Mi madre no quiere cuidar de mis hijos: entre el trabajo y la soledad
—No, Carmen. Ya te lo he dicho mil veces. Yo ya crié a mis hijos, ahora me toca vivir tranquila —la voz de mi madre retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de la entrada.
Me quedé parada, con la mochila del colegio de Lucía colgando de un dedo y el móvil vibrando en el bolsillo. Era la tercera vez esa semana que le pedía que se quedara con los niños solo unas horas, mientras yo iba a limpiar casas en el barrio de Salamanca. Pero mi madre, Pilar, siempre encontraba una excusa: la tensión, la espalda, el cansancio. Y yo, tragando saliva, sentía cómo la rabia y la tristeza me subían por el pecho.
—Mamá, solo son tres horas. No te pido más —intenté suplicar, pero ella ya había cerrado la puerta de su piso.
Bajé las escaleras con los ojos llenos de lágrimas. Mi marido, Antonio, murió hace un año en un accidente de tráfico. El pequeño, Diego, apenas tenía seis meses. Desde entonces, todo ha sido cuesta arriba. Mi hermano Luis me ayudó los primeros meses, pero tiene dos hijos y su mujer no ve con buenos ojos que siempre esté pendiente de «la viuda». Así me llaman a veces en voz baja, como si fuera una enfermedad contagiosa.
En casa, Lucía y Marcos peleaban por el mando de la tele. Diego lloraba en su cuna. Yo tenía que preparar la cena y repasar los uniformes para el día siguiente. El reloj marcaba las ocho y media y aún no había terminado de limpiar el baño. Me senté en el suelo de la cocina y lloré en silencio, para que no me oyeran.
A veces pienso que mi madre tiene razón. Ella ya hizo su parte. Pero ¿qué hago yo? ¿Dejo a mis hijos solos? ¿Renuncio al trabajo? La asistenta social me dice que tengo suerte por tener un piso propio, pero con la pensión de viudedad y las ayudas no llego ni a mitad de mes. El alquiler sube cada año y la compra está por las nubes.
Una tarde, mientras recogía a los niños del colegio, Lucía me miró con esos ojos grandes y serios que heredó de su padre.
—Mamá, ¿por qué la abuela no quiere venir nunca?
No supe qué decirle. No quería hablar mal de mi madre delante de ellos, pero tampoco podía mentirles más.
—La abuela está cansada, cariño. Tiene sus cosas —murmuré.
—Pero tú también estás cansada —insistió Marcos.
Me quedé callada. Tenían razón. Yo también estaba cansada. Cansada de pedir favores, de sentirme una carga, de mirar el móvil esperando un mensaje que nunca llegaba: «Hoy sí puedo quedarme con los niños».
Una noche, después de acostar a los tres, llamé a mi hermano Luis.
—Luis, no puedo más. Mamá no quiere ayudarme y yo… yo no sé si voy a aguantar mucho tiempo así.
Él suspiró al otro lado del teléfono.
—Carmen, ya sabes cómo es mamá desde que papá murió. Se ha vuelto egoísta. Pero tampoco podemos obligarla. ¿Has pensado en buscar una canguro?
Me reí sin ganas.
—¿Con qué dinero? Si apenas llego para pagar la luz.
—Lo sé… Lo siento —dijo él antes de despedirse rápidamente.
Al día siguiente, fui a trabajar con ojeras y el alma hecha trizas. Limpiaba los cristales del salón de una señora mayor cuando escuché cómo hablaba por teléfono con su hija:
—Claro que sí, cariño. Tráeme a los niños cuando quieras. Ya sabes que me hace ilusión verlos.
Sentí una punzada en el pecho. ¿Por qué mi madre no podía ser así? ¿Qué había hecho yo para merecer esta soledad?
Esa noche soñé con Antonio. Me abrazaba fuerte y me decía al oído: «Tú puedes con esto, Carmen». Me desperté llorando y con ganas de gritarle al mundo lo injusta que era mi vida.
Pasaron los meses y aprendí a sobrevivir como pude. A veces dejaba a los niños con una vecina mayor que me cobraba poco y les daba galletas María mientras veían dibujos animados. Otras veces los llevaba conmigo a limpiar casas vacías los sábados por la mañana. Lucía ayudaba a cuidar de Diego y Marcos aprendió a prepararse el desayuno solo.
Un día recibí una carta del colegio: necesitaban voluntarios para organizar la fiesta de fin de curso. Me apunté sin pensarlo mucho; necesitaba sentirme útil en algo más que limpiar suelos ajenos.
Allí conocí a Marta, otra madre sola como yo. Nos hicimos amigas enseguida. Compartíamos historias parecidas: maridos ausentes o fallecidos, madres distantes, trabajos precarios. Nos reíamos juntas de nuestras desgracias porque era mejor reír que llorar.
Una tarde, después del ensayo del festival, Marta me invitó a tomar un café en su casa.
—¿Sabes lo que más me duele? —me confesó— Que mi madre vive a dos calles y ni siquiera viene a ver a sus nietos.
Sentí un alivio extraño al escucharla. No era la única hija abandonada por su madre en tiempos difíciles.
—¿Crees que algún día entenderán lo mucho que las necesitamos? —le pregunté.
Marta se encogió de hombros.
—Quizá cuando nosotras seamos abuelas —dijo con una sonrisa triste.
Esa noche volví a casa pensando en todo lo que había perdido y en todo lo que aún tenía: mis hijos sanos, un techo bajo el que dormir y una amiga nueva con quien compartir las penas.
A veces paso por delante del piso de mi madre y me quedo mirando su ventana iluminada. Me pregunto si alguna vez se arrepentirá de no haber estado cuando más la necesitaba. Pero luego pienso en mis hijos y en todo lo que hago por ellos cada día.
¿De verdad es tan difícil ayudar a quien te necesita? ¿O es que hay heridas familiares que nunca llegan a cerrarse del todo?