Mensajes desconocidos en el móvil de mi marido: Entre la duda y el renacer del amor

—¿Quién es Lucía? —pregunté con la voz temblorosa, sosteniendo el móvil de Francisco entre mis manos sudorosas. Él, sentado en el sofá del salón, levantó la vista del periódico y me miró como si no entendiera la gravedad de mi pregunta. El reloj marcaba las once y media de la noche, y el silencio de nuestra casa en Salamanca se volvió insoportable.

No era la primera vez que sentía esa punzada de inseguridad, pero nunca había tenido una prueba tan clara: mensajes cariñosos, palabras ambiguas, corazones. Mi mente se llenó de imágenes que no quería imaginar. ¿A mis sesenta años, después de toda una vida juntos, iba a perderlo por otra mujer?

Francisco guardó silencio unos segundos eternos. —Es solo una compañera del club de ajedrez —dijo finalmente, pero su voz sonaba más débil de lo habitual.

No pude evitarlo: las lágrimas brotaron sin control. Me senté frente a él, con el móvil aún en la mano. —¿Por qué me ocultas cosas? ¿Por qué esos mensajes? ¿Qué he hecho mal yo?

Él intentó acercarse, pero me aparté. Sentí que el suelo bajo mis pies se desmoronaba. Recordé nuestras bodas de plata, los veranos en Asturias con los niños, las noches en vela cuidando a mi madre enferma. ¿Todo eso iba a quedar reducido a un puñado de mensajes?

Esa noche dormimos en habitaciones separadas. Apenas pude pegar ojo. En mi cabeza resonaban las palabras de mi hija Marta: «Mamá, no te olvides de ti misma». Pero ¿cómo no hacerlo cuando tu vida entera gira en torno a una persona?

Al día siguiente, Francisco intentó hablar conmigo antes de irse al mercado. —Carmen, por favor, no saques conclusiones precipitadas. No es lo que piensas.

—¿Y qué es entonces? —le respondí con voz cortante.

—Lucía es una mujer mayor, viuda. Solo hablamos de ajedrez y de la soledad… Nada más.

No le creí. Durante días, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Marta vino a casa y notó el ambiente cargado. Me abrazó fuerte en la cocina y me susurró: —Mamá, habla con él. No te encierres.

Pero yo no podía. El orgullo y el miedo me tenían atrapada. Me sentía ridícula por sospechar, pero también traicionada por no saber toda la verdad.

Una tarde, mientras preparaba lentejas, Francisco entró en la cocina con los ojos rojos. —No puedo más, Carmen. No quiero perderte por un malentendido.

Me senté frente a él y le pedí que me contara todo desde el principio. Me habló de su soledad desde que los niños se fueron de casa, de cómo el club de ajedrez era su refugio y Lucía solo una amiga que le escuchaba cuando él necesitaba hablar.

—Te juro que nunca ha pasado nada más —me dijo, con lágrimas en los ojos.

Por primera vez en semanas, sentí que podía respirar. Le creí, pero aún así el dolor seguía ahí. Decidimos ir juntos a ver a Lucía al club. Ella nos recibió con una sonrisa cálida y una mirada sincera. Hablamos largo rato los tres; Lucía me contó sobre su marido fallecido y cómo Francisco le recordaba a su hermano mayor.

Al salir del club, Francisco me tomó la mano como hacía años que no lo hacía. Caminamos en silencio hasta casa. Esa noche hablamos durante horas: de nuestros miedos, de lo que nos faltaba, de lo que aún podíamos construir juntos.

No fue fácil perdonar ni volver a confiar. Hubo días en los que dudé si había hecho bien en quedarme. Pero poco a poco, redescubrimos el placer de compartir un café por la mañana o ver juntos una película antigua.

Hoy sé que el amor no es solo pasión o costumbre; es también elegir cada día quedarse y luchar por lo que uno cree que merece la pena.

A veces me pregunto: ¿cuántas parejas callan sus miedos por miedo al qué dirán? ¿Cuántos matrimonios se rompen por no atreverse a hablar desde el dolor? Yo elegí quedarme y luchar… ¿Y tú? ¿Perdonarías o te marcharías?