La decisión que rompió mi familia: Cuando mi nuera volvió a casa
—¿Así que ya está? ¿Te vas y nos dejas aquí como si nada?—. Mi voz temblaba, pero no de miedo, sino de rabia contenida. Sergio, mi hijo, ni siquiera me miró a los ojos. Estaba de pie en el pasillo, con la maleta en la mano y la cara endurecida por años de silencios y reproches nunca dichos.
—Mamá, no lo entiendes. No puedo más—. Su voz era un susurro, casi una súplica, pero yo sólo sentía el peso de la traición.
Nunca imaginé que llegaría este día. Yo, Carmen, que crié sola a Sergio desde que su padre nos dejó cuando él apenas tenía cinco años. Recuerdo perfectamente aquella mañana gris en nuestro piso de Vallecas: su padre cerró la puerta con un portazo y nunca volvió. Decía que la rutina le asfixiaba, que no estaba hecho para la responsabilidad. Como si yo, tres años más joven que él, supiera más de la vida o tuviera menos miedo. Pero me quedé, luché y saqué adelante a Sergio con el sudor de mi frente y el corazón hecho trizas.
Sergio creció rápido, demasiado rápido quizá. Siempre fue un niño callado, observador, con una tristeza en los ojos que nunca supe curar del todo. Se casó joven con Lucía, una chica dulce y valiente del barrio. Yo la quise como a una hija desde el primer día. Cuando nació Marcos, mi nieto, sentí que la vida me daba una segunda oportunidad para hacer las cosas bien.
Pero los años pasaron y Sergio empezó a cambiar. Se volvió distante, frío. Llegaba tarde a casa, apenas hablaba con Lucía ni con el niño. Yo intentaba no meterme, pero cada vez que veía a Lucía llorar en silencio mientras preparaba la cena o a Marcos preguntando por qué papá no jugaba nunca con él, se me partía el alma.
Hasta aquella noche. La noche en que Sergio hizo las maletas y se fue sin mirar atrás.
Lucía se quedó sentada en el sofá, abrazando a Marcos con fuerza. Yo me senté a su lado y le acaricié el pelo como hacía con Sergio cuando era pequeño.
—No estás sola, Lucía. No voy a dejaros tirados—le dije.
Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas y asintió en silencio.
Al día siguiente, fui al trabajo como siempre —soy administrativa en una gestoría del centro— pero no podía concentrarme. Todo el mundo hablaba del partido del Madrid o de la subida del alquiler, pero yo sólo pensaba en cómo íbamos a salir adelante ahora.
Esa misma tarde tomé una decisión: invité a Lucía y a Marcos a venirse a vivir conmigo. Mi piso no es grande, pero el amor cabe donde no caben las cosas materiales. Mi hermana Pilar me llamó loca:
—¿Pero cómo vas a meter en casa a tu exnuera? ¡La gente va a hablar!—
—Que hablen lo que quieran. Prefiero eso antes que verlos en la calle o sufriendo solos—le respondí.
Los primeros días fueron duros. Lucía apenas salía de la habitación y Marcos tenía pesadillas todas las noches. Yo hacía lo posible por mantener la rutina: desayunos juntos, deberes por la tarde, paseos al parque los domingos. Pero el vacío que había dejado Sergio era imposible de llenar.
Un día cualquiera, mientras preparábamos la cena, Lucía rompió el silencio:
—Carmen… ¿crees que hice algo mal?—
Me quedé helada. ¿Cómo podía pensar eso? Me acerqué y la abracé fuerte.
—No es culpa tuya, hija. A veces los hombres se pierden y no saben volver—le susurré.
Pero en el fondo yo también me preguntaba si había fallado como madre. ¿En qué momento Sergio se convirtió en ese hombre frío y egoísta? ¿Fue por crecer sin padre? ¿Por mis errores?
Las semanas pasaron y poco a poco fuimos formando una nueva familia. Marcos empezó a reír otra vez y Lucía encontró trabajo en una tienda del barrio. Yo me sentía orgullosa de ellas, pero cada vez que veía una foto de Sergio de pequeño sentía un nudo en el estómago.
Un sábado por la tarde sonó el timbre. Era Sergio. Venía con la cara desencajada y los ojos rojos.
—Mamá… necesito hablar contigo—dijo sin mirarme.
Le hice pasar al salón. Lucía se encerró en la habitación con Marcos.
—¿Qué quieres?—le pregunté sin rodeos.
—No sé qué me pasa… Siento que todo me supera… No quería hacer daño a nadie…—balbuceó.
Por primera vez vi al niño asustado que había criado tantos años atrás. Me dieron ganas de abrazarlo, pero algo dentro de mí se resistió.
—Sergio, tienes un hijo que te necesita y una mujer que ha dado todo por ti. No puedes huir cada vez que la vida te pesa—le dije con dureza.
Se quedó callado mucho rato. Al final se levantó y se fue sin decir adiós.
Esa noche lloré como hacía años que no lloraba. Me sentí culpable por no haberle dado el consuelo que buscaba, pero también sabía que tenía que proteger a Lucía y Marcos ante todo.
Desde entonces, Sergio apenas llama. A veces manda un mensaje preguntando por Marcos, pero nunca viene a verle. En casa somos sólo nosotras tres: Lucía, Marcos y yo. Hemos aprendido a vivir así, apoyándonos unas a otras y reconstruyendo nuestras vidas día tras día.
A veces me pregunto si hice bien en elegir entre mi hijo y mi nuera. ¿Se puede ser buena madre cuando tu propio hijo se convierte en un extraño? ¿O simplemente hay momentos en los que hay que elegir el lado correcto de la historia?
¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar? ¿Se puede perdonar todo por amor a un hijo?