico o hacerle la compra. Cada vez que intentaba hablar del tema, ella bajaba la mirada y cambiaba de conversación.
Una tarde de junio, mientras paseábamos por el Retiro con Lucía, mi madre se detuvo frente a un banco y me miró a los ojos:
—Ana, sé que no puedes perdonarme ahora. Pero quiero que sepas que lo hice pensando en protegerte… aunque sé que te he hecho daño.
No supe qué decirle. La herida seguía abierta y sangrando. Pero verla tan frágil me hizo recordar todo lo bueno: las noches cuidándome cuando tenía fiebre, los cuentos inventados antes de dormir, los sacrificios invisibles para darme una vida mejor.
Ahora vivimos en un piso pequeño en Carabanchel. No es lo mismo, pero intento crear nuevos recuerdos para Lucía. A veces paso por delante de nuestra antigua casa y miro las ventanas encendidas por las noches. Me pregunto si alguna vez podré perdonar del todo a mi madre… o si algún día entenderé sus motivos.
¿Hasta dónde puede llegar una madre por proteger a su hija? ¿Y hasta dónde puede llegar una hija para perdonar una traición así? ¿Vosotros habéis vivido algo parecido alguna vez?