“Mamá, este año tampoco voy a casa…” – Una Navidad en soledad
—Mamá, este año tampoco voy a casa…—. La voz de Sergio, mi hijo mayor, suena lejana, casi avergonzada, al otro lado del teléfono. Me quedo en silencio unos segundos, tragando saliva, intentando que no se note el temblor en mi voz.
—No te preocupes, hijo. Ya sabes que aquí siempre tienes tu sitio—. Miento. Porque sí me preocupa. Porque cada año que pasa, la mesa se hace más grande y el silencio más espeso.
Cuelgo el teléfono y me quedo mirando la ventana. Madrid está gris, como mi ánimo. El reloj de la cocina marca las seis y media de la tarde, pero parece medianoche. Me abrazo a mí misma, recordando aquellos años en los que la casa rebosaba risas, carreras por el pasillo y discusiones tontas por quién se comía el último polvorón.
Ahora sólo queda el eco de sus voces y el olor a sopa que preparo para uno solo. Me llamo Lucía, tengo sesenta y ocho años y hace ya más de una década que vivo sola en este piso de Lavapiés. Mi marido, Antonio, se fue hace años con otra mujer —una historia tan vieja como el mundo— y yo me quedé con nuestros tres hijos: Sergio, Marta y Álvaro. Los crié sola, trabajando de limpiadora en un colegio público, ahorrando peseta a peseta para que pudieran estudiar y tener una vida mejor.
Y lo consiguieron. Sergio es ingeniero en Barcelona; Marta, abogada en Valencia; Álvaro trabaja en una empresa de informática aquí mismo, en Madrid, pero apenas le veo. Tienen sus vidas, sus parejas, sus problemas… y yo me he convertido en una llamada rápida los domingos por la tarde o en un mensaje de WhatsApp con un “¿qué tal estás?” que nunca espera respuesta larga.
El teléfono vuelve a sonar. Es Marta.
—Mamá… este año no puedo ir. Tengo mucho trabajo y además Pablo tiene guardia en el hospital. Pero te prometo que en enero vamos a verte, ¿vale?—
—Claro, hija. No te preocupes—. Otra mentira piadosa. ¿Cómo no voy a preocuparme? ¿Cómo no voy a sentirme invisible?
Recuerdo cuando Marta era pequeña y se metía en mi cama las noches de tormenta. “Mamá, ¿me abrazas?” Ahora daría lo que fuera por un abrazo suyo.
Me levanto y empiezo a poner la mesa para uno. El mantel bordado por mi madre, los platos de loza que sólo saco en Navidad… Todo para mí sola. Me siento ridícula y triste. Enciendo la radio para no escuchar el silencio.
De repente, llaman al timbre. Mi corazón da un vuelco. ¿Será Álvaro? ¿Habrá cambiado de idea? Corro a abrir la puerta, pero sólo es la vecina del quinto, doña Carmen, que viene a pedirme azúcar.
—¿Está usted bien, Lucía? La veo muy apagada últimamente— me dice con voz suave.
—Sí, mujer… cosas mías— respondo forzando una sonrisa.
Carmen me mira con compasión y me invita a cenar con ella y su familia la Nochebuena. Agradezco el gesto pero rechazo la invitación. No quiero ser una carga ni una presencia incómoda entre desconocidos.
Cuando cierro la puerta, las lágrimas empiezan a caer sin remedio. Me siento tan sola que duele físicamente. Sola entre millones de personas. Sola en Navidad.
Me acuerdo de mi madre, de cómo ella también se quedó sola cuando yo me fui a Madrid a buscar trabajo con Antonio. ¿La habré hecho sentir así alguna vez? ¿Es esto el destino de todas las madres?
Al día siguiente intento llamar a Álvaro.
—Mamá, estoy liadísimo con un proyecto nuevo… Ya sabes cómo es esto. Pero te llamo luego, ¿vale?—
No me llama. Paso el día mirando fotos antiguas: los tres niños disfrazados de pastores en el colegio; Antonio y yo bailando un pasodoble en las fiestas del barrio; Marta soplando las velas de su comunión…
La televisión anuncia cenas familiares perfectas, reencuentros emotivos y regalos envueltos en papel brillante. Yo sólo tengo mi sopa caliente y un trozo de turrón blando comprado en el supermercado.
La noche del 24 llega sin magia ni milagros. Me siento frente al televisor con una copa de anís y brindo por los ausentes. Por mí misma también.
De pronto suena el móvil: un mensaje de Sergio. “Feliz Navidad, mamá. Te queremos mucho.”
Respondo con un “Os echo de menos” que nadie contesta.
Me asomo al balcón y veo las luces encendidas en las casas vecinas, las familias reunidas alrededor de la mesa. Siento una punzada de envidia y rabia. ¿Por qué nos alejamos tanto los unos de los otros? ¿Por qué es tan difícil decir “te necesito”?
Cierro los ojos y pienso en todas las madres solas como yo, esperando una llamada que no llega, una visita que se pospone año tras año.
¿Es esto lo que nos espera después de haberlo dado todo? ¿De verdad debemos resignarnos a esta soledad?
Quizá mañana vuelva a intentarlo. Quizá algún día mis hijos entiendan lo que significa estar sola cuando tu corazón aún late por ellos.
¿Y vosotros? ¿Alguna vez habéis sentido este vacío? ¿Creéis que debemos conformarnos o luchar por recuperar a nuestra familia?