La última luz en la casa de la abuela Carmen

—¿Y ahora qué hacemos con la casa de la abuela? —preguntó mi hermana Lucía, rompiendo el silencio que se había instalado en el salón como una niebla espesa.

Yo miraba el suelo, incapaz de sostener la mirada de mi padre, Antonio, que apretaba los labios con fuerza. Mi madre, Pilar, se aferraba a una taza de café frío, como si en ese calor ausente pudiera encontrar respuestas. La casa de la abuela Carmen llevaba meses vacía desde que nos dejó, y cada vez que pasaba por la calle Mayor y veía las persianas bajadas, sentía un nudo en el estómago.

—No podemos seguir posponiéndolo —dijo mi hermano Marcos, siempre tan práctico—. Los impuestos siguen llegando y el tejado necesita arreglos. Si no la vendemos pronto, acabaremos perdiendo dinero.

—¿Dinero? —saltó Lucía—. ¿Eso es lo único que te importa? ¡Esa casa es parte de nuestra vida! ¿Ya te has olvidado de los veranos en el patio, de los Reyes Magos en el salón?

—No digas tonterías, Lucía —intervino mi padre, con voz cansada—. Nadie olvida nada. Pero hay que ser realistas. Ninguno vive aquí ya. ¿Quién va a cuidar la casa?

Sentí una punzada de rabia y tristeza mezcladas. Yo tampoco quería perder ese lugar donde aprendí a montar en bici y donde la abuela me curaba las rodillas peladas con agua oxigenada y besos. Pero también sabía que tenía razón: yo vivía en Madrid, Marcos en Valencia y Lucía en Zaragoza. Volver al pueblo era cada vez más raro.

—¿Y si la alquilamos? —propuse, casi en un susurro.

Marcos negó con la cabeza—. No tenemos tiempo para estar pendientes de inquilinos. Además, ¿y si destrozan el jardín de la abuela?

Mi madre suspiró y se levantó para mirar por la ventana. Afuera llovía, y las gotas resbalaban por el cristal como lágrimas silenciosas.

—A veces pienso que si Carmen estuviera aquí, nos daría una colleja a todos —dijo con una sonrisa triste—. Ella siempre decía que lo importante era estar juntos, no dónde.

El silencio volvió a caer sobre nosotros. De repente, Lucía se levantó y salió corriendo al pasillo. Escuchamos cómo abría el armario del recibidor y rebuscaba entre papeles y cajas viejas. Volvió con una carpeta azul polvorienta.

—Mirad lo que encontré hace unos días —dijo, abriéndola sobre la mesa.

Dentro había cartas antiguas, fotos en blanco y negro y un sobre cerrado con el nombre de mi madre escrito a mano: «Para Pilar».

Mi madre tembló al abrirlo. Sacó una hoja doblada y empezó a leer en voz alta:

«Querida hija,
Si estás leyendo esto es porque ya no estoy. No quiero que mi casa sea motivo de peleas ni tristezas. Sé que os costará dejarla ir, pero recordad: las paredes no guardan los abrazos ni las risas; eso lo lleváis vosotros dentro. Si algún día sentís que debéis venderla, hacedlo sin culpa. Pero antes, reuniros una última vez todos juntos aquí y celebrad una comida como las de antes. Reíd, llorad si hace falta, pero sobre todo, quereros mucho.
Con amor,
Mamá»

Las lágrimas rodaban por las mejillas de mi madre y Lucía sollozaba en silencio. Mi padre se limpió los ojos disimuladamente y Marcos apretó mi hombro.

—¿Qué os parece si hacemos lo que pide la abuela? —pregunté con voz entrecortada.

Así fue como, dos semanas después, volvimos todos a la casa de la abuela Carmen. Cocinamos su famoso cocido madrileño, sacamos las sillas al patio y brindamos por ella bajo el limonero. Hablamos de cuando nos escondíamos en el desván, de sus historias sobre la guerra y de cómo siempre tenía caramelos de violetas en el bolso.

Al final del día, cuando el sol se ponía tras los tejados del pueblo, sentí que algo dentro de mí se cerraba con suavidad: una herida antigua que por fin podía empezar a sanar.

Vendimos la casa unas semanas después. No fue fácil firmar los papeles ni entregar las llaves a unos desconocidos. Pero cuando me despedí del portal y del olor a madera vieja, supe que la abuela Carmen tenía razón: el hogar no es un lugar, sino las personas que amamos y los recuerdos que compartimos.

A veces me pregunto: ¿cuántas casas vacías esconden historias como la nuestra? ¿Y cuántas familias se atreven a dejar ir el pasado para poder abrazar el futuro?