La corona que rompió mi matrimonio: una vida entre amor y mentira
—¿Quién demonios manda flores a estas horas? —gruñó mi marido, Luis, mientras yo me secaba las manos en el delantal. Eran las ocho y media de la tarde, el olor a tortilla de patatas llenaba nuestro piso en Lavapiés y la televisión murmuraba de fondo. No esperaba a nadie, y menos aún un martes lluvioso de marzo.
Abrí la puerta y allí estaba: un repartidor empapado, con una corona de flores blancas y una tarjeta. «Para Carmen, con todo mi amor. Siempre tuyo, S.»
Sentí un escalofrío. Mi nombre, una declaración de amor y una inicial que no era la de Luis. El repartidor me miró incómodo, esperando una firma. Firmé con manos temblorosas y cerré la puerta de golpe.
—¿Quién era? —insistió Luis, acercándose con el ceño fruncido.
—Una corona… para mí —balbuceé, mostrándole la tarjeta.
Luis leyó en silencio. Su rostro se endureció. —¿Quién es S.? ¿Qué coño significa esto?
No supe qué decir. No conocía a ningún S., al menos no que yo recordara. Pero Luis no me creyó. Su silencio fue más cruel que cualquier grito. Se encerró en el dormitorio y yo me quedé sola en el pasillo, con la corona entre las manos, sintiendo cómo mi mundo se resquebrajaba.
Esa noche no dormimos juntos. Al día siguiente, mi suegra, Mercedes, llamó para preguntar por qué Luis había llegado tarde al trabajo y con mala cara. No supe mentirle. Le conté lo de la corona y su respuesta fue aún más desconcertante:
—¿Estás segura de que no es una broma de tu hermana? Ya sabes cómo es Lucía…
Pero Lucía llevaba meses sin hablarme desde aquella discusión por la herencia de papá. No podía ser ella. Empecé a sospechar de todos: amigos, vecinos, incluso compañeros del colegio donde trabajo como profesora.
Luis se volvió frío y distante. Empezó a llegar tarde, a contestar con monosílabos y a evitar mirarme a los ojos. Una noche, después de cenar en silencio, explotó:
—¿Me estás engañando? Dímelo ya. ¿Quién es ese S.? ¿Es Samuel, tu ex?
—¡No! —grité entre lágrimas—. No tengo ni idea de quién puede ser.
Pero él no me creyó. Y yo empecé a dudar incluso de mí misma. ¿Y si había hecho algo que no recordaba? ¿Y si alguien quería hacerme daño?
Las semanas pasaron y la tensión creció. Mis padres dejaron de venir los domingos a comer porque «el ambiente está raro». Mi suegra empezó a llamarme cada día para preguntarme si ya sabía algo nuevo. Mis amigas del colegio cuchicheaban cuando entraba en la sala de profesores.
Un día, encontré a Luis revisando mi móvil mientras me duchaba. Sentí una mezcla de rabia y tristeza.
—¿De verdad crees que te engaño? —le pregunté.
No contestó. Solo me devolvió el móvil y salió del baño.
La gota que colmó el vaso fue cuando recibí otra carta anónima: «No puedes ocultar la verdad para siempre». El sobre no tenía remitente y la letra era desconocida.
Luis ya no dormía en casa. Mis padres me decían que lo mejor era separarnos «antes de que haya niños de por medio». Pero yo no quería rendirme sin saber la verdad.
Decidí investigar por mi cuenta. Revisé mis redes sociales, mis correos antiguos, incluso pregunté discretamente a mis amigas si sabían algo. Nada.
Hasta que un día, Lucía apareció en mi puerta con los ojos hinchados de llorar.
—Carmen… tengo que contarte algo —susurró.
La dejé pasar y nos sentamos en la cocina. Tardó en hablar, pero al final lo soltó:
—La corona… fui yo quien la encargó. Pero no era para ti… Era para mamá. Quería pedirle perdón por todo lo que pasó con la herencia, pero me equivoqué al poner la dirección.
Me quedé helada. Todo ese dolor, toda esa desconfianza… por un error absurdo.
Llamé a Luis para contárselo, pero no quiso escucharme. Había conocido a otra persona en el trabajo, alguien «que no le ocultaba nada».
Mi matrimonio se rompió esa primavera lluviosa por una corona equivocada y demasiados silencios acumulados.
Hoy vivo sola en el mismo piso donde todo empezó. A veces me pregunto si alguna vez llegamos a conocer realmente a quienes amamos o si solo vemos lo que queremos ver.
¿Vosotros qué pensáis? ¿Se puede reconstruir la confianza después de una mentira… aunque sea involuntaria?