La jubilación que me robó la familia: El silencio de la mesa

—¿Otra vez lentejas, mamá? —La voz de Carmen retumbó en la cocina, cortando el silencio como un cuchillo. Luis ni siquiera levantó la vista del móvil. Yo, con el cucharón en la mano, sentí cómo el calor del guiso se mezclaba con el frío que me subía por la espalda.

No era la primera vez que escuchaba ese tono. Desde que me jubilé hace dos años, mi vida se había reducido a este piso de Vallecas, a este comedor donde cada día ponía la mesa para tres y recogía los platos casi intactos. Antes, cuando trabajaba en la biblioteca municipal, soñaba con tener tiempo para mi familia. Imaginaba tardes de conversación, risas compartidas, nietos correteando por el pasillo. Pero la realidad fue otra: Luis y Carmen llegaban tarde, comían deprisa y apenas cruzaban palabras conmigo.

—Si no te gusta, puedo hacer otra cosa —dije, intentando que mi voz no temblara.

—No hace falta, mamá —respondió Luis sin mirarme—. Ya comemos fuera muchas veces. No te molestes tanto.

Me quedé de pie, con el delantal puesto y las manos húmedas de fregar verduras. Recordé cuando Luis era pequeño y me pedía que le hiciera su tortilla favorita. Entonces yo era imprescindible. Ahora, parecía un mueble más en la casa.

Esa noche, mientras recogía los restos de la cena, escuché a Carmen hablar por teléfono en el salón:

—No sé cómo decirle que busque alguna actividad… Está todo el día encima. Yo también necesito mi espacio.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Era eso lo que pensaban de mí? ¿Una carga? Me fui a mi habitación y cerré la puerta suavemente. Me senté en la cama y miré las fotos antiguas: Luis con su uniforme del colegio, yo abrazándole en el parque del Retiro, mi marido —que ya no está— sonriendo junto a nosotros. ¿En qué momento me convertí en una sombra?

Al día siguiente, decidí salir temprano. Caminé hasta el mercado de Pacífico y me senté en un banco a observar a la gente. Vi a otras mujeres de mi edad charlando animadamente. Me acerqué a una de ellas, Rosario, que reconocí del barrio.

—¿Te apetece un café? —me preguntó con una sonrisa cálida.

Acepté. En la cafetería, entre sorbos y risas tímidas, le conté mi situación.

—No eres la única —me dijo—. A mí también me costó aceptar que mis hijos ya no me necesitan como antes. Pero tienes que buscar algo para ti.

Volví a casa con esa idea rondando en la cabeza. Por la tarde, propuse a Luis y Carmen hacer una noche de juegos de mesa.

—Hoy no podemos, mamá —dijo Carmen—. Tenemos una videollamada con unos amigos.

Me retiré al balcón y miré las luces de Madrid encendiéndose poco a poco. Sentí que mi vida se apagaba al mismo ritmo.

Pasaron los días y cada vez hablábamos menos. Empecé a notar cómo Carmen evitaba coincidir conmigo en la cocina; Luis salía temprano y volvía tarde. Una tarde escuché una conversación entre ellos:

—No podemos seguir así —decía Carmen—. Tu madre necesita otra vida, algo fuera de aquí.

—¿Y qué hago? ¿La echo? —respondió Luis en voz baja.

Me tapé la boca para no sollozar. ¿Mi propio hijo pensaba en echarme?

Esa noche no dormí. Al amanecer, preparé café y me senté frente a Luis cuando bajó a desayunar.

—Luis, ¿soy una molestia para vosotros?

Él se quedó callado unos segundos.

—Mamá… No es eso. Solo… Carmen y yo necesitamos nuestra intimidad. Tú has hecho mucho por nosotros, pero quizá deberías pensar en ti misma ahora.

Me levanté despacio y fui al baño a lavarme la cara. Me miré al espejo: arrugas profundas, ojos cansados… pero aún quedaba algo de fuerza en mi mirada.

Esa tarde llamé a Rosario y le pedí información sobre las actividades del centro de mayores del barrio. Empecé a ir a clases de pintura y a pasear con un grupo de mujeres los jueves por El Retiro. Poco a poco fui recuperando algo de alegría.

Pero cada noche, al poner la mesa para mí sola, sentía un vacío imposible de llenar. A veces Luis se sentaba conmigo unos minutos; otras veces ni eso.

Un domingo cualquiera, mientras pintaba un bodegón en clase, una compañera me preguntó:

—¿Por qué siempre pintas mesas vacías?

No supe qué responderle. Quizá porque así me siento yo: como una mesa puesta para una familia que ya no se sienta a comer junta.

Hoy escribo esto desde mi habitación, mientras escucho las risas de Luis y Carmen al otro lado del pasillo. Me alegro por ellos, pero no puedo evitar preguntarme: ¿En qué momento dejamos de ser familia para convertirnos en simples compañeros de piso? ¿Es este el destino inevitable de todas las madres cuando sus hijos crecen?

¿Alguien más ha sentido alguna vez este silencio tan grande alrededor de la mesa?