La segunda nevera: ¿Frío en la cocina o en el corazón?
—¿Otra nevera? —repetí, con la voz temblorosa, mientras el cuchillo se me quedaba suspendido en el aire sobre la tabla de cortar. Sergio ni siquiera levantó la vista del móvil. Lucía, en cambio, me miró con esa mezcla de dulzura y firmeza que siempre me ha desconcertado.
—Sí, Carmen —dijo ella—. Creemos que es lo mejor. Así cada uno puede organizarse a su manera.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿A su manera? ¿Desde cuándo necesitábamos dos maneras distintas de guardar la leche o los tomates? La cocina siempre había sido el corazón de nuestra casa en Salamanca. Allí aprendí de mi madre a preparar lentejas, allí celebramos los cumpleaños, allí lloré la muerte de mi padre mientras removía un puchero. Y ahora, de repente, una línea invisible dividía el espacio en dos.
—¿No os parece un poco exagerado? —intenté bromear, pero mi voz sonó más herida de lo que pretendía.
Sergio suspiró, dejó el móvil y me miró como si yo fuera una niña caprichosa.
—Mamá, es solo una nevera. Lucía es vegetariana, tú cocinas con carne… Siempre hay discusiones por las sobras, por los tuppers… Así será más fácil para todos.
Lucía asintió y me sonrió, pero sentí que su sonrisa era un muro. Me quedé callada. No quería discutir delante de ellos, pero por dentro hervía de rabia y tristeza. ¿En qué momento mi hijo se había convertido en un extraño? ¿Cuándo dejamos de reírnos juntos mientras cocinábamos tortilla de patatas?
Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces y recorrí la casa en silencio. Me detuve frente a la puerta cerrada de su habitación. Escuché susurros, risas ahogadas. Me sentí fuera de lugar en mi propia casa.
Al día siguiente, llegó el repartidor con la nueva nevera. La colocaron junto a la vieja, como dos soldados enfrentados. Lucía empezó a organizar sus verduras ecológicas y sus yogures de soja con una precisión casi militar. Sergio le ayudaba, bromeando sobre quién tendría la nevera más ordenada. Yo me refugié en el fregadero, lavando platos que no necesitaban ser lavados.
Mi hermana Pilar vino a visitarme esa tarde. Le conté lo de la nevera entre lágrimas contenidas.
—Ay, Carmen —me dijo—, no te lo tomes así. Los jóvenes ahora son muy suyos. Pero tú siempre has sido el pegamento de esta familia.
—¿Y si ya no quieren pegarse a mí? —pregunté, sintiendo cómo se me rompía algo por dentro.
Pilar me abrazó fuerte. Pero sus palabras no lograron calmarme.
Los días pasaron y la rutina se volvió aún más fría. Cada uno cocinaba a su hora; Lucía preparaba sus ensaladas mientras yo freía croquetas para Sergio, aunque él cada vez las aceptaba menos. Las conversaciones se reducían a monosílabos: «¿Has visto mi yogur?», «¿Quién ha dejado esto aquí?», «¿Falta pan?».
Una tarde escuché a Lucía hablando por teléfono con su madre:
—No sé si ha sido buena idea mudarnos aquí… Carmen es buena persona, pero siento que no encajamos…
Me encerré en el baño para llorar en silencio. ¿Era yo el problema? ¿Mi manera de querer era demasiado asfixiante?
Esa noche, durante la cena, no aguanté más.
—¿Os vais a ir pronto? —pregunté sin rodeos.
Sergio me miró sorprendido.
—¿Por qué dices eso?
—Porque siento que ya no formo parte de vuestra vida —dije, con la voz rota—. Ni siquiera compartimos la comida…
Lucía bajó la mirada. Sergio se levantó y vino hacia mí.
—Mamá… No es eso. Solo queremos tener nuestro espacio. Pero te queremos mucho.
—A veces el espacio se convierte en distancia —susurré.
El silencio cayó sobre nosotros como una losa.
Esa noche soñé con mi madre. Me veía pequeña, sentada a su lado mientras amasábamos pan juntas. Ella me decía: «La familia se cuida en los pequeños detalles».
Al día siguiente decidí hacer algo diferente. Preparé una cena especial: tortilla de patatas sin carne para Lucía, croquetas vegetarianas para todos y una ensalada enorme. Puse la mesa bonita y encendí una vela.
Cuando Sergio y Lucía entraron en la cocina, se quedaron sorprendidos.
—Hoy cenamos juntos —anuncié—. Sin neveras separadas.
Lucía sonrió tímidamente y Sergio me abrazó fuerte.
Esa noche reímos como hacía tiempo no lo hacíamos. Hablamos de todo: del trabajo de Sergio en la universidad, de las recetas de la abuela, de los sueños de Lucía. Por unas horas, las dos neveras parecieron desaparecer.
Pero sé que nada volverá a ser como antes. Los hijos crecen y buscan su propio camino; las madres aprendemos a soltar poco a poco. Pero aún me pregunto: ¿cuándo dejamos de ser una familia unida? ¿Y cómo podemos volver a encontrarnos en medio del frío?
A veces pienso: ¿será verdad que lo que se enfría primero no es la comida, sino el corazón? ¿Vosotros también habéis sentido ese frío alguna vez?