La sombra de la soledad: Confesiones de una madre en Madrid
—¿Por qué no me llamas nunca, Lucía? —mi voz retumba en el salón vacío, aunque sé que solo el eco me responde. El reloj marca las siete y media, la hora en que solíamos cenar juntas antes de que todo cambiara. Ahora, la mesa está puesta para una sola persona y el silencio es mi único invitado.
Recuerdo cuando Lucía era pequeña y corría por este mismo pasillo, con sus trenzas deshechas y los deberes a medio hacer. Yo era la madre estricta, la que revisaba cada cuaderno, la que preguntaba por las notas y los amigos. «No quiero que te pase lo mismo que a mí», le repetía una y otra vez, como si el miedo pudiera protegerla del mundo. Pero ahora me pregunto si ese miedo no fue lo que nos separó.
La última vez que hablamos fue hace dos semanas. Su voz sonaba lejana, como si estuviera hablando desde otro planeta.
—Mamá, estoy muy liada con el trabajo y los niños. Te llamo luego, ¿vale?
—Lucía, solo quiero saber cómo estás…
—De verdad, luego hablamos. Te quiero.
Y colgó. Desde entonces, nada. Ni un mensaje, ni una llamada perdida. Solo el silencio y mi cabeza dándole vueltas a todo lo que hice mal.
A veces pienso en llamarla yo, pero el orgullo me puede. «No seas pesada», me digo. «No seas esa madre que agobia». Pero ¿cómo no serlo cuando la casa está tan vacía? Cuando la única compañía es el sonido de la televisión encendida para no escuchar mis propios pensamientos.
Mi hermana Carmen dice que tengo que dejarla vivir su vida. «Es lo normal, Ana. Los hijos crecen y se van. Tú también te fuiste de casa con veinte años». Pero yo no me fui así, sin mirar atrás. Llamaba a mamá todos los domingos, le contaba mis problemas, le pedía recetas… ¿Por qué Lucía no puede hacer lo mismo?
El otro día fui al mercado de Antón Martín y vi a una madre con su hija adolescente. Discutían por una tontería —creo que por el color de una bufanda— pero luego se abrazaron y se rieron juntas. Sentí una punzada de envidia tan fuerte que tuve que salir corriendo antes de ponerme a llorar delante de todos.
A veces pienso que la culpa es de esta ciudad, de este ritmo frenético en el que nadie tiene tiempo para nada. Otras veces creo que la culpa es mía. Que fui demasiado dura, demasiado exigente. Que nunca supe decirle a Lucía lo orgullosa que estaba de ella, solo le señalaba lo que podía mejorar.
Recuerdo una noche, hace años, cuando Lucía llegó tarde a casa después de una fiesta. Yo estaba furiosa, preocupada. Le grité más de lo necesario.
—¿Te parece normal llegar a estas horas? ¿Y si te hubiera pasado algo?
—¡Mamá, tengo diecisiete años! ¡No puedes controlarlo todo!
—¡Mientras vivas bajo mi techo harás lo que yo diga!
Esa noche lloramos las dos en habitaciones separadas. Creo que fue entonces cuando empezó a alejarse de mí.
Ahora Lucía tiene su propia familia en Barcelona: un marido catalán al que apenas conozco y dos niños preciosos a los que solo veo por videollamada en Navidad o cumpleaños. Cuando los veo reírse juntos al otro lado de la pantalla siento una mezcla de alegría y tristeza imposible de explicar.
El domingo pasado fue el cumpleaños de mi nieta Paula. Le mandé un regalo por correo: un libro de cuentos ilustrados y una carta escrita a mano. No recibí respuesta hasta dos días después.
—Gracias por el regalo, mamá —me dijo Lucía por WhatsApp—. Paula está encantada.
Eso fue todo. Ni una foto, ni una llamada para escuchar su voz diciendo «gracias, abuela».
A veces me pregunto si debería mudarme a Barcelona para estar más cerca de ellos. Pero luego pienso en todo lo que tendría que dejar atrás: mis amigas del barrio, mi rutina en Madrid, los paseos por El Retiro… Y me asusta la idea de ser una carga para Lucía.
Anoche soñé con mi madre. Me decía: «Ana, no te castigues tanto. Los hijos no siempre entienden el amor hasta que son padres». Me desperté llorando, sintiendo su mano cálida sobre la mía aunque hace años que se fue.
Hoy he decidido escribirle una carta a Lucía. No para reprocharle nada, sino para decirle lo mucho que la echo de menos y lo orgullosa que estoy de ella. No sé si servirá de algo, pero necesito intentarlo.
Querida Lucía:
Sé que estás ocupada con tu vida y tus hijos, pero quería decirte algo importante. Echo de menos nuestras charlas, nuestras cenas juntas… Echo de menos ser tu madre como antes. Sé que a veces fui dura contigo y quizá te exigí demasiado porque quería protegerte del mundo… pero también porque te quiero más de lo que sé expresar con palabras. Ojalá algún día puedas entenderlo.
Con todo mi amor,
Mamá
Doblo la carta con manos temblorosas y la meto en un sobre. Mañana la echaré al buzón camino del mercado.
Mientras apago las luces del salón y me preparo para otra noche sola, me hago la misma pregunta de siempre: ¿Es posible reconstruir un puente roto entre madre e hija? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrarse?
¿Vosotros qué pensáis? ¿Habéis sentido alguna vez esa distancia con alguien a quien queréis? ¿Se puede volver atrás?