Mi hermano me cobra alquiler en la casa de nuestros padres: ¿la familia tiene precio?
—¿De verdad me vas a cobrar alquiler, Luis? —mi voz temblaba, una mezcla de incredulidad y rabia, mientras sostenía las llaves de la casa que fue de nuestros padres.
Luis no levantó la vista del móvil. —No es nada personal, Marta. Las cosas han cambiado. Ahora la casa es mía y tengo mis propios gastos.
Sentí un nudo en el estómago. Aquella casa en el barrio del Oeste de Salamanca había sido nuestro refugio, el lugar donde aprendimos a montar en bici en la plaza, donde mamá nos preparaba lentejas cada miércoles y papá nos leía cuentos antes de dormir. Ahora, tras su muerte, ese refugio se convertía en un campo de batalla.
Recuerdo perfectamente el día del notario. Yo esperaba que, como siempre, Luis y yo nos apoyaríamos. Pero cuando abrieron el testamento y escuché que la casa quedaba a nombre de mi hermano mayor, sentí una punzada de celos y miedo. Él era el responsable, decían todos. Yo solo tenía mi trabajo precario como profesora interina y un alquiler imposible en el centro.
—Marta, entiéndelo —insistió Luis—. Si quieres quedarte aquí, tendrás que pagar como cualquier inquilina. No puedo hacer excepciones.
—¿Ni siquiera a tu hermana? —pregunté con la voz rota.
Él suspiró. —No es tan fácil. Tengo que pagar la hipoteca del piso nuevo con Ana y los niños. Además, tú tienes trabajo.
Me sentí invisible. ¿Trabajo? Sí, pero cada mes era una lotería saber si renovaban mi contrato. Y ahora, encima, tenía que pagar alquiler por vivir en la casa donde crecí.
Esa noche no dormí. Caminé por el pasillo oscuro, tocando las paredes llenas de fotos familiares: Luis con su uniforme del colegio Maristas, yo disfrazada de princesa en Carnaval, los dos abrazados en la playa de San Juan. ¿Cómo habíamos llegado hasta aquí?
Al día siguiente llamé a mi amiga Clara. —No puedo creerlo —le conté entre lágrimas—. Mi propio hermano me trata como a una extraña.
—Marta, los temas de herencias siempre sacan lo peor de las familias —me dijo—. Pero tienes que pensar en ti. ¿Puedes permitirte ese alquiler?
No podía. Pero tampoco podía soportar la idea de irme y dejarle la casa vacía a Luis para que la alquilara a desconocidos.
Las semanas siguientes fueron un infierno. Cada vez que veía a Luis con su mujer Ana y sus hijos en el parque, sentía una mezcla de rabia y tristeza. Ana intentó mediar:
—Marta, entiende a Luis. Estamos agobiados con la hipoteca y los niños…
—¿Y yo? ¿Nadie piensa en mí? —respondí sin poder contenerme.
Mi familia empezó a dividirse: mis tíos decían que era lógico que Luis quisiera asegurar el futuro de sus hijos; mi prima Lucía me apoyaba y decía que era una injusticia.
Una tarde, mientras recogía mis cosas del trastero, encontré una caja con cartas antiguas de mamá. En una de ellas me escribió: “Lo más importante es que os cuidéis siempre el uno al otro”. Sentí un dolor agudo en el pecho. ¿Eso era cuidarnos?
Decidí hablar con Luis una última vez. Nos sentamos en la cocina, donde aún olía a café y galletas María.
—Luis, ¿de verdad crees que esto es lo que mamá y papá hubieran querido?
Él bajó la mirada por primera vez.
—No lo sé, Marta. Solo sé que tengo miedo. Miedo de no llegar a fin de mes, miedo de fallarles a Ana y a los niños…
Por primera vez vi a mi hermano vulnerable. Pero también supe que no podía quedarme allí pagando un precio tan alto por un techo y perdiendo a mi familia por el camino.
Esa noche empaqué mis cosas y busqué un piso compartido con Clara. El día que me fui, dejé una nota en la mesa del salón:
“Luis: ojalá algún día podamos volver a ser hermanos antes que caseros e inquilinos”.
Ahora paso por delante de esa casa cada vez que voy al trabajo y siento una mezcla de nostalgia y rabia. Me pregunto si algún día podré perdonar a Luis… o si él podrá perdonarse a sí mismo.
¿De verdad el dinero puede romper algo tan profundo como los lazos familiares? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?