La verdad amarga de mi familia: El sexto hijo de mi prima lo cambió todo

—¿Pero cómo se te ocurre, Lucía? ¡¿Seis hijos?! —La voz de mi tía Carmen retumbó en el salón, rebotando entre las paredes llenas de fotos familiares y recuerdos polvorientos. Yo estaba sentada en el sofá, con las manos sudorosas y el corazón acelerado, mientras mi prima Lucía, con la mirada baja y las mejillas encendidas, intentaba encontrar palabras que justificaran lo que para ella era una bendición y para el resto, una locura.

Nunca olvidaré ese domingo de marzo. Habíamos ido a comer a casa de mis tíos en Alcalá de Henares, como tantas otras veces. El olor a cocido madrileño flotaba en el aire, y los niños correteaban por el pasillo. Todo parecía normal hasta que Lucía, con la voz temblorosa pero decidida, soltó la bomba: “Estoy embarazada otra vez”.

El silencio fue inmediato. Mi madre dejó caer la cuchara. Mi abuelo se quitó las gafas y se frotó los ojos. Y entonces, como si alguien hubiera encendido una mecha, empezaron los comentarios, los susurros, las miradas de reojo.

—¿Y qué dice Pablo? —preguntó mi tío Antonio, mirando fijamente a Lucía.

Lucía tragó saliva. —Está… confundido. Pero me apoya.

Mentira. Yo lo sabía porque Pablo, su marido, me había llamado dos noches antes. “No puedo más, Marta”, me confesó entre sollozos. “No llegamos a fin de mes con cinco, ¿cómo vamos a hacerlo con seis? Lucía no quiere escucharme”.

A partir de ese día, todo cambió. Las comidas familiares se volvieron tensas. Mi abuela empezó a murmurar que en sus tiempos las familias grandes eran normales, pero que ahora “los tiempos no están para tonterías”. Mi madre criticaba a Lucía por irresponsable; mi padre defendía que cada uno debía hacer con su vida lo que quisiera.

Pero lo peor fue ver cómo Pablo se iba apagando poco a poco. Dejó de venir a las reuniones familiares. Empezó a trabajar horas extra en la carpintería, casi no veía a sus hijos. Una tarde me lo encontré en la plaza del pueblo, sentado solo en un banco.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Me miró con los ojos rojos y la voz rota:

—No sé si quiero seguir así. Siento que nadie me escucha. Ni siquiera Lucía…

Intenté animarle, pero sentí que sus palabras pesaban como piedras en mi pecho.

Mientras tanto, Lucía se refugiaba en su fe y en su convicción de que “los niños traen su pan bajo el brazo”. Pero la realidad era otra: el dinero no alcanzaba, los hermanos mayores empezaron a rebelarse —sobre todo Sergio, el tercero— y la casa se llenó de gritos y discusiones.

Una noche, recibí una llamada desesperada de Lucía:

—Marta, ¿puedes venir? Pablo se ha ido de casa.

Fui corriendo. Encontré a Lucía sentada en el suelo de la cocina, rodeada de platos sin fregar y juguetes esparcidos por todas partes. Lloraba en silencio mientras los niños dormían.

—No sé qué hacer —me dijo—. Siento que todo se desmorona.

La abracé fuerte. No supe qué decirle. ¿Cómo consuelas a alguien cuando tú misma dudas de todo?

Los días siguientes fueron un torbellino: llamadas cruzadas entre familiares, reproches (“te lo dije”, “esto no podía acabar bien”), intentos fallidos de reconciliación. Pablo volvió a casa tras una semana, pero ya no era el mismo. Dormía en el sofá y apenas hablaba con Lucía.

En medio de todo esto, salieron a la luz secretos guardados durante años: que mi tía Carmen nunca había querido tener hijos pero cedió por presión familiar; que mi abuelo había tenido una hija fuera del matrimonio; que mi madre sentía celos de Lucía porque siempre fue “la favorita”.

La familia se resquebrajó como un jarrón roto. Las Navidades fueron un desastre: cada uno cenó por su lado y nadie quiso hablar del tema. Los niños preguntaban por qué ya no veían a sus primos; los adultos evitaban mirarse a los ojos.

El día que nació el sexto hijo de Lucía —una niña preciosa llamada Sofía— solo fui yo al hospital. Le llevé flores y un peluche. Lucía sonrió débilmente:

—Gracias por estar aquí…

La miré y sentí una mezcla de tristeza y rabia. ¿De verdad merecía tanto castigo por querer una familia grande? ¿O era egoísmo aferrarse a un sueño sin escuchar al otro?

Hoy, meses después, seguimos distanciados. Pablo y Lucía van a terapia de pareja; algunos familiares ni se hablan. Yo intento mediar, pero siento que algo se ha roto para siempre.

A veces me pregunto: ¿cuándo dejamos de escucharnos? ¿Cuándo dejamos que el juicio y el miedo pesaran más que el amor? ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez que una sola decisión puede cambiarlo todo?