Mi madre se niega a ayudarme: el precio de la soledad
—Mamá, por favor, solo te pido que vengas a recoger a los niños esta tarde. Tengo que quedarme hasta tarde en el trabajo, no puedo perder este empleo —le supliqué al teléfono, con la voz temblorosa y el corazón encogido.
Del otro lado, el silencio. Luego, la voz fría de mi madre, Carmen: —Ya te lo he dicho, Lucía. Yo ya crié a mis hijos. Ahora es tu responsabilidad. No puedo estar siempre pendiente de tus problemas.
Colgué el teléfono y sentí cómo las lágrimas me ardían en los ojos. Mi marido, Antonio, había muerto hacía apenas seis meses en un accidente de tráfico en la A-6, volviendo del trabajo. Desde entonces, mi vida era una sucesión de días grises y noches en vela. Tenía tres hijos: Marcos, de ocho años; Paula, de cinco; y el pequeño Álvaro, que apenas había cumplido dos. Y una madre que se negaba a ayudarme.
En Madrid, la vida no espera a nadie. El alquiler del piso en Vallecas subía cada año y mi sueldo como administrativa en una gestoría apenas alcanzaba para cubrir los gastos. Las tardes eran un caos: salir corriendo del trabajo, recoger a los niños del colegio y la guardería, preparar la cena, ayudar con los deberes… Todo sin una mano amiga.
A veces pensaba en cómo había sido mi infancia. Mi madre siempre fue estricta, poco dada a los abrazos o las palabras dulces. Pero nunca imaginé que sería tan dura conmigo ahora que más la necesitaba. Mis amigas me decían: “Lucía, tu madre está en su derecho, ya ha hecho bastante”. Pero yo no podía evitar sentirme traicionada.
Una tarde de noviembre, mientras recogía a los niños bajo una lluvia fina y fría, Marcos me preguntó:
—¿Por qué la abuela nunca viene a vernos?
Me quedé callada. ¿Cómo explicarle a un niño que su abuela prefiere irse de viaje con sus amigas del club de lectura antes que pasar una tarde con sus nietos? ¿Cómo decirle que yo también me sentía abandonada?
Las discusiones con mi madre se hicieron cada vez más frecuentes. Una noche, después de acostar a los niños, fui a su casa decidida a hablar cara a cara.
—Mamá, necesito que entiendas que no puedo sola —le dije, sentada en su salón impecable, rodeada de fotos antiguas donde todos sonreíamos.
Ella suspiró y me miró con cansancio:
—Lucía, tú siempre has sido fuerte. No quiero que dependas de mí. Además, tengo mi vida hecha. No puedo renunciar a mis cosas por ti.
—¿Y tus nietos? ¿No significan nada para ti?
—Claro que sí. Pero no voy a ser una esclava otra vez. Ya pasé por eso con tu padre enfermo y contigo y tu hermano pequeños. Ahora me toca vivir.
Salí de su casa con el alma rota. Caminé por las calles oscuras de Chamberí sintiendo que el mundo era demasiado grande y yo demasiado pequeña.
Las semanas pasaron y aprendí a sobrevivir como pude. Pedí favores a vecinas, pagué horas extras en la guardería cuando podía permitírmelo y recorté gastos hasta el extremo. Los niños notaban mi cansancio; Marcos empezó a tener pesadillas y Paula se volvió más callada.
Un día recibí una llamada del colegio: Marcos había tenido una crisis de ansiedad. Fui corriendo y lo encontré temblando en un rincón del patio.
—Mamá, tengo miedo de que te pase algo —me dijo entre sollozos.
Lo abracé fuerte y sentí una rabia inmensa hacia mi madre, hacia el destino, hacia mí misma por no poder darles más.
En Navidad intenté reunirnos todos en casa. Preparé una cena sencilla y llamé a mi madre para invitarla.
—No voy a ir —me dijo seca—. No quiero dramas ni reproches.
Colgué sin decir nada más. Aquella noche brindé sola con mis hijos mientras afuera sonaban los petardos y las risas de los vecinos.
El tiempo fue curando algunas heridas pero abriendo otras nuevas. Aprendí a pedir ayuda sin vergüenza: a las madres del colegio, a los padres separados del barrio, incluso al portero del edificio. Descubrí que la solidaridad puede venir de donde menos lo esperas.
A veces veo a mi madre paseando por el Retiro con sus amigas y siento una mezcla de tristeza y rabia. ¿Por qué algunas madres pueden ser tan frías? ¿Por qué la familia no siempre es ese refugio que nos prometieron?
Hoy mis hijos han crecido un poco más fuertes y yo también. Pero sigo preguntándome si algún día mi madre entenderá lo mucho que la necesité. ¿Es egoísmo querer vivir su vida o es simplemente miedo a volver al pasado?
¿Vosotros qué pensáis? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad de una madre? ¿Es justo pedir ayuda o debemos aprender a sobrevivir solos?