Las Dos Llamas: El Fuego Que No Supe Apagar

—¿Sabes, Lucía? Dentro de cada uno de nosotros arden dos llamas —me susurró mi abuela Carmen una noche de tormenta, mientras la lluvia golpeaba los cristales del pequeño piso en Vallecas—. Una es la del rencor, la otra la del perdón. Y cada día, tú decides cuál alimentar.

Tenía dieciséis años y creía que la vida era sencilla, que los problemas se resolvían con un portazo o un grito. Aquella noche, sin embargo, la voz de mi abuela se me quedó grabada, aunque no supe entenderla hasta mucho después.

La verdadera prueba llegó un invierno, cuando mi padre, Antonio, perdió el trabajo en la fábrica. El ambiente en casa se volvió denso, como si el frío se colara por las paredes y nos helara el alma. Mi madre, Pilar, intentaba mantenernos unidos, pero las discusiones eran cada vez más frecuentes. Mi hermano pequeño, Sergio, apenas hablaba y yo me refugiaba en mis auriculares para no escuchar los gritos.

Una tarde, al volver del instituto, encontré a mi padre sentado en la cocina, con la mirada perdida y una botella de vino medio vacía. —¿Por qué no puedes ser como tu prima Marta? Ella sí que estudia y ayuda en casa —me soltó de repente, con voz áspera.

Sentí cómo algo se rompía dentro de mí. —¡Pues vete con ella si tanto te gusta! —le grité antes de encerrarme en mi cuarto. Aquella noche, escuché a mis padres discutir hasta bien entrada la madrugada. Mi madre lloraba y mi padre golpeó la mesa tan fuerte que pensé que la rompería.

Los días siguientes fueron un infierno. Mi padre apenas salía del dormitorio y mi madre se desvivía por mantener las apariencias ante los vecinos. Yo solo quería desaparecer. Hasta que una tarde recibí una llamada de Marta.

—Lucía, ¿puedes venir a casa? Es urgente —su voz temblaba.

Al llegar, encontré a mi tía Rosa sentada en el sofá, con los ojos hinchados de llorar. —Tu padre… ha venido a pedirme dinero. Dice que lo necesita para pagar unas deudas —me confesó entre sollozos—. Pero sé que lo gastará en alcohol.

Sentí una mezcla de rabia y vergüenza. ¿Cómo podía mi padre hacerle eso a su propia hermana? ¿Cómo podía hundirnos aún más? Salí corriendo y no paré hasta llegar al parque donde solía jugar de niña. Allí me senté en un banco y lloré hasta quedarme sin lágrimas.

Esa noche, al volver a casa, encontré a mi madre fregando los platos con furia. —¿Dónde estabas? —me preguntó sin mirarme—. Tu padre se ha ido otra vez.

No contesté. Subí a mi cuarto y me tumbé en la cama. Recordé las palabras de mi abuela: dos llamas arden en tu interior. Sentí cómo el rencor crecía dentro de mí, alimentado por cada mentira y cada promesa rota de mi padre.

Pasaron semanas. Mi padre volvió una noche, borracho y derrotado. Se arrodilló ante mi madre y le suplicó perdón. Yo lo miré desde la escalera, incapaz de sentir compasión. Solo quería que desapareciera para siempre.

Un domingo por la mañana, mi abuela Carmen vino a visitarnos. Me encontró sola en la cocina, removiendo un café frío.

—¿Sabes cuál es la llama más difícil de apagar? —me preguntó sin preámbulos—. La del rencor. Porque te consume por dentro y te deja vacía.

—No puedo perdonarle —le confesé entre lágrimas—. Nos ha destrozado la vida.

Mi abuela me abrazó con fuerza. —El perdón no es para él, Lucía. Es para ti. Si no lo sueltas, esa llama te quemará el alma.

No entendí sus palabras hasta que mi padre enfermó gravemente unos meses después. El hospital olía a desinfectante y desesperanza. Mi madre y yo nos turnábamos para cuidarle. Una noche, mientras le cambiaba el gotero, él me miró con los ojos llenos de arrepentimiento.

—Lo siento, hija —susurró—. Sé que te fallé.

Por primera vez vi al hombre roto detrás del padre autoritario. Sentí compasión y rabia al mismo tiempo. Quise abrazarle y gritarle a la vez.

Mi padre murió esa primavera, sin que yo llegara a decirle que le perdonaba. Durante meses soñé con él, con sus errores y sus silencios. La llama del rencor seguía ardiendo dentro de mí, consumiéndome poco a poco.

Hoy, años después, entiendo lo que mi abuela intentaba enseñarme aquella noche de tormenta. El perdón no cambia el pasado, pero sí puede salvarte del fuego que amenaza con devorarte por dentro.

A veces me pregunto: ¿Cuántos de nosotros dejamos que el rencor nos consuma sin darnos cuenta? ¿Y tú? ¿Qué llama alimentas cada día?