No puedo querer a mi hija: El boomerang de mi vida en Madrid
—¡No me hables así, Lucía! —grité, con la voz rota, mientras el portazo de su habitación retumbaba por todo el piso. Era viernes por la noche y la casa olía a tortilla de patatas quemada. Mi hijo, Álvaro, estaba sentado en la mesa, con los ojos clavados en el móvil, fingiendo que no escuchaba nada. Yo temblaba de rabia y de impotencia. ¿En qué momento se rompió todo entre mi hija y yo?
Recuerdo cuando Lucía nació. Era una niña preciosa, con los ojos grandes y el pelo negro como el carbón. Pero desde pequeña fue distinta a Álvaro. Él era obediente, estudioso, siempre dispuesto a ayudarme en casa. Lucía, en cambio, era rebelde, contestona, y parecía disfrutar llevándome la contraria. Mi marido, Fernando, solía decirme: “Victoria, tienes que tener más paciencia con ella”. Pero yo sentía que Lucía era una espina clavada en mi corazón.
—Mamá, ¿por qué siempre le gritas a Lucía? —me preguntó Álvaro una tarde mientras fregábamos los platos.
—Porque no entiende nada —le respondí, casi sin mirarle—. No es como tú.
Él bajó la cabeza y no dijo nada más. Pero esa pregunta me persiguió durante años.
La adolescencia de Lucía fue un campo de batalla. Empezó a salir con amigos que no me gustaban, a llegar tarde, a suspender asignaturas. Yo la castigaba, le quitaba el móvil, le prohibía salir. Ella solo me miraba con esos ojos llenos de odio y se encerraba en su mundo. Fernando intentaba mediar, pero yo sentía que estaba sola en esa guerra.
—No puedo más contigo —le dije una noche, después de encontrar un paquete de tabaco en su mochila.
—¡Pues déjame en paz! —me gritó—. Ojalá no fueras mi madre.
Sentí un puñal en el pecho. Pero en vez de acercarme a ella, la rechacé aún más. Me refugié en Álvaro, que nunca me daba problemas. Él era mi orgullo: estudió Derecho en la Complutense, sacó buenas notas, tenía novia formal. Lucía dejó el instituto y empezó a trabajar de camarera en un bar del centro. Yo lo viví como una humillación.
Las Navidades eran un suplicio. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Lucía llegaba tarde a la cena familiar, vestida de negro y con el pelo teñido de azul. Fernando intentaba bromear para aliviar el ambiente, pero yo no podía evitar lanzarle miradas de desaprobación.
—¿No puedes vestirte normal por una vez? —le susurré al oído.
—¿Y tú no puedes dejarme ser como soy? —me respondió con frialdad.
Los años pasaron y la distancia entre nosotras creció como una grieta imposible de cerrar. Cuando Fernando enfermó de cáncer, Lucía fue la única que estuvo a su lado día y noche en el hospital. Yo me sentía inútil, perdida entre médicos y papeles. Álvaro venía cuando podía, pero tenía trabajo y familia propia.
Una tarde, al volver del hospital, encontré a Lucía llorando en la cocina.
—¿Por qué nunca me has querido? —me preguntó con la voz rota.
Me quedé helada. No supe qué decirle. ¿Cómo se responde a eso? ¿Cómo se confiesa que una madre puede sentir rechazo hacia su propia hija?
Fernando murió en primavera. La casa se llenó de silencio y de recuerdos amargos. Álvaro se fue distanciando; tenía su vida hecha. Lucía se quedó conmigo por compasión, supongo. Yo intenté acercarme a ella, pero ya era tarde. Habíamos construido muros demasiado altos.
Una noche, mientras cenábamos en silencio, Lucía me miró fijamente:
—¿Sabes qué? Me voy a ir a vivir sola. No quiero seguir aquí sintiéndome una extraña en mi propia casa.
No intenté detenerla. Solo asentí con la cabeza y seguí comiendo mi sopa fría.
Ahora la casa está vacía. Echo de menos los gritos, las discusiones, incluso los portazos. Álvaro viene a verme los domingos con sus hijos; me abraza y me pregunta si estoy bien. Pero yo sé que he perdido algo irremplazable.
A veces me despierto por la noche y me pregunto: ¿En qué momento dejé de querer a mi hija? ¿Fue culpa suya o mía? ¿Se puede reparar un corazón roto después de tantos años?
Si alguna vez habéis sentido algo parecido… ¿creéis que aún tengo tiempo para pedirle perdón? ¿O hay heridas que nunca sanan?