La herida invisible: Cuando el dinero no compra el respeto

—¡¿Pero qué haces, Lucía?! ¡Suéltala ahora mismo!

El grito salió de mi garganta antes de que pudiera pensarlo. El eco retumbó en el recibidor de la casa, entre los cuadros antiguos y el mármol frío. Mi madre, encogida en el suelo, se cubría la mejilla con una mano temblorosa. Lucía, mi prometida, aún tenía la palma alzada y los ojos llenos de rabia. Por un instante, nadie se movió. El reloj del pasillo marcaba las seis y media de la tarde, pero el tiempo parecía haberse detenido.

—¡No te metas, Rafael! —me espetó Lucía, con esa voz suya que tantas veces me había seducido y que ahora me resultaba irreconocible—. ¡Tu madre no hace más que meterse donde no la llaman! ¡Siempre criticando, siempre poniéndome en evidencia delante de todos!

Mi madre intentó incorporarse, pero la edad y el susto la mantenían pegada al suelo. La rabia me subió como un fuego por dentro. ¿Cómo habíamos llegado a esto? ¿En qué momento permití que el dinero y las apariencias pesaran más que el respeto?

—Mamá, ¿estás bien? —me arrodillé junto a ella, ignorando a Lucía por un momento. Mi madre asintió con la cabeza, pero las lágrimas le corrían por las mejillas arrugadas.

—No pasa nada, hijo… No quiero problemas —susurró.

Pero sí pasaba. Y mucho. Recordé cuando era niño y mi madre se partía el lomo limpiando casas ajenas para que yo pudiera estudiar en la universidad. Ahora vivíamos en una mansión en La Moraleja, rodeados de lujos que nunca soñamos tener. Pero ¿de qué servía todo eso si mi madre tenía miedo en su propia casa?

Lucía se cruzó de brazos y bufó.

—Esto es lo que pasa cuando traes a gente de otro mundo a vivir aquí. No entienden cómo funcionan las cosas —dijo, mirando a mi madre como si fuera una molestia.

Sentí vergüenza. Por ella, por mí, por haber permitido que la distancia entre nuestras raíces y nuestro presente se hiciera tan grande.

—Lucía, aquí la única que no entiende nada eres tú —le dije, con voz firme—. Aquí se respeta a la gente mayor. Aquí se respeta a mi madre.

Ella me miró como si estuviera loco.

—¿Me estás diciendo que vas a elegirla a ella antes que a mí? ¿Después de todo lo que hemos construido juntos?

Me levanté despacio. Miré alrededor: los muebles caros, las lámparas de cristal, los cuadros de artistas famosos. Todo eso era nada comparado con la dignidad de mi madre.

—No hay nada que construir si no hay respeto —le respondí—. Y si para ti eso no vale nada, entonces no tenemos nada.

Lucía soltó una carcajada amarga.

—¡Venga ya! ¿Vas a echarme por una vieja que ni siquiera sabe usar un móvil?

Mi madre sollozó más fuerte. Sentí una punzada en el pecho.

—No te estoy echando —dije, aunque sabía que sí lo hacía—. Te estoy pidiendo que te vayas porque aquí no hay sitio para la violencia ni para el desprecio.

Lucía me miró con odio y salió dando un portazo que hizo temblar los cristales del salón. El silencio volvió a caer sobre la casa, pero esta vez era un silencio distinto: uno lleno de alivio y tristeza al mismo tiempo.

Me senté junto a mi madre y le cogí la mano.

—Perdóname, mamá. Por no haberme dado cuenta antes… Por haber dejado que esto pasara en tu propia casa.

Ella me miró con ternura y me acarició la mejilla como cuando era niño.

—No tienes que pedirme perdón, hijo. Lo importante es que estamos juntos.

Esa noche cenamos tortilla de patatas y pan con tomate, como hacíamos cuando apenas teníamos para llegar a fin de mes. Y sentí que, por primera vez en mucho tiempo, mi casa volvía a ser un hogar.

A veces me pregunto: ¿De qué sirve tenerlo todo si pierdes lo más importante? ¿Cuántos más estarán dispuestos a renunciar al lujo por algo tan sencillo como el respeto?