La sombra de la traición: El reencuentro con la mujer del pasado de mi marido
—¿Por qué has vuelto, Lucía? —escuché la voz de mi marido, Sergio, amortiguada por la puerta del despacho. Mi corazón latía tan fuerte que temía que ambos pudieran oírlo desde dentro. Me apoyé contra la pared fría del pasillo, conteniendo el aliento, mientras el eco de sus palabras me desgarraba por dentro.
No era la primera vez que sentía esa punzada de inseguridad, pero sí la más intensa. Desde hacía semanas, Sergio estaba distante, y yo, como tantas otras mujeres, me aferraba a la esperanza de que solo fuera el estrés del trabajo. Pero aquella noche, en nuestra casa de Salamanca, la realidad me golpeó con una fuerza brutal.
—No he venido a hacer daño —respondió Lucía, su voz temblorosa pero firme—. Solo necesitaba verte una última vez.
Me tapé la boca para no sollozar. ¿Una última vez? ¿Cuántas veces habían sido antes? ¿Cuántas mentiras me había tragado sin saberlo?
Cuando Sergio salió del despacho y me encontró allí, su rostro palideció. No dijo nada. Yo tampoco. Solo sentí cómo se rompía algo dentro de mí, algo que nunca volvería a ser igual.
Los días siguientes fueron un infierno. Sergio intentó explicarse, pero cada palabra era como sal en la herida. Mis padres, Mercedes y Antonio, vinieron a casa para apoyarme. Mi madre me abrazó fuerte en la cocina mientras yo lloraba como una niña pequeña.
—Hija, nadie merece vivir con esa duda —me susurró—. Pero solo tú puedes decidir si quieres perdonar.
El perdón… Qué palabra tan grande y tan vacía a veces. Yo no podía perdonar porque ni siquiera entendía lo que había pasado realmente. Sergio juraba que no había pasado nada físico, que solo eran recuerdos del pasado, una amistad mal entendida. Pero yo veía en sus ojos el reflejo de una historia que no era la mía.
Pasaron los años. Intenté reconstruir mi vida con Sergio. Tuvimos una hija, Paula, y durante un tiempo creí que el dolor se había diluido entre pañales y noches sin dormir. Pero la sombra de Lucía seguía ahí, acechando en cada discusión, en cada silencio incómodo.
Hasta que un día, en el supermercado del barrio, la vi. Lucía estaba delante de mí en la cola de la charcutería, con su hijo pequeño agarrado a la mano. Me quedé paralizada. Ella se giró y nuestras miradas se cruzaron. No hubo odio ni reproche en sus ojos, solo un cansancio profundo.
—Hola, Marta —dijo ella, bajando la mirada.
No supe qué responder. Sentí rabia, vergüenza y una extraña compasión al mismo tiempo.
—¿Por qué volviste aquella noche? —le pregunté en voz baja, casi sin querer.
Lucía suspiró.—Porque necesitaba cerrar una puerta que llevaba demasiado tiempo abierta. No fue justo para ti, lo sé.
Su sinceridad me desarmó. Durante años la había odiado en silencio, culpándola de todo mi dolor. Pero en ese momento entendí que ella también cargaba con su propia cruz.
Nos sentamos en un banco fuera del supermercado mientras los niños jugaban cerca. Hablamos largo rato. Me contó cómo había conocido a Sergio en la universidad, cómo su relación se había terminado mucho antes de que él me conociera a mí, pero nunca lograron despedirse del todo. Aquella noche fatídica solo buscaba respuestas para poder seguir adelante con su vida.
—Nunca quise destruir tu familia —me dijo—. Yo también perdí mucho aquel día.
Volví a casa confundida. Sergio me esperaba en el salón, leyendo el periódico como si nada hubiera cambiado en todos esos años.
—He visto a Lucía —le dije sin rodeos.
Él dejó el periódico y me miró con miedo.—¿Y…?
—He entendido cosas que antes no podía entender —respondí—. Pero sigo sin saber si puedo perdonarte del todo.
Sergio se levantó y me abrazó.—Lo siento tanto, Marta…
Lloré en sus brazos como aquella primera noche. No porque quisiera volver atrás, sino porque por fin podía soltar parte del peso que llevaba dentro.
Hoy sigo sin tener todas las respuestas. Nuestra familia sigue adelante, con cicatrices pero también con nuevas fuerzas. A veces pienso en Lucía y espero que haya encontrado su paz. Otras veces miro a Sergio y me pregunto si alguna vez podré confiar plenamente otra vez.
¿Es posible reconstruir lo que una traición ha roto? ¿O simplemente aprendemos a vivir con las grietas? ¿Vosotros qué pensáis?