«Mamá, este año no voy a casa por Navidad…» – Una historia de soledad, esperanza y desengaños familiares en Madrid

—Mamá, este año no voy a casa por Navidad…

La voz de Lucía, mi hija mayor, suena lejana, casi como si hablara desde otro mundo. Aprieto el teléfono con fuerza, intentando no dejar escapar el temblor de mi mano. Miro por la ventana: la tarde cae sobre Madrid y las luces navideñas empiezan a encenderse en la calle Fuencarral. Siento un nudo en la garganta, pero sonrío, porque sé que ella lo notaría al instante si mi voz se quiebra.

—No te preocupes, hija —respondo—. Lo importante es que estés bien.

Cuelgo y me quedo sentada en el sofá, rodeada de silencio. El reloj del pasillo marca las siete y media. Recuerdo cuando la casa estaba llena de risas, de carreras por el pasillo, de discusiones tontas por quién se comía el último polvorón. Ahora solo queda el eco de aquellos días.

Me llamo Carmen y tengo 68 años. Vivo sola desde hace ocho inviernos en un piso pequeño de Chamberí. Mi marido, Antonio, murió de un infarto una mañana de enero, cuando aún creíamos que la vida nos debía más tiempo juntos. Desde entonces, mis tres hijos han ido construyendo sus propias vidas: Lucía en Barcelona, Sergio en Valencia y Marta aquí mismo, en Madrid, aunque parece vivir en otro planeta.

La Navidad siempre fue sagrada en casa. Antonio traía el árbol del mercado de Maravillas y los niños lo decoraban mientras yo preparaba el caldo y los canelones. Ahora, cada diciembre me pregunto si tiene sentido seguir poniendo el Belén. Aun así, lo hago: coloco las figuritas con cuidado sobre la mesa del comedor, como si al hacerlo pudiera invocar el pasado.

Esta tarde he intentado llamar a Marta. No responde. Sé que está ocupada con su trabajo en el hospital y con sus dos hijos pequeños, pero no puedo evitar sentirme apartada. Hace meses que no viene a verme. La última vez que estuvo aquí discutimos porque le pregunté si podía venir más a menudo.

—Mamá, no me da la vida —me dijo—. No sabes lo difícil que es todo ahora.

Quizá tenga razón. Quizá no entiendo nada del mundo actual. Pero ¿acaso es tan difícil dedicar una hora a tu madre?

Sergio me manda mensajes de vez en cuando. Siempre cortos: “¿Qué tal todo?” “¿Necesitas algo?” Sé que me quiere, pero su vida está llena de prisas y compromisos. Hace años que no nos vemos en persona.

Esta noche preparo una tortilla francesa para cenar. Me siento frente al televisor y veo un especial navideño donde familias se abrazan y ríen alrededor de la mesa. Apago la tele. El silencio pesa más que nunca.

Me levanto y abro el armario donde guardo las fotos antiguas. Hay una de Lucía con cinco años, disfrazada de pastorcilla; otra de Sergio con la cara manchada de chocolate; Marta abrazando a su padre bajo el árbol. Las acaricio con los dedos y siento cómo se me humedecen los ojos.

El teléfono suena de nuevo. Es Lucía, otra vez.

—Mamá, ¿estás bien? —pregunta—. Te noto rara.

—Estoy bien, cariño —miento—. Solo un poco cansada.

—Ojalá pudiera estar contigo…

—No te preocupes —repito—. Ya soy mayorcita para estar sola.

Cuelgo y me quedo mirando la pared. ¿De verdad soy tan mayor? ¿Tan prescindible?

Al día siguiente bajo al mercado a comprar fruta. La frutera, Mercedes, me sonríe:

—¿Y los hijos? ¿Vienen este año?

Niego con la cabeza y ella me mira con compasión.

—No se preocupe, Carmen. Los jóvenes ahora están muy liados…

Sonrío por fuera, pero por dentro siento rabia y tristeza mezcladas. ¿Es eso lo que nos queda a las madres? ¿Esperar llamadas que no llegan y justificar ausencias?

Por la tarde llamo a Marta otra vez. Esta vez responde:

—Mamá, estoy muy liada —dice sin dejarme hablar—. Te llamo luego.

Pero no llama.

Esa noche decido escribirles una carta a los tres. Les hablo del frío que hace en casa, del árbol que he puesto sola, de cómo echo de menos las cenas juntos. No busco darles pena; solo quiero que sepan cómo me siento. Pero al terminarla, no tengo valor para enviarla.

El día de Nochebuena llega y la ciudad está vacía; muchos han salido ya hacia sus pueblos o casas familiares. Yo paseo por la Plaza Mayor entre turistas y parejas jóvenes que se hacen fotos junto al abeto gigante. Me siento invisible.

Al volver a casa encuentro un sobre bajo la puerta: es una postal de Sergio con una foto de la playa de la Malvarrosa y un “Te quiero mucho, mamá”. Me emociono, pero también siento una punzada amarga: ¿eso es todo lo que queda?

Por la noche ceno sola: sopa caliente y un trozo de turrón duro del año pasado. Brindo conmigo misma frente al espejo:

—Por ti, Carmen —digo en voz baja—. Porque sigues aquí.

Me acuesto temprano y sueño con una casa llena de voces y risas infantiles.

A veces me pregunto si hice algo mal, si fui demasiado exigente o demasiado blanda; si podría haber hecho algo para que mis hijos no se alejaran tanto. O quizá es simplemente así como funciona la vida ahora: cada uno a lo suyo, cada uno con sus prisas y sus miedos.

¿Es esto lo que nos espera a las madres cuando los hijos crecen? ¿Acaso merecemos tanta soledad después de haberlo dado todo? ¿O tal vez deberíamos aprender a querernos un poco más a nosotras mismas?

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez ese vacío en Navidad? ¿Qué haríais en mi lugar?