La doble vida de Fernando: El secreto que destrozó mi familia
—¿Dónde estabas anoche, Fernando? —le pregunté con la voz temblorosa, apretando el móvil entre mis manos sudorosas. Eran las dos de la madrugada y él acababa de llegar a casa, oliendo a perfume que no era mío y con la camisa arrugada.
Fernando me miró, cansado, como si la pregunta le molestara más que el hecho de haberme dejado sola con los niños toda la tarde. —En el trabajo, Lucía. Ya te lo he dicho mil veces. ¿Por qué siempre tienes que desconfiar?
Pero esta vez era diferente. Había encontrado un recibo en su chaqueta: dos entradas para el Oceanogràfic de Valencia, fechadas el fin de semana anterior. Él me había dicho que estaba en una reunión en Barcelona. Sentí un nudo en el estómago, una mezcla de rabia y miedo. ¿Qué estaba pasando realmente?
No dormí esa noche. Me levanté antes que los niños y busqué en su portátil. No suelo hacer esas cosas, pero algo dentro de mí gritaba que debía saber la verdad. Encontré correos electrónicos con una tal «María G.» y fotos de Fernando con una niña pequeña que no era nuestra hija. En una de las fotos, él besaba a la niña en la frente mientras una mujer los miraba sonriente.
El mundo se me vino abajo. Llevábamos quince años juntos, dos hijos, hipoteca compartida y miles de recuerdos. ¿Cómo podía haberme engañado así? ¿Quién era esa mujer? ¿Y esa niña?
Durante días fingí normalidad. Llevé a los niños al colegio, fui al supermercado, saludé a los vecinos como si nada pasara. Pero por dentro me sentía vacía, como si todo lo que había construido se estuviera desmoronando.
Una tarde, cuando Fernando dijo que tenía que irse a «otra reunión», lo seguí. Cogí el coche y conduje tras él hasta la estación de Atocha. Lo vi subir a un AVE rumbo a Valencia. No lo dudé: compré un billete y me senté dos vagones detrás.
En Valencia lo seguí hasta un barrio residencial. Lo vi entrar en un portal y subir al tercer piso. Esperé fuera, temblando de frío y nervios. Al cabo de una hora bajó acompañado de una mujer morena, elegante, y una niña de unos seis años. Los tres reían como una familia feliz.
No sé cómo reuní el valor para acercarme. —Fernando —dije, mi voz apenas un susurro.
Él se quedó helado. La mujer me miró confundida. —¿Quién eres? —preguntó.
—Soy Lucía, su esposa —respondí, mirando a Fernando con lágrimas en los ojos.
El silencio fue absoluto. La niña se escondió detrás de su madre. Fernando balbuceó algo ininteligible.
María —así se presentó— me invitó a subir a su piso para hablar. Allí, entre juguetes y fotos familiares donde Fernando sonreía como nunca lo había visto conmigo, descubrí la verdad: llevaba casi siete años manteniendo dos vidas paralelas. Con María tenía otra hija, otra casa, otra rutina.
—No puedo creerlo —dije entre sollozos—. ¿Cómo has podido hacernos esto?
Fernando no supo responderme. María también lloraba; ella tampoco sabía nada de mí ni de mis hijos.
Volví a Madrid destrozada. Durante semanas no pude mirar a mis hijos sin sentirme culpable por no haberlo visto antes. Mis padres me decían que debía ser fuerte por los niños, pero yo solo quería desaparecer.
Las discusiones con Fernando se volvieron diarias: gritos, reproches, silencios eternos en la mesa del comedor mientras los niños nos miraban asustados.
—Mamá, ¿por qué papá ya no viene a casa? —me preguntó Pablo una noche.
No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle a un niño de ocho años que su padre tenía otra familia?
Con el tiempo, María y yo empezamos a hablar más. Al principio fue solo para coordinar visitas y horarios, pero poco a poco compartimos nuestro dolor y nuestra rabia. Nos dimos cuenta de que ambas éramos víctimas de la misma mentira.
Un día quedamos en un parque de Madrid para que nuestros hijos se conocieran. Fue extraño verlos jugar juntos, como si fueran hermanos sin saberlo.
—¿Crees que algún día podremos perdonarle? —me preguntó María mientras mirábamos a los niños desde un banco.
No supe qué responderle. A veces pienso que nunca podré volver a confiar en nadie; otras veces creo que merezco volver a ser feliz.
Ahora vivo sola con mis hijos en un piso pequeño cerca del Retiro. He vuelto a trabajar como profesora de literatura en un instituto público y poco a poco intento reconstruir mi vida.
A veces me despierto por las noches preguntándome: ¿cómo no lo vi antes? ¿Cómo puedo aprender a confiar otra vez? ¿Y si todo esto me ha cambiado para siempre?
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede volver a empezar después de una traición así?