¿Me llevarás contigo? – Una historia de madre, hija y fronteras imposibles

—¿Me llevarás contigo, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, tan frágil y a la vez tan cargada de reproche que sentí cómo se me encogía el pecho. Era la tercera vez esa semana que me lo preguntaba, pero esta vez no podía evitarlo: tenía que responder.

Me quedé allí, con las llaves en la mano y la puerta del piso de mi infancia entreabierta. El olor a café recalentado y a colonia Nenuco me transportó de golpe a los días en que todo era más sencillo, cuando mi madre era el centro de mi mundo y yo no tenía que elegir entre ella y nadie más. Pero ahora, con 43 años, casada con Fernando y madre de dos hijos adolescentes, la vida se había vuelto una madeja imposible de desenredar.

—Mamá, sabes que no es tan fácil… —empecé, pero ella me interrumpió con ese gesto suyo de levantar la mano, como si pudiera detener el tiempo o mis palabras.

—No me digas que no hay sitio. Sé que hay sitio. Lo que no hay es ganas —dijo, mirándome con esos ojos grises que siempre han sabido leerme el alma.

Sentí la culpa arderme en la garganta. No era cuestión de espacio. Era Fernando, era la tensión que llenaba el aire cada vez que mi madre venía a casa. Era esa guerra silenciosa de miradas y comentarios velados que me obligaba a caminar sobre cristales rotos.

Mi madre siempre fue una mujer fuerte, de esas que sacan adelante una familia con cuatro duros y un par de ovarios. Cuando mi padre nos dejó por otra mujer —yo tenía apenas diez años—, ella se tragó las lágrimas y se puso a limpiar casas para que yo pudiera estudiar. Nunca le oí quejarse, nunca pidió nada para sí misma. Por eso ahora, verla tan pequeña en su bata azul, con las manos temblorosas y los ojos húmedos, me partía el alma.

—No quiero ser una carga —susurró—. Pero tampoco quiero morirme sola aquí.

Me acerqué y le cogí la mano. Estaba fría, huesuda. Recordé cuando me llevaba al Retiro los domingos y me compraba un polo de limón aunque no llegara a fin de mes. ¿Cómo decirle que no podía llevármela? ¿Cómo explicarle que Fernando nunca lo aceptaría?

Fernando siempre ha sido un hombre correcto, trabajador, pero con una visión muy clara de lo que es su hogar: un refugio sin interferencias externas. Cuando le insinué la posibilidad de traer a mi madre a vivir con nosotros tras su caída —la cadera ya no le responde como antes—, su respuesta fue tajante:

—Lucía, bastante tenemos ya con los niños y mis turnos en el hospital. No podemos hacernos cargo también de tu madre. Además, sabes cómo es…

Sabía perfectamente a qué se refería. Mi madre nunca ha tenido pelos en la lengua. Si algo no le gusta, lo dice. Y Fernando odia los conflictos. La última vez que vino a pasar unos días tras una gripe fuerte, acabaron discutiendo por el fútbol, por la política y hasta por cómo freír los huevos. Yo acabé llorando en el baño mientras mis hijos ponían música para tapar los gritos.

Pero ahora era distinto. Mi madre ya no podía valerse sola. La vecina del tercero me había llamado dos veces porque la había visto tambalearse en el portal. El asistente social decía que había plazas en una residencia pública, pero mi madre se negaba en redondo.

—No soy un mueble viejo para aparcarme en un rincón —me dijo una tarde mientras doblaba su ropa con manos temblorosas—. Si no puedes llevarme contigo, dímelo claro.

Esa noche no dormí. Me debatía entre el deber y el miedo: miedo a perder a Fernando, miedo a romper mi familia, miedo a convertirme en una extraña en mi propia casa. Pero también miedo a fallarle a la mujer que me lo dio todo.

Al día siguiente, fui a verla con la intención de hablar claro. Pero cuando abrí la puerta, la encontré sentada frente al televisor apagado, mirando al vacío.

—Mamá…

—No hace falta que digas nada —me interrumpió—. Ya lo he entendido.

Me senté a su lado y durante unos minutos solo se oyó el tic-tac del reloj de pared.

—No quiero perderte —dije al fin.

—Ya me has perdido —susurró ella—. Pero no te culpo. Así es la vida: los hijos crecen y las madres nos quedamos solas.

Sentí un nudo en la garganta tan grande que apenas podía respirar. Quise abrazarla pero ella se apartó suavemente.

—Vete —me dijo—. Tienes tu vida. Yo ya tuve la mía.

Salí del piso con las lágrimas corriéndome por las mejillas. En el portal me crucé con Carmen, la vecina del segundo.

—¿Todo bien? —preguntó con esa mezcla de curiosidad y compasión tan española.

Asentí sin poder hablar. Caminé hasta el coche sintiéndome más sola que nunca.

Esa noche discutí con Fernando hasta la madrugada.

—No entiendes lo que significa para mí —le grité—. ¡Es mi madre!

—¿Y yo qué soy? ¿Un mueble? —respondió él—. ¿Y tus hijos? ¿Qué ejemplo les das si conviertes nuestra casa en un campo de batalla?

Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin fuerzas.

Pasaron los días y mi madre dejó de llamarme. Me limité a enviarle mensajes cortos: «¿Cómo estás?», «¿Necesitas algo?». Ella respondía con monosílabos o ni eso.

Un viernes por la tarde recibí una llamada del hospital: mi madre había sufrido una caída grave. Corrí como una loca por las calles de Madrid hasta llegar a urgencias. Allí estaba ella, pálida y diminuta en una cama demasiado grande.

—Lo siento… —susurré entre sollozos—. Perdóname, mamá…

Ella me miró con ternura y me acarició el pelo como cuando era niña.

—No tienes nada que perdonar —dijo—. Solo prométeme que serás feliz.

Ahora escribo esto desde su piso vacío, rodeada de fotos antiguas y recuerdos que duelen como cuchillos. Me pregunto si hice lo correcto o si fui una cobarde incapaz de luchar por las dos personas que más quería.

¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad hacia quienes nos dieron la vida? ¿Es posible ser buena hija sin dejar de ser buena esposa y madre? ¿Vosotros qué habríais hecho?