No eres mi hijo: La noche en que mi mundo se rompió
—¡No es mi hijo, Lucía! ¡No me tomes por tonto! —gritó Graciano, con los ojos inyectados en rabia y las manos temblando sobre la mesa del salón. Samuel, nuestro pequeño de cinco años, se aferraba a mi pierna sin entender nada, mientras yo sentía cómo el suelo se abría bajo mis pies.
Aquel jueves de noviembre, la lluvia golpeaba los cristales del piso en Vallecas como si quisiera borrar los gritos que llenaban la casa. Mi suegra, Carmen, miraba desde el pasillo con los labios apretados y una mezcla de lástima y desprecio en la mirada. Yo solo podía pensar en proteger a Samuel, en no dejar que su mundo se desmoronara como el mío.
—Graciano, por favor, no digas eso delante del niño —suplicaba yo, con la voz rota—. ¿De dónde sacas semejante barbaridad?
Él me lanzó un sobre arrugado. Dentro había un papel: una prueba de paternidad que él había hecho a escondidas. «No compatible», ponía en letras frías. Sentí que me arrancaban el corazón.
—¿Cómo has podido hacerme esto? —susurré, más para mí que para él.
—¿Cómo has podido tú? —me escupió—. ¡Lárgate de mi casa! ¡Y llévate a ese niño!
Me temblaban las piernas. Cogí a Samuel en brazos y salí bajo la lluvia, sin paraguas ni destino. Caminé hasta el portal de mi hermana, Marta, que vivía a tres calles. Me abrió con cara de susto y me abrazó fuerte, sin hacer preguntas al principio. Pero esa noche no dormí. Me pasé horas mirando a Samuel dormir, preguntándome cómo podía alguien dudar de que era hijo de Graciano. Tenía sus mismos ojos oscuros, su misma manera de fruncir el ceño cuando algo no le gustaba.
Al día siguiente, mi móvil no paraba de sonar. Mi madre lloraba al otro lado del teléfono: «¿Qué ha pasado, hija? ¿Qué dice Graciano? ¿Es verdad lo que cuenta Carmen por el barrio?». Yo solo podía negar con la cabeza y repetir: «Samuel es su hijo. Lo juro por todo lo que amo».
Pero las dudas se extendían como una mancha de aceite. En el colegio, las otras madres me miraban de reojo; en la panadería, la dependienta bajaba la voz cuando entraba yo. Hasta Marta empezó a preguntarme cosas incómodas:
—Lucía… ¿Estás segura? ¿Nunca pasó nada con…?
—¡Nunca! —le grité—. ¿También tú dudas de mí?
Me sentí sola como nunca antes. Graciano no respondía a mis mensajes. Carmen me bloqueó en WhatsApp. Solo Samuel seguía mirándome con esa confianza ciega que tienen los niños cuando creen que sus madres pueden arreglarlo todo.
Decidí luchar. Fui al centro de salud y pedí repetir la prueba de paternidad, esta vez con testigos y bajo supervisión médica. El médico, don Julián, me miró con compasión:
—Estas cosas pasan más de lo que imaginas —me dijo—. Pero hay errores en los laboratorios. Tranquila.
Esperar los resultados fue una tortura. Cada día era una batalla contra el miedo y la vergüenza. Marta intentaba animarme:
—Si Graciano no confía en ti, no te merece.
Pero yo solo quería recuperar mi vida, limpiar mi nombre y devolverle a Samuel su hogar.
Dos semanas después llegó el sobre definitivo. Lo abrí temblando, delante de Marta y mi madre. «Compatibilidad total: Graciano Jiménez es el padre biológico de Samuel Jiménez García».
Lloré de alivio y rabia al mismo tiempo. Llamé a Graciano y le envié la foto del informe. No contestó ese día ni el siguiente. Al tercer día apareció en casa de Marta con la cara desencajada y ojeras profundas.
—Lucía… —balbuceó—. No sé qué decirte. Me volví loco… Mi madre me metió ideas en la cabeza… Lo siento…
Le miré largo rato antes de contestar:
—¿Y ahora qué? ¿Cómo vuelvo a confiar en ti? ¿Cómo le explico a Samuel todo esto?
Graciano se arrodilló ante mí y ante nuestro hijo:
—Perdóname, hijo… Perdóname, Lucía… Fui un cobarde.
Samuel le abrazó sin entender del todo lo que pasaba. Yo sentí un nudo en la garganta: quería gritarle todo el daño que nos había hecho, pero también quería creer que podíamos empezar de nuevo.
Volvimos a casa poco a poco, pero nada fue igual. Carmen nunca pidió perdón; el barrio siguió murmurando durante meses; yo aprendí a mirar con desconfianza incluso a quienes más quería.
A veces me pregunto si alguna vez podré olvidar aquella noche bajo la lluvia, con mi hijo en brazos y el corazón hecho trizas. ¿Cuánto daño puede hacer una mentira? ¿Y cómo se cura una herida así?
¿Vosotros habéis vivido algo parecido? ¿Perdonaríais una traición así?