La estatua que nunca debió levantarse: una historia de familia, arte y heridas abiertas
—¡No puedes hacerme esto, papá! —grité, con la voz quebrada, mientras el eco de mis palabras rebotaba en las paredes del taller inundado de yeso y polvo. Mi padre, Tomás, ni siquiera levantó la vista del bloque de mármol que tallaba con furia. Su silencio era más cortante que cualquier cincel.
Aquel día de abril, la noticia había salido en todos los periódicos: Tomás Ortega, escultor madrileño de renombre, sería el encargado de inmortalizar a Diego Morales, el rapero más querido de España, asesinado trágicamente en un tiroteo en Vallecas. Para mi padre era el encargo de su vida; para mí, su hija Lucía, era el principio del fin.
Mi hermano Álvaro y yo crecimos entre esculturas y broncas. Mamá nos dejó cuando yo tenía diez años, harta de las obsesiones artísticas de papá y de sus ausencias. Desde entonces, Álvaro se refugió en la música y yo en los libros. Pero ahora, con la muerte de Diego —ídolo de toda una generación— y la presión mediática sobre papá, los fantasmas familiares volvieron a salir a la luz.
—No entiendes nada, Lucía —dijo Tomás al fin, con la voz ronca—. Esto es arte. No es solo una estatua.
—¿Y por qué no escuchas a la gente que sí conocía a Diego? ¿Por qué no hablas con sus amigos, con su madre? —insistí, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta.
Papá me miró por primera vez en semanas. Sus ojos estaban rojos, pero no supe si era por el polvo o por las lágrimas contenidas.
—Porque el arte no es una encuesta popular —respondió—. Es mi visión. Mi homenaje.
La polémica estalló antes incluso de que la estatua se terminara. Las redes sociales ardían: “Ese no es Diego”, “Parece un político viejo”, “¿Por qué siempre encargan estas cosas a gente que no entiende el barrio?”. Álvaro, que había sido amigo cercano del rapero, me llamó una noche borracho desde Lavapiés:
—Lucía, dile a papá que pare. Que está destrozando el recuerdo de Diego. La gente está muy cabreada.
Intenté hablar con Tomás otra vez. Le llevé fotos de Diego sonriendo con sus amigos, vídeos de sus conciertos en Carabanchel, hasta una carta escrita por la madre del rapero suplicando que la estatua reflejara “la alegría y rebeldía” de su hijo. Pero papá seguía encerrado en su mundo de mármol y silencio.
La inauguración fue un desastre anunciado. El alcalde cortó la cinta roja mientras un grupo de fans gritaba “¡Eso no es Diego!”. La madre del rapero lloraba desconsolada. Papá se mantuvo firme junto a su obra: una figura rígida, solemne, lejana al espíritu vibrante del artista que todos recordaban.
Esa noche, la tensión explotó en casa. Álvaro rompió un jarrón contra la pared.
—¡Siempre haces lo que te da la gana! ¡Nunca escuchas! ¡Por eso mamá se fue! —le gritó a Tomás.
Yo intenté mediar, pero sentí que me ahogaba entre dos fuegos: la terquedad artística de mi padre y el dolor genuino de quienes habían amado a Diego.
Los días siguientes fueron un infierno. Los medios nos acosaban. Papá recibió amenazas anónimas. Álvaro dejó de hablarle. Yo me sentía culpable por no haber hecho más para evitarlo.
Una tarde encontré a Tomás sentado frente a la estatua ya instalada en la plaza, solo y derrotado. Me senté a su lado sin decir nada durante un rato largo.
—¿Crees que he fallado? —me preguntó al fin, con voz apenas audible.
No supe qué responderle. Pensé en todo lo que habíamos perdido: mamá, la confianza entre nosotros, incluso el respeto del barrio donde crecimos.
—No lo sé, papá —susurré—. A veces creo que el arte debería sanar y no herir más.
Él asintió en silencio. Por primera vez vi a mi padre no como un genio incomprendido ni como un hombre terco, sino como alguien tan perdido como yo.
Hoy han pasado meses desde aquel día. La estatua sigue allí, pero ahora cubierta de grafitis y flores marchitas. Papá ya no sale apenas del taller. Álvaro se ha mudado a Barcelona para empezar de cero con su grupo de música. Yo sigo aquí, intentando entender si hay heridas familiares que nunca cierran del todo.
¿Vale la pena sacrificarlo todo por una visión artística? ¿O deberíamos escuchar más a quienes nos rodean antes de levantar monumentos sobre sus recuerdos?