Mi madre me traicionó y lo dejó todo a mi hermano: La herida que nunca cierra
—¿Por qué, mamá? ¿Por qué a él y no a mí?—. La pregunta retumba en mi cabeza mientras sostengo la carta con la letra temblorosa de mi madre. Estoy sentada en el salón de nuestro piso en Chamberí, rodeada de cajas medio vacías, papeles viejos y el eco de una infancia que ahora parece lejana e irreal. Mi hermano, Álvaro, no está. Nunca está cuando más lo necesito.
Recuerdo el día del entierro como si fuera una película en blanco y negro. Llovía, claro, como si Madrid supiera que algo se había roto para siempre. Mi tía Carmen me abrazaba fuerte, mientras los vecinos murmuraban a nuestro alrededor. Álvaro apenas me miró. Desde que mamá enfermó, él se distanció, se encerró en su mundo de abogados y trajes caros, mientras yo me quedé cuidando de ella, renunciando a mi trabajo en la librería y a mis planes de irme a vivir con Lucía.
—No te preocupes, Inés —me decía mamá entre susurros—. Todo saldrá bien cuando yo no esté.
Pero no salió bien. El notario leyó el testamento y mi mundo se vino abajo: todo, absolutamente todo —el piso, los ahorros, incluso las joyas de la abuela— era para Álvaro. A mí solo me dejó una carta y una foto antigua de las tres en la playa de Benidorm. Sentí rabia, vergüenza y un dolor tan profundo que apenas podía respirar.
—Esto tiene que ser un error —le dije a Álvaro después, en la cocina—. Mamá no haría algo así.
Él bajó la mirada, incómodo.
—No es mi culpa, Inés. Yo tampoco lo entiendo —respondió, pero su voz sonaba hueca, como si ya hubiera ensayado esa frase mil veces.
Durante semanas, busqué respuestas en cada rincón del piso. Encontré cartas antiguas entre mamá y papá, facturas olvidadas, hasta un diario donde ella escribía sobre sus miedos y sus dudas. Pero nada que explicara por qué me había dejado fuera de su vida al final.
La familia empezó a hablar. Mi prima Laura me llamó para decirme que seguramente mamá pensaba que yo era más fuerte y que Álvaro necesitaba más ayuda. Mi abuela insinuó que quizá mamá nunca superó aquel aborto espontáneo antes de que yo naciera y que eso la marcó para siempre. Pero nada de eso me consolaba.
Las discusiones con Álvaro se volvieron cada vez más tensas.
—¿De verdad vas a quedarte con todo? ¿No ves que esto no es justo? —le grité una tarde después de otra visita al notario.
—No es tan fácil, Inés. Hay cosas que tú no sabes —me contestó él, evitando mi mirada.
—¿Qué cosas? ¡Dímelo de una vez!
Pero nunca decía nada. Solo silencio y evasivas.
Mientras tanto, los amigos desaparecían poco a poco. Algunos no sabían qué decir; otros simplemente no querían verse envueltos en el drama familiar. Lucía intentaba animarme:
—Tienes derecho a estar enfadada, pero no puedes dejar que esto te destruya —me decía mientras paseábamos por el Retiro.
Pero yo sentía que ya no era yo misma. Me obsesioné con entender el porqué. Empecé a recordar detalles: cómo mamá siempre defendía a Álvaro cuando suspendía un examen, cómo le compraba regalos caros por su cumpleaños mientras a mí me daba libros de segunda mano. ¿Siempre fui la hija invisible?
Un día encontré una carta sin abrir dirigida a mí entre los papeles del despacho de mamá. La abrí con manos temblorosas:
«Querida Inés,
Sé que esto te dolerá y ojalá pudiera explicártelo todo en persona. No es cuestión de amor; te quiero más de lo que imaginas. Pero hay secretos en esta familia que nunca pude contarte. Protejo a tu hermano porque cometí errores graves cuando era joven y él ha pagado un precio muy alto por ellos. No quiero cargar tu vida con ese peso. Perdóname si puedes. Mamá.»
Leí la carta una y otra vez, buscando sentido entre líneas borrosas por las lágrimas. ¿Qué secretos? ¿Qué errores? ¿Qué precio había pagado Álvaro?
Esa noche llamé a mi hermano y le pedí vernos en el bar donde solíamos ir de pequeños con papá.
—Álvaro, necesito saber la verdad —le dije sin rodeos.
Él suspiró largo rato antes de hablar:
—Mamá… tuvo una relación antes de casarse con papá. Yo no soy hijo de papá —confesó con voz rota—. Siempre lo supe, pero nunca quise aceptarlo. Mamá vivió toda su vida con miedo a que se supiera y pensó que dándome todo podría compensar algo… No sé qué esperaba conseguir.
Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies. Todo tenía sentido y nada lo tenía al mismo tiempo.
—¿Y ahora qué? —pregunté casi en un susurro.
Álvaro me miró con lágrimas en los ojos:
—No quiero perderte también a ti.
Nos abrazamos como cuando éramos niños, pero algo se había roto para siempre.
Hoy sigo viviendo en el mismo piso, aunque ya no es un hogar sino un recordatorio constante de lo perdido. A veces pienso en perdonar a mamá y a Álvaro; otras veces siento que nunca podré hacerlo del todo.
¿De verdad el amor familiar puede sobrevivir al peso de los secretos y la traición? ¿O hay heridas que nunca cierran?