La sombra en mi propia casa: El cumpleaños de Ricardo

—¿Otra vez tú con esa cara, Carmen? —me espetó mi suegra nada más abrir la puerta, mientras yo sostenía la bandeja de croquetas que llevaba toda la mañana preparando.

No contesté. Me limité a sonreír, como cada año, tragándome el nudo en la garganta. Era el cumpleaños de Ricardo, mi marido, y como dictaba la costumbre, toda su familia —los hermanos, los cuñados, los sobrinos ruidosos— invadía nuestra casa. Yo era la anfitriona invisible: la que cocina, sirve, recoge y sonríe aunque por dentro solo quiera desaparecer.

Pero este año algo dentro de mí se rompió. Quizá fue el cansancio acumulado, o tal vez la conversación que escuché sin querer entre Ricardo y su hermana Marta la noche anterior:

—No sé cómo aguantas a Carmen, siempre tan callada, tan sosa…
—Bueno, es lo que hay —respondió él encogiéndose de hombros.

Esa frase me atravesó como un cuchillo. «Es lo que hay». ¿Eso era yo para él? ¿Una presencia neutra, una sombra útil?

Así que esa mañana, mientras batía los huevos para la tortilla, tomé una decisión. Este año no iba a ser la criada de nadie. No iba a sacrificar mi día por una familia que ni siquiera me veía. Dejé la bandeja en la mesa y subí a mi habitación. Me senté en la cama y respiré hondo. Por primera vez en años, sentí el pulso de mi propio corazón.

Abajo, el bullicio crecía. Escuché a los niños correr, a mi suegra quejarse porque faltaba vino, a Ricardo llamarme:

—¡Carmen! ¿Dónde estás? ¡La tarta no está lista!

No contesté. Cerré los ojos y pensé en mi madre, en cómo siempre me decía: «Hija, no te olvides de ti misma». Pero yo me había olvidado hace mucho.

Al rato, los pasos de Ricardo subieron por las escaleras. Abrió la puerta sin llamar.

—¿Se puede saber qué haces aquí? ¿No ves que todos te están esperando? —Su tono era más de reproche que de preocupación.

Le miré a los ojos por primera vez en mucho tiempo.

—Estoy cansada, Ricardo. Cansada de ser invisible en mi propia casa.

Él frunció el ceño.

—¿Invisible? Pero si todo esto lo haces porque quieres…

—¿De verdad crees eso? ¿Crees que quiero pasarme el día cocinando para gente que ni siquiera me pregunta cómo estoy?

Se quedó callado. Por primera vez noté una grieta en su seguridad.

—Mira, Carmen… Es solo un día al año. Mi familia espera…

—¿Y yo? ¿Alguien espera algo de mí? ¿O solo esperan que lo tenga todo listo?

Ricardo bajó la mirada. No supo qué decir. Bajó las escaleras sin cerrar la puerta.

Me tumbé en la cama y lloré en silencio. No por ellos, sino por mí. Por todos los años que me había negado a mí misma para encajar en una familia que nunca me aceptó del todo. Recordé cuando llegué a Madrid desde Salamanca, ilusionada por empezar una vida juntos. Pero poco a poco fui desapareciendo detrás de las expectativas ajenas: la nuera perfecta, la esposa sumisa, la anfitriona ejemplar.

El ruido abajo se hizo insoportable. Decidí salir a la calle. Caminé sin rumbo por el barrio de Chamberí, sintiendo el aire frío en la cara. Me crucé con vecinos que celebraban el domingo en terrazas llenas de risas y cañas. Me pregunté cuándo fue la última vez que salí con amigas, cuándo fue la última vez que alguien me preguntó qué quería yo.

Mi móvil vibró: era un mensaje de mi cuñada Laura.

«¿Dónde estás? Mamá dice que eres una desagradecida.»

No contesté. Seguí caminando hasta llegar al parque de Santander. Me senté en un banco y observé a las familias jugando, a las parejas paseando de la mano. Sentí una punzada de envidia y tristeza.

Recordé mi boda con Ricardo: el vestido blanco, las promesas de amor eterno… ¿En qué momento se torció todo? ¿En qué momento dejé de ser Carmen para convertirme solo en «la mujer de Ricardo»?

El sol empezó a ponerse y sentí frío. Dudé si volver a casa o seguir andando hasta perderme del todo. Pero algo dentro de mí cambió ese día: ya no quería seguir siendo invisible.

Volví a casa cuando ya era de noche. La fiesta había terminado; los restos del banquete seguían sobre la mesa. Ricardo estaba sentado en el sofá, solo, mirando el móvil.

—Has hecho el ridículo delante de todos —me dijo sin mirarme.

Me senté frente a él.

—Quizá sí. Pero hoy he hecho algo por mí misma. Y eso no es ridículo.

Nos miramos largo rato en silencio. Por primera vez sentí que tenía el control de mi vida, aunque fuera solo un poco.

Esa noche dormí sola en la habitación de invitados. Lloré y reí al mismo tiempo. Sabía que nada volvería a ser igual, pero también sabía que no quería volver atrás.

A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres siguen siendo invisibles en sus propias casas? ¿Cuánto tiempo más vamos a sacrificar nuestra felicidad por cumplir expectativas ajenas?

¿Y tú? ¿Te has sentido alguna vez invisible entre los tuyos?