Mi esposo, el fantasma de nuestra casa: Entre el trabajo y su mamá, ¿dónde quedo yo?

—¿Vas a volver tarde otra vez, Julián? —pregunté, mi voz temblando entre el estruendo de la tormenta que golpeaba los cristales del salón.

Él ni siquiera levantó la vista del móvil. El brillo azul iluminaba su rostro cansado, ajeno a mi presencia. —Tengo que pasar por casa de mi madre. Está sola desde que papá murió, lo sabes —respondió, casi en un susurro, como si temiera que la lluvia escuchara más que yo.

Me quedé allí, de pie, con el pequeño Mateo dormido en mis brazos. El reloj marcaba las once y media. Otra noche más en la que la cuna sería mi único testigo y el silencio mi único compañero. Sentí cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en mi pecho, como las nubes negras que cubrían Madrid esa noche.

No siempre fue así. Cuando Julián y yo nos conocimos en la universidad, era atento, divertido, el primero en proponer escapadas a la sierra o tardes de cine. Pero desde que nació Mateo y su padre falleció, Julián se fue desvaneciendo poco a poco, como un fantasma que solo deja huellas en el polvo del pasillo.

La casa de su madre, Carmen, se convirtió en su refugio. Cada tarde, después del trabajo en la gestoría familiar, pasaba horas allí: arreglando enchufes, cenando con ella, escuchando sus historias una y otra vez. Yo quedaba relegada a un segundo plano, invisible entre los biberones y los pañales.

Una tarde de domingo, mientras preparaba una tortilla de patatas para cenar, Carmen llamó al fijo. —Julián, ¿puedes venir? Se me ha atascado el grifo del baño —escuché desde la cocina. Él se levantó sin mirarme siquiera.

—¿Y la cena? —pregunté, intentando sonar tranquila.

—Vuelvo en media hora —dijo él, ya con las llaves en la mano.

Mateo lloró esa noche más de lo habitual. Yo también.

Los días se sucedían iguales: trabajo, casa de su madre, excusas. Mi familia en Salamanca me llamaba preocupada. —¿Estás bien, Lucía? —insistía mi hermana Ana—. Te noto apagada.

Mentía. Decía que sí, que todo iba bien. Pero la verdad era otra: me sentía sola, invisible, atrapada entre las paredes de un piso pequeño donde el eco de mis palabras rebotaba sin encontrar respuesta.

Una tarde lluviosa de marzo, después de dejar a Mateo en la guardería y antes de entrar al trabajo en la biblioteca municipal, me senté en un banco del parque del Retiro. Miré las gotas resbalando por las hojas y pensé: ¿Cuándo dejé de existir para Julián? ¿En qué momento me convertí solo en «la madre de Mateo»?

Esa noche decidí hablar con él. Esperé a que llegara; eran casi las doce. Entró mojado, con el abrigo empapado y ojeras profundas.

—Tenemos que hablar —le dije sin rodeos.

Se sentó frente a mí, incómodo.

—No puedo más con esto, Julián. Siento que no existo para ti. Siempre estás con tu madre o trabajando. Mateo y yo somos como muebles en tu vida.

Él suspiró y bajó la mirada.

—No es tan fácil, Lucía. Mi madre está sola…

—¿Y yo? ¿No estoy sola también? —mi voz se quebró—. ¿No merezco tu tiempo? ¿No somos tu familia?

El silencio fue tan denso como la tormenta afuera. Por primera vez vi a Julián dudar, como si mis palabras le hubieran atravesado una coraza invisible.

—No sé cómo hacerlo —admitió al fin—. Siento que si no estoy con ella… le fallo a mi padre.

Me levanté y caminé hacia la ventana. Las luces de Madrid parpadeaban entre la lluvia. Pensé en todas las veces que había callado por miedo a parecer egoísta; en todas las noches en vela con Mateo enfermo; en los cumpleaños celebrados sola.

—Yo también existo, Julián —dije al fin—. Y si no lo ves tú… tendré que buscarme yo misma.

Esa noche dormí en el sofá. Al día siguiente llevé a Mateo a casa de Ana y me fui a trabajar con los ojos hinchados pero el corazón un poco más ligero.

Durante semanas apenas hablamos más allá de lo imprescindible. Carmen llamaba cada día; Julián iba y venía como siempre. Pero algo había cambiado: yo había dejado de esperarle.

Empecé a quedar con amigas del trabajo; retomé mis clases de pintura los sábados por la mañana; llevé a Mateo al parque sin mirar el reloj esperando que Julián apareciera. Poco a poco recuperé trozos de mí misma que creía perdidos.

Un viernes por la tarde, mientras pintaba un cuadro de amapolas para la habitación de Mateo, Julián entró al salón y me miró largo rato.

—¿Te apetece cenar fuera esta noche? —preguntó tímido—. He pedido a mi madre que no me llame los viernes… Quiero estar contigo y con Mateo.

Le miré sorprendida. No sabía si creerle o si era solo un gesto pasajero. Pero acepté.

Esa noche hablamos como hacía años no lo hacíamos: sobre nosotros, sobre miedos y sueños olvidados. No resolvimos todo; Carmen seguía siendo una sombra entre nosotros y el trabajo ocupaba demasiado espacio. Pero por primera vez sentí que mi voz tenía eco.

Hoy escribo esto mientras Mateo duerme y Julián lee un cuento a su lado. No sé qué pasará mañana; no sé si volverá a perderse entre el trabajo y su madre. Pero sí sé algo: ya no soy invisible.

¿Hasta cuándo debemos callar las mujeres por miedo a romper una familia? ¿Cuántas Lucías hay ahora mismo esperando ser vistas?