La Invitada Invisible: Un Cumpleaños Roto
—¿Otra vez lo mismo, Lucía? ¿No puedes hacer un esfuerzo por mi familia, solo un día al año?— La voz de Álvaro retumbó en la cocina, mientras yo apretaba los puños para no dejar caer la bandeja de croquetas que acababa de sacar del horno.
Era el 14 de marzo, el cumpleaños de Álvaro. Como cada año desde que nos casamos, su madre, sus dos hermanas y hasta su tía abuela invadían nuestro piso de Lavapiés. Yo me convertía en la sombra que servía cafés, recogía platos y sonreía mientras escuchaba cómo criticaban mi tortilla o el color de las cortinas. Pero este año, algo dentro de mí se rompió.
—No, Álvaro. Este año no. Estoy cansada de ser invisible en mi propia casa. ¿Por qué no celebramos solo tú y yo?—
Él me miró como si hubiera propuesto quemar la Sagrada Familia. —¿Pero qué dices? ¡Es tradición! Mi madre espera esto todo el año.—
—¿Y yo? ¿Alguien me pregunta qué espero yo?—
El silencio cayó como una losa. Sabía que estaba cruzando una línea, pero no podía más. Llevaba semanas sintiéndome una extraña en mi propia vida. Mi trabajo en la librería apenas me dejaba tiempo para respirar y, cuando llegaba a casa, solo encontraba listas de la compra y mensajes de voz de mi suegra preguntando si este año habría empanada gallega.
El timbre sonó antes de que pudiera decir nada más. Era Carmen, la hermana mayor de Álvaro, con su marido y sus dos hijos. Entraron como un vendaval, dejando abrigos y mochilas por todas partes.
—¡Feliz cumpleaños, hermano! ¡Lucía, qué guapa estás! ¿Tienes algo sin gluten para los niños?—
Tragué saliva y forcé una sonrisa. —He hecho una tarta especial.—
En menos de media hora, la casa era un caos. La tía abuela gritaba desde el salón que la televisión estaba demasiado alta; los niños corrían por el pasillo; Carmen criticaba el vino que había comprado porque “en casa de mamá siempre hay Rioja del bueno”. Y yo… yo recogía vasos vacíos y pensaba en cómo había llegado a este punto.
A las seis llegó la suegra, Mercedes, con su habitual aire de superioridad. Me abrazó sin mirarme a los ojos y fue directa a inspeccionar la mesa.
—¿No has puesto jamón? En casa siempre hay jamón para los cumpleaños.—
Me mordí la lengua. Álvaro ni siquiera se giró para defenderme. Se limitó a abrir otra botella y a reírse con su cuñado sobre el último partido del Madrid.
En ese momento sentí que me ahogaba. Salí al balcón con la excusa de fumar un cigarro, aunque hacía años que no fumaba. Miré las luces de la ciudad y pensé en mi madre, en cómo ella siempre decía que una mujer debe hacerse respetar en su propia casa.
Volví al salón justo cuando Mercedes levantaba la voz:
—No sé cómo lo hacéis aquí, pero en mi casa siempre hemos celebrado los cumpleaños como Dios manda.—
—Mamá, por favor…— intentó decir Álvaro.
—No, hijo. Es que esto no es normal. Lucía, cariño, deberías aprender un poco más de nuestra familia.—
Sentí las lágrimas arderme en los ojos. —¿Sabes qué? Tenéis razón. Esto no es normal.— Dejé el delantal sobre la mesa y salí del salón sin mirar atrás.
Me encerré en el baño y me senté en el suelo frío. Escuchaba las voces apagadas al otro lado de la puerta: risas, cuchicheos, algún grito lejano. Nadie vino a buscarme. Ni siquiera Álvaro.
No sé cuánto tiempo estuve allí. Cuando salí, la casa estaba medio vacía. Solo quedaban Carmen y Mercedes recogiendo los últimos platos.
—¿Te encuentras bien?— preguntó Carmen con una voz tan falsa como su sonrisa.
—Perfectamente.— mentí.
Mercedes se acercó y me puso una mano en el hombro. —Lucía, hija, tienes que entender que para nosotros la familia es lo más importante.—
La miré a los ojos por primera vez en años. —Para mí también lo es. Pero yo también soy familia.—
Se hizo un silencio incómodo. Carmen se fue sin despedirse y Mercedes salió murmurando algo sobre “la juventud de hoy”.
Cuando Álvaro volvió del bar con su cuñado, apenas me miró.
—¿Qué te pasa ahora? ¿Vas a estar así toda la noche?—
Me senté frente a él y le hablé con voz temblorosa pero firme:
—Estoy cansada de ser invisible en mi propia casa. Si esto es lo que quieres cada año, tendrás que hacerlo sin mí.—
Él no respondió. Se limitó a encender la tele y a perderse entre los goles repetidos y los anuncios de cerveza.
Esa noche dormí en el sofá. No lloré. Solo sentí un vacío enorme y una pregunta martilleando en mi cabeza: ¿Cuándo dejamos de ser pareja para convertirnos en anfitriones de una tradición que ya no nos pertenece?
A veces me pregunto si merece la pena sacrificar tu paz por mantener contentos a los demás. ¿Dónde está el límite entre respetar las tradiciones familiares y respetarse a uno mismo? ¿Vosotros qué haríais?