La última moneda en la Gran Vía

—¿Pero qué hago aquí? —me pregunté, apretando los dientes mientras el viento de la Gran Vía me cortaba la cara como cuchillas. El estómago me gruñía como un perro callejero, y las manos se me estaban congelando. Caminaba por la acera mirando las vitrinas iluminadas de los restaurantes, con ese olor a comida recién hecha que dolía más que el frío. No traía ni una sola moneda. La ciudad estaba helada. Esa clase de frío que no se te quita con una bufanda ni con las manos metidas en los bolsillos. Era el frío de sentirse solo.

—¡Venga, hombre! ¡Que no es para tanto! —me dije en voz baja, intentando convencerme de que todo era pasajero. Pero la verdad era otra: llevaba semanas sin trabajo, sin apenas hablar con mi madre, y con el orgullo tan hinchado que ni siquiera era capaz de pedir ayuda. ¿Cómo iba a volver a casa después de haber prometido que triunfaría en Madrid?

Me paré frente a una cafetería donde una pareja reía, compartiendo un trozo de roscón y dos cafés humeantes. Me dolía verlos tan cerca y tan lejos de mi realidad. Recordé las meriendas en casa de mi abuela en Toledo, el olor a chocolate caliente y la voz de mi madre diciendo: «No te vayas sin comer algo, hijo». Pero yo me fui, convencido de que aquí, en la capital, todo sería diferente.

El móvil vibró en el bolsillo. Era un mensaje de Lucía, mi hermana:

—Mamá pregunta si vas a venir por Navidad. Dice que hace mucho que no sabe de ti.

Sentí un nudo en la garganta. ¿Cómo explicarle que no tenía ni para el billete de vuelta? ¿Que el piso compartido era un zulo donde apenas cabíamos tres y que el trabajo de camarero se había esfumado con la última ola de despidos?

Me senté en un banco, temblando. Un hombre mayor se acercó y me ofreció un cigarro.

—Hace un frío que pela, ¿eh? —dijo, encendiéndolo con manos temblorosas.

—Sí… —respondí, aceptando el cigarro aunque hacía años que no fumaba.

—¿Tú también esperando algo? —preguntó.

—No lo sé —contesté, mirando mis zapatos gastados—. Supongo que sí. Esperando que pase este mal trago.

El hombre asintió y se marchó sin decir nada más. Me quedé mirando el humo perderse entre las luces navideñas. Pensé en llamar a mi madre, pero el orgullo me mordía por dentro.

De repente, una niña pasó corriendo con su padre, riendo a carcajadas. El padre le compró un cucurucho de castañas asadas y ella le ofreció una al pasar junto a mí. Dudé un segundo, pero acepté. El calor de la castaña me devolvió por un momento a las tardes de invierno en Toledo.

—Gracias —le dije, y ella sonrió antes de perderse entre la multitud.

Saqué el móvil otra vez y releí el mensaje de Lucía. «Mamá pregunta si vas a venir por Navidad». Cerré los ojos y respiré hondo. ¿Qué importaba el orgullo cuando lo único que quería era volver a casa?

Marqué el número de mi madre con manos temblorosas.

—¿Sí? —su voz sonó cansada pero cálida.

—Mamá… soy yo. Perdona que no haya llamado antes. Las cosas no han ido como pensaba…

Hubo un silencio largo al otro lado.

—Ay, hijo… ¿Estás bien? Ven a casa cuando quieras. Aquí siempre tendrás un plato caliente y una cama.

Las lágrimas me resbalaron por la cara antes de poder responder.

—Gracias, mamá. Te echo mucho de menos.

Colgué y me quedé mirando la ciudad, tan grande y tan fría. Pero por primera vez en semanas sentí algo parecido al calor en el pecho.

A veces nos empeñamos en ser fuertes solos, cuando lo más valiente es pedir ayuda. ¿Cuántas veces dejamos que el orgullo nos aparte de quienes más nos quieren? ¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez ese frío que sólo se quita volviendo a casa?