La duda de una madre: Cuando la sangre no basta
—¿Y tú estás segura de que ese niño es de mi hijo?—. La voz de Carmen, mi suegra, retumbó en la cocina como una bofetada. El cuchillo que tenía en la mano se me resbaló y cayó al suelo. Me quedé paralizada, con las manos temblorosas y el corazón desbocado.
No era la primera vez que sentía la mirada inquisitiva de Carmen sobre mí, pero nunca había sido tan directa. Mi hijo, Lucas, jugaba en el salón ajeno a la tormenta que se desataba en esa pequeña cocina de nuestro piso en Vallecas.
—¿Cómo puedes decir eso?— le respondí, intentando que mi voz no se quebrara. —Lucas es igual que Álvaro, tiene sus ojos, su sonrisa…
Carmen bufó. —Pues yo no lo veo tan claro. Y mi hijo tampoco. Últimamente está muy raro contigo, ¿no te has dado cuenta?
Sentí un frío recorrerme la espalda. Álvaro llevaba semanas distante, llegando tarde del trabajo, evitando mirarme a los ojos. Pero jamás pensé que pudiera dudar de mí, de nosotros.
Esa noche, cuando Álvaro llegó, lo esperé sentada en el sofá, con Lucas dormido en mis brazos. No hizo falta que dijera nada; él evitó mi mirada y fue directo a la habitación. Me levanté y lo seguí.
—¿De verdad dudas de mí?— susurré desde la puerta.
Él se sentó en la cama, cabizbajo. —No lo sé, Marta. Mi madre dice cosas… Y tú últimamente también estás rara.
Me sentí invisible, como si todo lo que habíamos construido durante diez años pudiera desmoronarse por un simple rumor. ¿Acaso no bastaba todo lo que habíamos vivido juntos? ¿No era suficiente el amor que nos habíamos jurado?
Los días siguientes fueron un infierno. Carmen venía cada tarde con la excusa de ver a su nieto, pero siempre encontraba la manera de lanzar alguna indirecta venenosa: “Lucas tiene el pelo más claro que Álvaro”, “En nuestra familia nadie tiene esa nariz”. Yo aguantaba por Lucas, por Álvaro, por esa familia que parecía resquebrajarse ante mis ojos.
Una tarde, mientras recogía los juguetes del salón, escuché a Carmen hablando por teléfono en el balcón:
—Te lo digo yo, hija, esa chica no es trigo limpio. Álvaro debería pedirle una prueba de paternidad antes de que sea tarde.
Sentí rabia y vergüenza a partes iguales. ¿Cómo podía defenderme de algo tan bajo? ¿Cómo podía demostrar mi inocencia cuando ni siquiera me creían?
Esa noche enfrenté a Álvaro:
—¿Quieres una prueba de ADN? ¿Eso es lo que necesitas para confiar en mí?
Él me miró con ojos cansados y asintió en silencio.
El proceso fue humillante. Ir al hospital con Lucas, ver las miradas curiosas de las enfermeras, sentirme juzgada por todos. Mi madre me llamó llorando cuando se enteró:
—Hija, ¿cómo has llegado a esto? ¿Por qué permites que te humillen así?
No supe qué responderle. Solo quería recuperar a mi familia.
Los días hasta recibir los resultados fueron eternos. Álvaro dormía en el sofá y apenas me dirigía la palabra. Lucas preguntaba por qué papá ya no le leía cuentos por la noche. Yo me desmoronaba en silencio cada vez que cerraba la puerta del baño.
Finalmente llegó el sobre con los resultados. Lo abrimos juntos en la cocina, bajo la atenta mirada de Carmen.
—99,99% de probabilidad de paternidad— leyó Álvaro en voz alta.
Carmen se quedó callada por primera vez en semanas. Yo rompí a llorar, no de alivio, sino de rabia contenida.
Álvaro intentó abrazarme, pero yo me aparté.
—¿Ahora sí me crees? ¿Ahora sí soy digna de tu familia?
Él bajó la cabeza avergonzado. Carmen murmuró algo sobre el café y salió de la cocina.
Durante semanas intentaron hacer como si nada hubiera pasado. Pero yo ya no era la misma. Había algo roto dentro de mí que no sabía si podría reparar.
Una tarde llevé a Lucas al parque y me encontré con Laura, una vecina del bloque.
—Te veo cansada, Marta. ¿Va todo bien?
No pude evitarlo y le conté todo entre lágrimas. Ella me abrazó fuerte y me dijo:
—No estás sola. Muchas hemos pasado por cosas así. La familia política puede ser muy cruel cuando siente que pierde el control.
Sus palabras me reconfortaron un poco, pero también me hicieron pensar en todas las mujeres que sufren en silencio por culpa de prejuicios y desconfianza.
Hoy sigo aquí, intentando recomponer los pedazos de mi vida. Álvaro me pide perdón cada día y Carmen finge que nunca dudó de mí. Pero yo sé que algo ha cambiado para siempre.
A veces me pregunto: ¿Cómo se recupera la confianza cuando quienes más amas te traicionan? ¿Puede el amor sobrevivir a la duda sembrada por quienes deberían protegernos?