La llamada imposible: secretos bajo la lluvia de Madrid
—¡Mamá! ¡El móvil de papá está sonando!— gritó Lucía desde su habitación, con esa voz entre asustada y esperanzada que sólo los niños pueden tener cuando la realidad se tuerce. Me levanté de un salto, el corazón golpeando como si quisiera salirse del pecho. Eran las doce y cuarto de la noche, y la lluvia golpeaba los cristales del piso en Vallecas con una furia que parecía querer entrar a casa.
Corrí al cuarto de Lucía, y allí estaba ella, con el móvil antiguo de su padre en la mano, ese que yo había guardado en el cajón más alto del armario, junto a las cartas y las fotos que aún no me atrevía a mirar. La pantalla parpadeaba: “Papá llamando”. Me quedé helada.
—¿Pero cómo…?— balbuceé, sin atreverme a tocar el teléfono. Lucía me miró con los ojos llenos de lágrimas y miedo. —¿Contesto, mamá?—
No supe qué decir. El móvil dejó de sonar y, al instante, llegó un mensaje: “Mira en los papeles. Perdóname”.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. ¿Era una broma macabra? ¿Alguien jugando con nuestro dolor? Pero ese número… sólo lo conocíamos nosotros. Me senté en la cama, temblando, mientras Lucía se abrazaba a mi cintura.
—Mamá, ¿y si es papá de verdad?— susurró, como si temiera que la casa entera pudiera escucharla.
No dormimos esa noche. Cuando la tormenta amainó, fui al armario y saqué la caja donde guardaba los papeles de Javier. No quería abrirla, pero el mensaje no me dejaba en paz. Lucía me miraba en silencio, con esa mezcla de miedo y esperanza que me partía el alma.
Entre facturas, recibos del seguro y cartas del banco, encontré un sobre amarillo, cerrado con celo. No recordaba haberlo visto antes. Temblando, lo abrí. Dentro había una carta escrita con la letra de Javier, fechada dos días antes de su accidente. Decía:
“Si alguna vez lees esto, es porque ya no estoy. Hay cosas que nunca te conté, cosas que me pesan. No quería que Lucía creciera con secretos, pero tampoco supe cómo decírtelo. Perdóname. Habla con Ana, ella te lo explicará todo”.
Ana. Mi mejor amiga desde el colegio, la madrina de Lucía. ¿Qué tenía que ver ella con todo esto? Sentí una rabia sorda mezclada con miedo. ¿Qué secretos podía tener Javier, el hombre que creí conocer mejor que a nadie?
A la mañana siguiente, llamé a Ana. Su voz sonaba cansada, como si también hubiera pasado la noche en vela. Quedamos en la cafetería de siempre, la de la esquina de la plaza, donde los camareros ya nos conocían por el nombre y sabían que yo tomaba el café solo, sin azúcar.
—¿Qué pasa, Carmen?— preguntó Ana, mirándome a los ojos, esquivando el tema como quien esquiva un charco en la Gran Vía.
Le enseñé la carta. Ana palideció. Bajó la mirada y, después de un silencio que me pareció eterno, empezó a hablar:
—Javier y yo… antes de que tú y él estuvierais juntos, tuvimos algo. Fue una tontería, una noche, nada más. Pero…
Sentí que el aire se volvía denso, irrespirable. —¿Pero qué tiene que ver eso ahora?—
Ana tragó saliva. —Lucía… Carmen, Javier siempre tuvo miedo de que Lucía no fuera su hija. Nunca se hizo la prueba, pero…
Me levanté de golpe, la silla chirrió sobre el suelo de azulejos. —¡Eso es mentira! ¡Lucía es su hija, claro que lo es!—
Ana lloraba. —Yo también lo creo, Carmen. Pero él… él no podía vivir con la duda. Por eso te dejó esa carta. Quería que tú lo supieras, que no hubiera más secretos. Que Lucía creciera sabiendo la verdad, fuera cual fuera.
Salí de la cafetería sin mirar atrás, con el corazón hecho trizas. Caminé bajo la lluvia, sin paraguas, dejando que el agua me empapara y se llevara las lágrimas. ¿Cómo podía Javier haber dudado de mí? ¿Cómo podía Ana, mi amiga de toda la vida, haberme ocultado algo así?
Esa noche, cuando llegué a casa, Lucía me esperaba en el sofá, abrazada a su peluche favorito. Me senté a su lado y la abracé fuerte, como si pudiera protegerla de todo el dolor del mundo.
—Mamá, ¿qué decían los papeles?—
La miré a los ojos, esos ojos grandes y marrones que tanto me recordaban a Javier. —Decían que tu padre te quería mucho. Que a veces los adultos cometemos errores, pero que el amor nunca se acaba, pase lo que pase.
Lucía sonrió, y por un momento sentí que todo podía arreglarse. Pero en mi interior, la herida seguía abierta. ¿De verdad conocemos a quienes amamos? ¿O todos guardamos secretos que algún día saldrán a la luz, aunque sea en una llamada imposible a medianoche?