Me negué a cuidar de mi nieta: ahora mi familia me ha dado la espalda

—¿De verdad me lo estás pidiendo, Lucía? —Mi voz tembló, aunque intenté mantenerme firme. Mi hija me miraba con los ojos enrojecidos, la pequeña Alba dormida en sus brazos, ajena al huracán que se desataba en nuestro salón.

—Mamá, no tengo a nadie más. Sabes que Sergio está en paro y yo no puedo permitirme perder este trabajo —suplicó Lucía, apretando a su hija contra el pecho.

Sentí un nudo en la garganta. La casa olía a café recién hecho y a ese perfume barato que Lucía usaba desde que las cosas iban mal. Miré el reloj: las siete de la mañana. Mi marido, Antonio, aún dormía. Yo tenía cita en el hospital para hacerme unas pruebas; llevaba semanas arrastrando un cansancio que no era solo físico.

—No puedo, hija. Hoy no —dije al fin, bajando la mirada.

El silencio fue tan denso que casi podía tocarlo. Lucía se levantó despacio, dejó a Alba en el carrito y se acercó a mí.

—Siempre has estado ahí para todos. ¿Por qué ahora no? —me susurró, con una mezcla de rabia y tristeza.

No supe qué responderle. ¿Cómo explicarle que ya no podía más? Que mis huesos crujían cada vez que subía las escaleras, que el miedo a lo que pudieran decir los médicos me tenía despierta cada noche. Que cuidar de una niña de dos años era demasiado para mí ahora.

Lucía se fue dando un portazo. El eco resonó por todo el piso, como si la casa misma se quejara. Me quedé sentada en la cocina, mirando la taza de café que ya no quería beber.

A mediodía, mi hijo Marcos me llamó. Su tono era seco, casi hostil.

—¿Qué ha pasado con Lucía? Está hecha polvo. Dice que te has negado a ayudarla —me soltó sin preámbulos.

—Marcos, yo…

—Mamá, siempre has dicho que la familia es lo primero. ¿Ahora qué? ¿Te da igual lo que le pase a tu nieta?

Sentí cómo la culpa me arañaba por dentro. Intenté explicarle lo del hospital, lo cansada que estaba, pero él no quiso escucharme.

—No esperaba esto de ti —dijo antes de colgar.

Las horas siguientes fueron un desfile de mensajes y llamadas: mi cuñada Carmen, mi hermana Pilar, hasta mi suegra —que nunca se había metido en nada— me reprocharon mi decisión. «Rosario, tú siempre has sido la madre coraje. ¿Qué te pasa ahora?», «No entiendo cómo puedes dejar sola a Lucía en este momento», «Alba es tu nieta, por Dios».

Me sentí juzgada, traicionada por los míos. ¿Acaso nadie veía lo que yo sentía? ¿Nadie entendía que también necesitaba que alguien cuidara de mí?

Esa noche, Antonio llegó tarde del bar donde juega al dominó con sus amigos. Me encontró llorando en la cocina.

—¿Qué te pasa ahora? —preguntó sin mucha paciencia.

—Nada —mentí.

Pero él ya sabía algo. Se sentó frente a mí y suspiró.

—Rosario, siempre has llevado tú el peso de todo. Quizá ya es hora de pensar un poco en ti —dijo con voz cansada.

Le miré sorprendida. Antonio nunca había sido dado a las palabras dulces ni al consuelo fácil. Pero esa noche sentí que era el único que me entendía.

Los días pasaron y el silencio de Lucía se hizo insoportable. No venía a casa, no llamaba. Alba cumplió tres años y yo no fui invitada a la fiesta. Vi las fotos en Facebook: mi nuera Sonia abrazando a Alba, mis hermanos riendo junto a Lucía y Sergio. Yo no existía en esas imágenes.

En el mercado, las vecinas cuchicheaban cuando pasaba. «Dicen que Rosario ha dejado tirada a su hija», oí una vez mientras elegía tomates. Sentí vergüenza y rabia a partes iguales.

Una tarde, Pilar vino a verme. Traía una tarta de manzana y una mirada severa.

—¿De verdad era tan grave lo tuyo como para dejar sola a Lucía? —me preguntó sin rodeos.

—Pilar, estoy agotada. No soy la de antes. Me duele todo y tengo miedo —le confesé por fin, rompiendo a llorar.

Ella me abrazó en silencio. Por primera vez sentí un poco de alivio.

Pero el resto de la familia seguía igual. Sonia dejó de saludarme por la calle; Marcos apenas contestaba mis mensajes; Lucía seguía sin aparecer.

El médico confirmó mis sospechas: anemia severa y principio de artrosis. Nada grave si me cuidaba y descansaba más. Pero ¿cómo descansar cuando tu propia familia te da la espalda?

Una noche, mientras veía las luces de la ciudad desde mi ventana, Antonio se acercó y me cogió la mano.

—¿Te arrepientes? —me preguntó en voz baja.

No supe qué decirle. Por un lado, sentía que había hecho lo correcto al priorizar mi salud; por otro, el dolor de haber perdido a los míos era insoportable.

A veces pienso en Alba y en lo rápido que crecen los niños. Me pregunto si algún día entenderá por qué su abuela no estuvo allí cuando más la necesitaban.

¿Es egoísmo cuidar de una misma cuando todos esperan que sigas siendo fuerte? ¿O es simplemente humano? ¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar?