Mi cuñada esperaba que le regalara mi piso: el día que mi familia me rompió el corazón

—¿De verdad crees que es justo, Lucía? —La voz de mi madre temblaba al otro lado del teléfono, entrecortada por el llanto—. Tu hermano lo necesita más que tú.

Me quedé helada, con el móvil pegado a la oreja y el corazón latiendo tan fuerte que apenas podía escucharla. Era martes por la tarde, acababa de salir del trabajo y me había sentado en un banco de la Plaza Mayor para respirar un poco antes de volver a casa. No esperaba esa llamada. No esperaba que mi madre, la mujer que me enseñó a luchar por lo mío, me pidiera que renunciara a mi piso, el único lugar que realmente sentía como mío en este mundo.

Todo empezó hace unos meses, cuando mi hermano Álvaro y su mujer, Marta, se enteraron de que yo había terminado de pagar la hipoteca de mi pequeño piso en Vallecas. No es gran cosa, pero es mi refugio, el fruto de años de sacrificios, de noches sin dormir, de trabajos de mierda y de renuncias. Marta, mi cuñada, nunca me cayó especialmente bien, pero siempre intenté mantener la cordialidad por Álvaro. Él y yo éramos inseparables de pequeños, pero desde que se casó, algo cambió. Ella siempre tenía una queja, una indirecta, una mirada de superioridad. Y ahora, de repente, parecía que mi piso era la solución a todos sus problemas.

—Mamá, ¿me estás pidiendo que les regale mi casa? —pregunté, intentando mantener la calma, aunque sentía que me ardía la cara.

—No es regalar, hija, es ayudar a tu hermano. Sabes que están esperando un bebé y el alquiler se les va de las manos. Tú eres soltera, no tienes hijos…

La frase me atravesó como un cuchillo. Como si mi vida valiera menos por no tener pareja ni hijos. Como si mis logros fueran menos importantes. Me mordí el labio para no gritarle.

—¿Y qué pasa conmigo, mamá? ¿No tengo derecho a tener mi propio espacio? ¿A vivir tranquila después de todo lo que he pasado?

—No digas tonterías, Lucía. Eres fuerte, siempre lo has sido. Álvaro no lo está pasando bien. Marta está muy nerviosa con el embarazo y…

—¡Marta siempre está nerviosa! —exploté, sin poder evitarlo—. Y siempre consigue lo que quiere. ¿Ahora también mi casa?

Colgué antes de que pudiera responder. Me temblaban las manos. Sentí una mezcla de rabia, tristeza y una soledad tan profunda que me dieron ganas de llorar ahí mismo, delante de todos. Pero no lo hice. Me levanté y caminé sin rumbo, intentando ordenar mis pensamientos.

Esa noche apenas dormí. Recordé todas las veces que Marta había hecho comentarios sobre mi vida: “Lucía, deberías buscarte un novio”, “Lucía, ¿no te da miedo envejecer sola?”, “Lucía, qué suerte tienes de no tener responsabilidades”. Siempre con esa sonrisa falsa, como si le diera pena. Y ahora, de repente, mi independencia era una excusa para quitarme lo único que tenía.

Al día siguiente, Álvaro me llamó. Su voz sonaba tensa, como si estuviera a punto de estallar.

—¿Por qué le has hablado así a mamá? —me soltó sin saludar.

—¿Por qué me estáis pidiendo algo tan injusto? —le respondí, conteniendo las lágrimas—. ¿De verdad crees que es normal que me pidáis mi casa?

—No te lo estamos pidiendo, Lucía. Solo pensamos que sería lo mejor para todos. Marta y yo podríamos empezar de cero, criar a nuestro hijo en un sitio estable. Tú puedes buscar algo más pequeño, total, apenas estás en casa…

—¡Es mi casa! —grité, perdiendo el control—. ¡Mi casa! ¿Por qué tengo que renunciar a ella para que vosotros estéis cómodos?

Hubo un silencio incómodo. Escuché a Marta de fondo, diciendo algo en voz baja. Álvaro suspiró.

—Siempre has sido egoísta, Lucía. Por eso estás sola.

Me quedé muda. No sabía qué decir. Colgué y me encerré en el baño a llorar. No podía creer que mi propio hermano me dijera eso. ¿Egoísta? ¿Por defender lo poco que tengo?

Los días siguientes fueron un infierno. Mi madre me mandaba mensajes todos los días, suplicando, llorando, diciéndome que pensara en la familia. Mi padre, que siempre había sido más neutral, me llamó una noche y me dijo en voz baja:

—Hija, haz lo que creas correcto. Pero recuerda que la familia es lo único que tenemos.

¿Y yo? ¿No soy familia? ¿No cuentan mis sentimientos, mis necesidades?

Empecé a evitar las llamadas, a no contestar los mensajes. Me sentía culpable, pero también furiosa. ¿Por qué siempre tenía que ceder yo? ¿Por qué mi felicidad era menos importante que la de los demás?

Un domingo, mi madre apareció en mi casa sin avisar. Llevaba los ojos hinchados de tanto llorar. Se sentó en mi sofá y me miró como si yo fuera una extraña.

—Lucía, por favor. Hazlo por tu hermano. Por mí. No puedo soportar ver a la familia así.

—Mamá, ¿y tú puedes soportar verme a mí destrozada? —le pregunté, con la voz rota—. ¿Puedes soportar que me quede sin mi casa, sin mi refugio, solo para que Álvaro y Marta estén bien?

Se quedó callada. Por primera vez, vi en sus ojos una duda, una grieta en esa certeza que siempre había tenido de que los sacrificios de una hija mayor eran obligatorios.

—No sé qué hacer, Lucía. Solo quiero que estemos bien.

—Eso ya no depende de mí, mamá. Yo no voy a regalar mi casa. No puedo. No quiero. Si eso significa que me vais a dar la espalda, tendré que aceptarlo.

Se fue sin decir nada más. Desde entonces, la relación con mi familia es fría, distante. Álvaro no me habla. Marta me ha bloqueado en todas las redes sociales. Mi madre me llama de vez en cuando, pero ya no me pide nada. Solo llora.

A veces me pregunto si hice lo correcto. Si debería haber cedido, aunque fuera injusto. Pero luego me acuerdo de todas las veces que me he sentido invisible, de todos los sacrificios que he hecho por los demás. Y pienso que, por una vez, tenía derecho a pensar en mí.

¿De verdad es egoísmo defender lo que es tuyo? ¿O simplemente es aprender a poner límites, aunque duela? ¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar?