Mentiras en la familia: El embarazo inventado de mi cuñada

—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? —le pregunté, intentando que mi voz no temblara de rabia mientras cerraba la puerta del salón con fuerza.

Lucía se encogió de hombros, con esa mirada de cordero asustado que últimamente usaba para todo. Mi hermano, Sergio, ni siquiera levantó la vista del móvil. Desde que Lucía anunció su embarazo, la casa parecía girar en torno a ella: sus antojos, sus náuseas, sus siestas eternas en el sofá. Y yo, Carmen, la tonta que había abierto las puertas de mi piso en Vallecas para ayudarles cuando se quedaron sin trabajo y sin dinero.

Pero esa noche, mientras recogía los platos sucios que Lucía había dejado en la mesa —otra vez—, sentí cómo la rabia me subía por el pecho. No era solo el cansancio de trabajar doble turno en el hospital y volver a una casa patas arriba. Era esa sensación pegajosa de que algo no encajaba. Lucía no tenía barriga, ni siquiera un leve cambio en su cuerpo. Y cada vez que le preguntaba por las revisiones médicas, cambiaba de tema o decía que prefería ir sola.

Una tarde, mientras doblaba ropa en mi habitación, escuché a Lucía hablando por teléfono en la cocina. Su voz era baja, casi un susurro:

—No puedo buscar trabajo ahora, mamá. Carmen cree que estoy embarazada y así nos deja quedarnos…

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. ¿Era posible? ¿Podía mi propia cuñada estar mintiendo sobre algo tan serio? Me quedé paralizada unos segundos. Luego, el enfado me dio fuerzas para salir al pasillo.

—¿Con quién hablabas? —pregunté, mirándola fijamente.

Lucía se sobresaltó y colgó de inmediato.

—Con mi madre —respondió, bajando la mirada—. Me preguntaba cómo estaba…

La tensión se podía cortar con un cuchillo. Decidí no decir nada más en ese momento, pero esa noche apenas dormí. Daba vueltas en la cama pensando en Sergio, en cómo le afectaría descubrir la verdad. Él siempre había sido el hermano pequeño al que yo protegía desde niños, cuando nuestros padres murieron y nos crió nuestra abuela en un piso diminuto de Carabanchel.

Al día siguiente, mientras Lucía dormía la siesta —otra vez—, busqué entre sus cosas. Me sentí sucia, pero necesitaba pruebas antes de enfrentarla. No encontré ni una sola ecografía, ni papeles médicos, ni vitaminas prenatales. Solo un paquete vacío de cigarrillos escondido en el fondo del cajón.

Esa noche, reuní el valor para hablar con Sergio.

—Sergio, ¿has ido alguna vez con Lucía al médico? ¿Has visto alguna ecografía?

Él me miró confundido.

—No… Dice que prefiere ir sola. Ya sabes cómo es…

—¿Y no te parece raro? —insistí—. No tiene barriga, sigue fumando a escondidas…

Sergio se quedó callado mucho rato. Luego se levantó y salió al balcón sin decir palabra.

Durante días, la tensión fue insoportable. Lucía evitaba mirarme a los ojos y Sergio apenas hablaba. Hasta que una tarde, al volver del trabajo, encontré a Lucía llorando en el salón y a Sergio con el rostro desencajado.

—Carmen… —dijo él—. Lucía tiene algo que decirte.

Lucía sollozaba sin parar. Finalmente confesó:

—No estoy embarazada… Lo inventé porque tenía miedo de que nos echaras a la calle… No encontraba trabajo y no sabía qué hacer…

Sentí una mezcla de alivio y rabia tan intensa que tuve que sentarme. Quise gritarle todo lo que había callado durante meses: el abuso de confianza, las mentiras, el desgaste emocional. Pero solo pude llorar.

Esa noche hablamos los tres durante horas. Les dije que no podía seguir así, que necesitaba recuperar mi espacio y mi paz mental. Les di un mes para buscar otra solución. Sergio intentó convencerme de que les diera otra oportunidad, pero fui firme.

Las semanas siguientes fueron un infierno: silencios incómodos, reproches velados, miradas llenas de resentimiento. Pero también sentí una extraña liberación. Por primera vez en mucho tiempo puse mis límites por delante del miedo a decepcionar a los demás.

Cuando finalmente se marcharon del piso, lloré como una niña pequeña. Pero también sentí orgullo por haberme defendido.

Ahora miro atrás y me pregunto: ¿Hasta dónde somos capaces de llegar por miedo o necesidad? ¿Cuántas veces permitimos que nos pisoteen por no querer ser «malos» con los nuestros? ¿Dónde está el límite entre ayudar y dejarse utilizar?

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Perdonaríais una mentira así solo por ser familia?