La invitación que nunca llegó: el silencio de una hija que no era mía
—¿Sabes lo que más duele, Antonio? —le pregunté a mi marido mientras recogía los platos de la cena, con las manos temblorosas—. Que ni siquiera me haya llamado para decirme que se casa. Ni una palabra, ni un mensaje. Nada.
Antonio bajó la mirada, incapaz de sostener la mía. El silencio en la cocina era tan denso que podía cortarse con el cuchillo del pan. Afuera, en la calle de nuestro barrio de Salamanca, la vida seguía: coches, risas, el olor a pan recién hecho de la panadería de la esquina. Pero dentro de mí solo había un vacío frío y punzante.
Lucía llegó a mi vida cuando tenía seis años. Su madre, Pilar, se había marchado con otro hombre a Barcelona y Antonio se quedó solo con una niña que apenas entendía por qué su mundo se había roto. Yo tenía veintinueve años y una ilusión ingenua: formar una familia, ser para Lucía esa madre que necesitaba. Recuerdo la primera vez que me llamó «mamá»; fue después de una pesadilla, abrazada a mi pecho mientras yo le acariciaba el pelo y le prometía que todo iría bien.
Pero ahora, veinte años después, Lucía se ha casado y yo no estaba allí. Ni siquiera recibí una invitación. Me enteré por casualidad, porque la vecina del tercero vio las fotos en Instagram y vino corriendo a contármelo como si fuera un cotilleo más del bloque.
—¿Y tú? ¿No fuiste? —me preguntó con esa curiosidad cruel de quien disfruta del drama ajeno.
No supe qué responderle. Me limité a sonreír y decir que no, que no fui. Que no me invitaron. Y sentí cómo algo dentro de mí se rompía definitivamente.
Esa noche, después de que Antonio se fuera a dormir, me senté en el sofá con una copa de vino y repasé mentalmente cada momento de estos veinte años: los disfraces de carnaval cosidos a mano, las tardes de deberes, las peleas por la ropa o los novios, los abrazos cuando suspendía un examen o cuando tenía miedo al futuro. ¿En qué momento dejé de ser su madre? ¿En qué momento me convertí en una extraña?
Recuerdo especialmente el día en que Pilar volvió a aparecer en nuestras vidas. Lucía tenía dieciséis años y estaba llena de preguntas sin respuesta. Pilar llegó con regalos caros y promesas vacías. Yo intenté no sentir celos, intenté comprender que toda niña necesita a su madre biológica. Pero desde entonces algo cambió entre nosotras. Lucía empezó a mirarme con distancia, como si yo fuera culpable de algo que ni siquiera entendía.
—No eres mi madre —me gritó una tarde después de discutir por sus notas—. ¡Nunca lo serás!
Aquel grito me atravesó como un cuchillo. Pero seguí ahí, preparando su merienda, acompañándola al médico cuando tenía fiebre, escuchando sus confidencias cuando rompió con su primer novio.
Antonio siempre me decía que era cuestión de tiempo, que Lucía acabaría valorando todo lo que hice por ella. Pero ahora veo que estaba equivocado.
La semana pasada llamé a Lucía. Necesitaba escuchar su voz, entender qué había pasado. Me contestó con frialdad:
—Estoy ocupada, Carmen. No puedo hablar ahora.
—Solo quería felicitarte… Me he enterado de tu boda…
Silencio al otro lado.
—Gracias —dijo al fin—. Ha sido algo pequeño, solo familia cercana.
Familia cercana. La frase retumbó en mi cabeza como un eco cruel.
—¿He hecho algo mal? —me atreví a preguntar—. Si es así, dímelo…
—No es eso —respondió ella, casi susurrando—. Es complicado.
Y colgó.
Esa noche no dormí. Me levanté varias veces para mirar fotos antiguas: Lucía disfrazada de princesa en el colegio, Lucía soplando las velas de su décimo cumpleaños, Lucía abrazada a mí en la playa de San Juan. ¿Dónde quedó todo eso?
Al día siguiente fui al mercado como cada jueves. Las vecinas cuchicheaban a mi paso; algunas me miraban con lástima, otras con ese desprecio silencioso reservado para las madrastras en los cuentos. En España siempre hemos tenido esa imagen: la madrastra es la mala, la intrusa, la que nunca será suficiente.
Por la tarde vino mi hermana Mercedes a casa.
—Carmen, tienes que dejarlo estar —me dijo mientras me servía un café—. Has hecho más por esa niña que su propia madre. Si ella no lo ve ahora, lo verá algún día.
Pero yo no quiero reconocimiento ni medallas. Solo quería estar allí el día más importante de su vida. Solo quería sentirme parte de su familia.
Antonio intenta consolarme pero sé que también está herido. Él tampoco fue invitado; Pilar sí estuvo allí, sonriente en todas las fotos junto a Lucía y el nuevo marido de su exmujer.
A veces pienso si cometí algún error imperdonable. ¿Fui demasiado estricta? ¿Demasiado blanda? ¿No supe entenderla cuando más lo necesitaba? En España decimos que «madre no es la que da a luz sino la que cría», pero parece que eso solo es verdad cuando todo va bien.
Hoy he decidido escribirle una carta a Lucía. No para reprocharle nada, sino para decirle que la quiero, que siempre estaré aquí si algún día me necesita. Quizá nunca reciba respuesta, pero al menos podré dormir tranquila sabiendo que lo intenté hasta el final.
¿De verdad es tan fácil borrar veinte años de amor y sacrificio? ¿O es que nunca fui realmente parte de su vida? Me gustaría saber qué haríais vosotros en mi lugar… ¿Perdonaríais? ¿Seguiríais esperando? ¿O aprenderíais a dejar marchar?