Mamá, no te conozco: La historia de Bárbara, la madre invisible
—¿Mamá? ¿Eres tú? —La voz de Daniel sonó lejana, casi como si hablara con una desconocida. Me giré en el banco del parque del Retiro, donde las hojas caídas crujían bajo los pies de los paseantes. Él estaba ahí, a menos de dos metros, pero sus ojos no me reconocieron. Sentí un nudo en la garganta, uno de esos que te impiden respirar y te obligan a mirar hacia otro lado para que nadie vea cómo se te rompen los ojos.
Durante años fui su todo. Su enfermera cuando tenía fiebre, su profesora improvisada cuando no entendía los deberes, su cómplice en las noches de Reyes cuando la magia parecía real. Recuerdo las tardes de invierno en nuestro piso de Vallecas, cuando el viento golpeaba las ventanas y yo le preparaba chocolate caliente mientras él me contaba sus sueños de ser arquitecto. «Mamá, algún día te construiré una casa enorme», me decía con esa sonrisa que ahora parece tan lejana.
Pero la vida no es un cuento. Su padre, Luis, se marchó cuando Daniel tenía ocho años. «No puedo más, Bárbara. Esto no es vida», me dijo una noche mientras hacía la maleta. Yo me quedé sola, con un niño asustado y una hipoteca que no sabía cómo iba a pagar. Trabajé en la panadería de la esquina, luego limpiando casas en Salamanca, y por las noches cosía para las vecinas del bloque. Todo por él. Todo para que no le faltara nada.
—¿Por qué nunca tienes tiempo para mí? —me gritó Daniel una tarde, ya adolescente, cuando llegué tarde a su función del instituto. Yo llevaba las manos llenas de harina y el corazón lleno de culpa.
—Cariño, lo siento… El jefe me hizo quedarme más tiempo —intenté explicarle, pero él ya había cerrado la puerta de su cuarto.
Los años pasaron y Daniel creció. Se fue a estudiar a Barcelona con una beca. Al principio me llamaba cada semana, luego cada mes. Después, solo en Navidad. Yo guardaba cada mensaje como si fuera un tesoro: «Mamá, todo bien. No te preocupes». Pero yo sí me preocupaba. Me preocupaba tanto que a veces me despertaba en mitad de la noche pensando si habría comido, si tendría frío, si alguien le habría roto el corazón.
Hace dos años conoció a Lucía. Una chica lista, de familia bien, que nunca entendió por qué su novio prefería pasar las fiestas en Madrid conmigo en vez de irse a esquiar con sus padres a Baqueira. «Daniel, tu madre ya es mayor, seguro que entiende que quieras hacer tu vida», le escuché decirle una vez por teléfono.
El año pasado no vino por Navidad. «Mamá, Lucía y yo vamos a pasar las fiestas con sus padres este año. Ya sabes cómo es esto…» Lo supe entonces: había dejado de ser su prioridad.
Hoy lo vi en el parque por casualidad. Caminaba deprisa, hablando por el móvil y riendo. Me acerqué con timidez.
—Daniel…
Él me miró con extrañeza.
—¿Perdón? —dijo sin dejar de mirar la pantalla.
—Soy yo… mamá.
Me observó durante unos segundos eternos y luego sonrió con cortesía, como si saludara a una vecina del barrio.
—Ah… perdón, creí que eras otra persona —y siguió andando.
Me quedé sentada en el banco, rodeada de familias que reían y niños que jugaban al fútbol. Sentí que el mundo seguía girando sin mí. Recordé todas las noches sin dormir, los sacrificios silenciosos, los cumpleaños celebrados con una tarta comprada a última hora porque no tenía tiempo para más.
Mi hermana Carmen siempre me decía: «Bárbara, tienes que pensar más en ti misma. Los hijos crecen y se van». Pero yo nunca supe cómo hacerlo. Mi vida era Daniel. Ahora que él ya no me necesita, ¿quién soy yo?
Por las noches hablo sola en la cocina mientras caliento sopa para uno. A veces imagino que Daniel entra por la puerta y me cuenta cómo le ha ido el día. Otras veces lloro en silencio para que los vecinos no escuchen.
La soledad pesa más cuando has dado todo por alguien y ese alguien ya no te ve. ¿Dónde queda el amor de una madre cuando los hijos deciden olvidar? ¿De verdad no basta con quererlos hasta dejarse la piel?
Quizá algún día Daniel recuerde quién soy. O quizá solo quede este banco del Retiro como testigo mudo de mi historia.
¿De verdad el amor incondicional merece ser invisible? ¿Cuántas madres hay sentadas en bancos como este esperando ser vistas por sus propios hijos?