La elección de mi madre: el día que mi familia se rompió en Navidad

—¿Por qué siempre tienes que hacerme esto, mamá? —le susurré, con la voz temblorosa, mientras el aroma del cordero asado se mezclaba con el de mi rabia contenida.

Era Nochebuena en nuestro piso de Madrid, y la mesa estaba llena de turrones, copas de vino y risas forzadas. Mi hermana Lucía llegaba tarde, como siempre, pero mi madre no dejaba de mirar el reloj y suspirar, como si todo lo demás careciera de importancia. Yo había llegado temprano con mis dos hijos, Pablo y Marta, cargando bolsas llenas de regalos envueltos con esmero. Había pasado semanas pensando en cada detalle, intentando que esta vez todo saliera bien.

Pero cuando Lucía entró por la puerta, mi madre se levantó como un resorte. —¡Ay, hija! ¡Por fin! —exclamó, abrazándola como si no nos hubiera visto en años. Yo observaba la escena desde la esquina del salón, sintiéndome invisible.

Durante la cena, intenté entablar conversación, pero mi madre solo tenía ojos para Lucía y sus gemelos. —¿Y qué tal el trabajo, cariño? ¿Sigues en la clínica privada? —preguntó, ignorando por completo que yo acababa de conseguir un ascenso en la editorial donde trabajo desde hace diez años.

El momento clave llegó después del postre. Los niños corrían alrededor del árbol y yo fui a buscar los regalos que había dejado en el dormitorio. Pero al abrir la puerta, me encontré con una escena que jamás olvidaré: mi madre estaba sacando los paquetes de mis hijos y poniéndolos en una bolsa con el nombre de los hijos de Lucía.

—¿Qué haces? —pregunté, sintiendo cómo se me helaba la sangre.

Mi madre se giró, nerviosa. —Es que… Lucía no ha tenido tiempo de comprar nada este año y… bueno, pensé que así evitaríamos líos. Ya sabes cómo es tu hermana.

—¿Y mis hijos? ¿No merecen sus regalos? —mi voz era apenas un susurro, pero cada palabra era un grito ahogado.

Ella bajó la mirada. —No quiero discusiones esta noche. Por favor, entiéndelo.

Salí del cuarto sin decir nada más. Me senté en el sofá mientras veía a mis hijos abrir regalos que yo no había elegido para ellos. Pablo me miró con ojos tristes cuando recibió un libro de colorear barato en vez del tren eléctrico que tanto quería. Marta abrazó una muñeca usada que ni siquiera era nueva. Mientras tanto, los gemelos de Lucía gritaban de alegría al abrir los juguetes caros que yo había comprado para mis propios hijos.

La rabia me quemaba por dentro. Recordé todas las veces que mi madre había hecho lo mismo: cuando éramos niñas y Lucía rompía algo, siempre era yo la culpable; cuando suspendía un examen, mi madre decía que era porque no era tan lista como Lucía; cuando me casé y ella ni siquiera vino porque Lucía estaba enferma.

Esa noche, después de que todos se fueran a dormir, me encerré en el baño y lloré en silencio. Me pregunté qué había hecho mal para merecer siempre ser la segunda opción. Pensé en marcharme y no volver nunca más. Pero luego miré a mis hijos dormidos y supe que no podía rendirme tan fácilmente.

Al día siguiente, intenté hablar con mi madre. —Mamá, esto no puede seguir así. Me duele mucho lo que hiciste anoche.

Ella suspiró y se encogió de hombros. —Lucía lo necesita más que tú. Tú eres fuerte, siempre lo has sido.

—No soy de piedra —le respondí—. También necesito sentirme querida alguna vez.

Pero ella ya no me escuchaba. Se fue a la cocina a preparar el desayuno como si nada hubiera pasado.

Desde entonces, las cosas nunca volvieron a ser iguales. Empecé a distanciarme poco a poco. Dejé de llamar todos los días, dejé de esforzarme por agradar. Mis hijos notaron el cambio y me preguntaron por qué ya no íbamos tanto a casa de la abuela. No supe qué responderles sin romperles el corazón.

A veces pienso en escribirle una carta a mi madre, contándole todo lo que siento. Otras veces creo que es mejor dejarlo estar y centrarme en mi propia familia. Pero cada Navidad vuelve el mismo dolor, la misma pregunta sin respuesta: ¿por qué una madre puede querer tanto a una hija y tan poco a otra?

Quizá nunca lo entienda del todo. Pero sé que no quiero repetir ese patrón con mis propios hijos. Ellos merecen sentir que son lo más importante para mí, sin comparaciones ni favoritismos.

¿Alguna vez habéis sentido que vuestra familia os da la espalda? ¿Vale la pena seguir luchando por quienes no parecen quererte igual?