La sombra de otra mujer: Historia de una confianza rota
—¿Por qué llegas tan tarde otra vez, Alejandro? —pregunté con la voz temblorosa, intentando que no se notara el nudo en mi garganta.
Él dejó las llaves sobre la mesa del recibidor, sin mirarme a los ojos. El reloj marcaba las dos y media de la madrugada y el silencio en nuestro piso de Chamberí era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Sentía el corazón martilleando en mi pecho, una mezcla de rabia y miedo.
—He tenido mucho trabajo, Carmen. Ya te lo he dicho —respondió, casi en un susurro, mientras se quitaba la chaqueta.
Pero yo ya no le creía. No después de lo que me había contado Pilar, mi vecina del cuarto. Aquella tarde, mientras colgábamos la ropa en el patio interior, se acercó a mí con esa mirada compasiva que tanto detesto.
—Carmen, hija… No quiero meterme donde no me llaman, pero… ¿sabes que tu marido trae a una mujer cuando tú no estás? La he visto varias veces subir con él —me dijo, bajando la voz.
Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. Quise gritarle que estaba equivocada, que Alejandro jamás me haría algo así. Pero supe, en lo más profundo de mi alma, que Pilar no mentía. Desde hacía meses, Alejandro llegaba tarde, evitaba mirarme y apenas hablábamos más allá de lo imprescindible.
Esa noche no pude dormir. Me revolvía en la cama mientras él roncaba a mi lado como si nada pasara. Recordé los años juntos: las vacaciones en Asturias, las cenas con nuestros hijos, las promesas de amor eterno. ¿En qué momento se rompió todo?
Al día siguiente, mientras preparaba el desayuno para nuestros hijos, Lucía y Marcos, sentí que el café me quemaba las manos. Lucía me miró preocupada.
—Mamá, ¿estás bien? —preguntó.
—Sí, cariño. Solo estoy cansada —mentí.
Pero no era cansancio. Era miedo. Miedo a enfrentarme a la verdad y a perder la vida que había construido durante veinte años. Cuando Alejandro se fue al trabajo, me senté en la cocina y lloré en silencio. No quería preocupar a los niños ni darles motivos para odiar a su padre.
Esa tarde decidí seguirle. Me sentí ridícula escondida tras unas gafas de sol y una bufanda en pleno mayo madrileño. Le vi salir del despacho y caminar hasta una cafetería cercana. Allí estaba ella: joven, rubia, con una sonrisa que me resultó insoportablemente familiar. Se abrazaron como dos adolescentes y sentí una puñalada en el pecho.
Volví a casa antes que él. Me miré al espejo y apenas me reconocí: ojeras profundas, el rostro surcado por lágrimas secas. ¿Cómo podía competir con esa mujer? ¿Qué tenía ella que yo no tuviera?
Cuando Alejandro llegó esa noche, le esperé sentada en el sofá. No podía seguir fingiendo.
—¿Quién es ella? —le pregunté sin rodeos.
Él se quedó helado. Por un momento pensé que iba a negarlo todo, pero bajó la cabeza y suspiró.
—Carmen… No sé cómo hemos llegado hasta aquí —dijo, con voz rota.
—¿La amas? —pregunté, sintiendo que cada palabra era un cuchillo.
No respondió. El silencio fue peor que cualquier confesión.
Durante días vivimos como dos extraños bajo el mismo techo. Los niños notaban la tensión y Lucía empezó a tener pesadillas por las noches. Mi madre vino a visitarnos desde Toledo y me encontró llorando en la cocina.
—Hija mía, nadie merece vivir así —me dijo mientras me abrazaba—. Tienes que pensar en ti y en tus hijos.
Pero yo no sabía cómo hacerlo. Había dedicado mi vida entera a esa familia: renuncié a mi trabajo para cuidar de los niños, soporté mudanzas y crisis económicas… ¿Y ahora debía tirar todo por la borda?
Una tarde, mientras recogía los platos del almuerzo, Marcos se acercó y me abrazó fuerte.
—Mamá, pase lo que pase, te quiero —susurró.
Sentí que algo dentro de mí se rompía definitivamente. No podía seguir viviendo en esa mentira. Esa noche preparé una maleta pequeña y esperé a que Alejandro llegara.
—Me voy unos días a casa de mi madre —le dije sin mirarle—. Necesito pensar.
Él intentó detenerme, pero ya era tarde para palabras vacías. Salí al portal y respiré hondo el aire fresco de Madrid. Por primera vez en meses sentí un atisbo de libertad mezclado con un dolor insoportable.
En casa de mi madre encontré el consuelo que necesitaba. Hablamos durante horas sobre el amor, la traición y el valor de empezar de nuevo. Ella me recordó quién era antes de ser solo «la mujer de Alejandro».
Pasaron semanas antes de que pudiera mirar atrás sin sentir rabia. Los niños venían a verme los fines de semana y poco a poco empecé a reconstruir mi vida: retomé mis clases de pintura, salí a pasear por El Retiro con viejas amigas y aprendí a disfrutar del silencio sin miedo.
Alejandro me llamó varias veces suplicando perdón, pero ya no podía volver atrás. La confianza es como un jarrón: una vez roto, nunca vuelve a ser igual.
Hoy escribo estas líneas desde mi pequeño piso en Lavapiés. A veces echo de menos lo que fuimos, pero sé que merezco algo mejor que vivir bajo la sombra de otra mujer.
¿De verdad merece la pena perdonar cuando la confianza está rota? ¿O es mejor empezar de nuevo aunque duela? ¿Qué haríais vosotros?