“Llevo medio año con su marido”: Cómo una frase destrozó mi vida en un instante

—¿Eres Lucía? —me preguntó una voz temblorosa detrás de mí, justo cuando metía las naranjas en la bolsa de tela, en el mercado de la plaza Mayor de Salamanca.

Me giré, sorprendida. Una mujer de unos treinta años, el pelo recogido en una coleta desordenada y los ojos rojos de haber llorado, me miraba fijamente. No la conocía. Antes de que pudiera responder, soltó la frase que partiría mi vida en dos:

—Llevo medio año con tu marido.

El aire se me escapó del pecho. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies y que todo el bullicio del mercado se apagaba. Solo escuchaba el latido ensordecedor de mi corazón. No supe qué decir. Me limité a mirarla, esperando que dijera que era una broma cruel, una confusión. Pero no. Su mirada era sincera, rota.

—¿Por qué me dices esto? —logré balbucear.

—No puedo más —susurró—. Él me prometió que te lo diría. Que dejaría todo por mí. Pero no lo hace. Y yo… yo ya no puedo vivir así.

Me marché sin mirar atrás, dejando la bolsa en el suelo. Caminé por las calles empedradas como un fantasma, sin sentir el frío ni el peso de las miradas ajenas. Solo pensaba en una cosa: ¿cómo no me di cuenta? ¿Cómo pudo Enrique, mi marido desde hace diecisiete años, el padre de mis hijos, mentirme así?

Esa noche, cuando Enrique llegó a casa, le esperé en silencio en la cocina. El reloj marcaba las diez y media. Los niños ya dormían. Él entró, dejó las llaves en la mesa y me miró con esa sonrisa cansada de siempre.

—¿Todo bien, Lucía?

No respondí. Le observé mientras se servía un vaso de agua. Noté por primera vez lo ajeno que me resultaba su gesto, su forma de evitar mi mirada.

—¿Quién es Marta? —pregunté al fin, con voz firme.

El vaso tembló en su mano. Tardó unos segundos en responder.

—No sé de qué hablas.

—Hoy he hablado con ella. Me lo ha contado todo.

El silencio se hizo eterno. Enrique se sentó frente a mí y bajó la cabeza. No negó nada. No intentó inventar excusas ni culparme. Solo murmuró:

—Lo siento, Lucía. No quería hacerte daño.

Las lágrimas me ardían en los ojos, pero no iba a llorar delante de él. No esa noche.

Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre vino a casa a ayudarme con los niños porque yo apenas podía levantarme de la cama. Mi hermana Carmen me llamaba cada noche para asegurarse de que comía algo. Pero yo solo pensaba en una cosa: ¿quién soy yo sin Enrique? ¿Qué hago ahora?

La noticia corrió como la pólvora entre las vecinas del barrio. En el supermercado, sentía las miradas y los susurros a mi paso. Mi suegra me llamó para decirme que “los hombres son así” y que debía perdonarle por el bien de los niños. Pero yo no quería perdonar. Ni siquiera sabía si quería luchar por mi familia o huir lejos y empezar de nuevo.

Una tarde, mientras recogía los juguetes del salón, mi hijo pequeño, Pablo, se acercó y me abrazó fuerte.

—Mamá, ¿por qué estás triste?

No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle a un niño de seis años que su padre había destrozado nuestro hogar?

Esa noche, Enrique y yo hablamos por última vez como pareja. Él lloró, me pidió perdón mil veces y me juró que había sido un error, que quería arreglarlo todo. Pero yo ya no podía confiar en él.

—No sé si podré perdonarte —le dije—. No sé si quiero hacerlo.

Él asintió, derrotado.

Pasaron semanas antes de que pudiera mirar mi reflejo sin sentir vergüenza o rabia. Empecé a salir a caminar por el río Tormes al amanecer, sola, escuchando solo mis pensamientos y el rumor del agua. Poco a poco, fui recuperando fuerzas. Descubrí que aún quedaba algo de mí bajo los escombros del dolor: una mujer capaz de sobrevivir incluso a la traición más cruel.

Un día, Carmen vino a verme con una botella de vino y dos copas.

—Tienes derecho a ser feliz —me dijo—. No eres menos por lo que ha pasado. Eres más fuerte de lo que crees.

Lloré en sus brazos como no había llorado nunca antes. Y sentí, por primera vez en meses, que tal vez podría volver a sonreír algún día.

Ahora Enrique vive en un piso pequeño cerca del trabajo y viene a ver a los niños los fines de semana. Nuestra relación es cordial pero distante; ya no hay espacio para el rencor ni para el amor. Marta desapareció de nuestras vidas tan rápido como llegó.

A veces me pregunto si hice bien en no luchar más por nuestra familia o si debía haberle dado otra oportunidad por los niños. Pero también sé que merezco respeto y paz.

¿Es posible reconstruirse después de una traición así? ¿Qué haríais vosotros si os pasara algo parecido? Porque yo aún busco respuestas cada día.