Me negué a cuidar de mi nieta: ahora toda mi familia me da la espalda
—¿Por qué no puedes hacerlo, mamá? —La voz de mi hijo Álvaro retumbó en el salón, tan cargada de reproche que sentí un nudo en el estómago.
Me quedé mirando la taza de café entre mis manos, incapaz de sostenerle la mirada. Mi nuera, Marta, estaba sentada a su lado, con los ojos enrojecidos y la mandíbula apretada. Lucía, mi nieta de seis años, jugaba ajena a todo en el pasillo, canturreando una canción de Rozalén.
—No puedo, Álvaro. No esta vez —susurré, sintiendo que la voz me temblaba.
—¡Siempre has estado ahí! ¿Por qué ahora no? —insistió él, golpeando la mesa con la palma abierta.
La verdad era sencilla y cruel: estaba agotada. Desde que mi marido falleció hace dos años, me había volcado en ayudar a mis hijos. Había recogido a Lucía del colegio, preparado cenas, hecho la compra… Pero últimamente, el cansancio y una tristeza sorda me pesaban como una losa. Nadie parecía darse cuenta de que yo también necesitaba un respiro.
Todo empezó hace una semana. Mi hija menor, Laura, se quedó sin trabajo. Su pareja la dejó y tuvo que volver a casa con su hijo pequeño. Yo ya tenía a Lucía en casa porque Marta había empezado a trabajar en turno de tarde. De repente, me vi con dos niños pequeños, una hija deprimida y una casa que parecía encoger cada día más.
Una tarde, mientras intentaba calmar el llanto del bebé y ayudar a Lucía con los deberes, sentí que el corazón me latía tan rápido que tuve miedo de desmayarme. Me encerré en el baño y lloré en silencio. «No puedo más», me repetí una y otra vez.
Esa noche llamé a Álvaro y le dije que no podía seguir cuidando de Lucía todos los días. Que necesitaba descansar, que Laura también necesitaba ayuda y que yo ya no era la mujer fuerte de antes. Él no lo entendió. Nadie lo entendió.
Al día siguiente, Marta vino a casa. Me miró con una mezcla de decepción y rabia.
—Siempre has dicho que la familia es lo primero —me reprochó—. ¿Ahora qué ha cambiado?
—He cambiado yo —le respondí—. Estoy cansada, Marta. No puedo con todo.
Ella negó con la cabeza y se fue sin despedirse.
En cuestión de días, la noticia se extendió como la pólvora por toda la familia. Mi hermana Pilar me llamó para decirme que estaba siendo egoísta. Mis cuñados dejaron de invitarme a las comidas familiares. Incluso mi vecina Mercedes me miraba con lástima cuando coincidíamos en el portal.
Laura intentó defenderme:
—Mamá no es una máquina —dijo una noche mientras cenábamos las dos solas—. Pero parece que nadie lo entiende.
Yo asentí en silencio. Me sentía invisible, como si todo lo que había hecho durante años no valiera nada frente a un solo «no».
Una tarde lluviosa, Lucía vino a verme con Álvaro. Se quedó parada en el umbral, con su mochila rosa colgando del hombro.
—¿Ya no quieres jugar conmigo, abuela? —me preguntó con voz bajita.
Me arrodillé frente a ella y la abracé fuerte.
—Claro que quiero, cariño. Pero la abuela está un poco cansada últimamente. ¿Me perdonas?
Ella asintió y me besó en la mejilla. Pero vi en los ojos de Álvaro que para él no era suficiente.
Esa noche apenas dormí. Recordé todas las veces que había sacrificado mis propios deseos por los demás: cuando dejé mi trabajo para cuidar de mis padres enfermos; cuando renuncié a viajar porque mis hijos eran pequeños; cuando pasé noches enteras en vela por fiebre o pesadillas ajenas. ¿Acaso no tenía derecho ahora a pensar un poco en mí?
Los días pasaron y el silencio se instaló entre nosotros como una niebla espesa. Laura encontró un trabajo temporal y poco a poco fue recuperando la sonrisa. Yo empecé a salir a caminar por el Retiro, a leer novelas que tenía olvidadas en la estantería y hasta me apunté a clases de pintura en el centro cultural del barrio.
Pero el vacío seguía ahí. Las comidas familiares eran tensas; las miradas, frías; los mensajes de WhatsApp, escasos y cortantes.
Una tarde de domingo, mientras pintaba un bodegón torpe pero colorido, recibí un mensaje de Marta: «Lucía te echa de menos». Sentí un pinchazo en el pecho.
¿Había sido egoísta? ¿O simplemente humana?
A veces me pregunto si las mujeres de mi generación estamos condenadas a ser eternas cuidadoras, aunque nuestro cuerpo y nuestra mente pidan auxilio. ¿Dónde está el límite entre el amor propio y el sacrificio por los demás?
¿Vosotros qué haríais? ¿Es justo que una sola decisión pese más que toda una vida entregada?