La noche en que se rompió mi aniversario

—¿Dónde has estado, Tomás? —pregunté sin encender la luz, mi voz temblando entre la rabia y el miedo. El reloj marcaba la una y media de la madrugada. El salón estaba en penumbra, solo iluminado por la luz naranja de la farola que se colaba por la ventana. Tenía el corazón en la garganta y el vino, ya tibio, me quemaba los labios.

Tomás cerró la puerta con cuidado, como si temiera despertar a un niño. Pero nuestra hija, Lucía, dormía desde hacía horas. Yo no podía dormir. No esa noche, no nuestro aniversario. Él dejó las llaves sobre la mesa y se quitó el abrigo sin mirarme.

—Se alargó la reunión —dijo, evitando mis ojos.

Pero el aire estaba impregnado de un perfume dulce y fuerte, uno que no era mío. Uno que jamás había olido en nuestra casa. Me levanté despacio, sintiendo cómo me temblaban las piernas.

—¿Reunión? ¿A estas horas? —insistí, intentando controlar el temblor en mi voz.

Tomás suspiró, cansado. —Marta, por favor…

No pude más. Me acerqué y lo miré de frente. —¿Quién es ella?

El silencio fue más duro que cualquier palabra. Vi en sus ojos el reflejo de mi propio dolor. No hacía falta que respondiera. Lo supe en ese instante: había otra mujer.

Me encerré en el baño y me dejé caer al suelo frío de las baldosas. Lloré en silencio, mordiendo una toalla para no despertar a Lucía. Recordé los años juntos: los veranos en la playa de Cádiz, las risas en la terraza de nuestro piso en Madrid, las promesas susurradas bajo las sábanas. ¿Cuándo se rompió todo?

A la mañana siguiente, Tomás se fue temprano al trabajo sin despedirse. Yo preparé el desayuno para Lucía como si nada hubiera pasado. Ella me miró con sus grandes ojos marrones.

—¿Mamá, por qué tienes los ojos rojos?

—Nada, cariño. Solo he dormido mal —mentí.

Llevé a Lucía al colegio y volví a casa. El silencio era insoportable. Me senté frente al ordenador y busqué el nombre que había visto tantas veces en el móvil de Tomás: «Carmen». Una compañera nueva del trabajo, según él. Encontré su foto en LinkedIn: joven, guapa, con una sonrisa perfecta. Sentí una punzada de celos y rabia.

No podía quedarme de brazos cruzados. Llamé a mi hermana, Pilar.

—¿Qué pasa, Marta? —su voz sonaba preocupada.

—Tomás me engaña —dije sin rodeos.

Pilar suspiró al otro lado del teléfono. —Ven a casa esta tarde. No puedes pasar esto sola.

Esa tarde, mientras Lucía jugaba con sus primos, Pilar me abrazó fuerte en la cocina.

—¿Qué vas a hacer?

No supe qué responderle. ¿Perdonar? ¿Enfrentarme? ¿Romper mi familia?

Esa noche, Tomás volvió antes de lo habitual. Se sentó frente a mí en el sofá, con los ojos cansados.

—Marta… tenemos que hablar.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿La amas? —pregunté sin rodeos.

Él bajó la mirada. —No lo sé… Todo ha sido un lío desde que empezó el ERE en la empresa. Me sentía perdido… Carmen me escuchaba cuando yo solo era un fantasma aquí…

Sentí una mezcla de compasión y rabia. —¿Y yo? ¿No he estado siempre aquí? ¿No hemos luchado juntos contra todo?

Tomás se tapó la cara con las manos. —Lo siento tanto…

Me levanté y fui a la habitación de Lucía. La vi dormir abrazada a su peluche favorito. Pensé en ella, en lo que significaría para su vida crecer entre gritos y reproches o entre silencios llenos de resentimiento.

Los días siguientes fueron una tortura. Tomás dormía en el sofá; yo apenas comía. Mi madre vino a casa y me preparó una tortilla de patatas como cuando era niña.

—Hija, nadie te puede decir qué hacer —me dijo mientras me acariciaba el pelo— pero recuerda que tú eres lo más importante para Lucía.

En el trabajo fingía normalidad, pero mis compañeras notaban algo raro.

—¿Estás bien, Marta? —me preguntó Ana, mi jefa.

—Solo un poco cansada —mentí otra vez.

Una tarde, recogiendo a Lucía del colegio, vi a Carmen esperándolo en la puerta del trabajo de Tomás. Se abrazaron rápido y luego se separaron como si nada. Sentí que me faltaba el aire.

Esa noche enfrenté a Tomás por última vez.

—No puedo seguir así —le dije—. No quiero que Lucía crezca viendo cómo su madre se apaga poco a poco.

Él lloró por primera vez desde que le conocía. Me pidió perdón mil veces, pero ya no podía creerle.

Busqué un abogado y empecé los trámites de separación. Fue duro explicárselo a Lucía; su carita triste me rompió el alma.

Han pasado meses desde aquella noche de nuestro aniversario. Ahora vivo con Lucía en un piso pequeño cerca del Retiro. A veces lloro al recordar lo que perdí, pero también sonrío al ver cómo mi hija vuelve a reír sin miedo.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres viven atrapadas entre el miedo y la costumbre? ¿Cuántas veces nos negamos a ver la verdad por no romper lo que creemos perfecto? ¿Habría hecho algo diferente si hubiera sabido lo fuerte que podía ser sola?