No te dejaré entrar en mi casa: La historia de una nuera y su suegra en Madrid
—¡No te dejaré entrar en mi casa, María! ¡Nunca! Porque si entras, nunca me libraré de ti.
La voz de Carmen retumbó en el descansillo del edificio, tan fría como la cerámica bajo mis pies. Era sábado por la tarde y yo sostenía una bolsa con la compra, temblando entre la vergüenza y la rabia. Los vecinos, curiosos, asomaban las cabezas tras las puertas entreabiertas. Sentí que el mundo se me venía encima.
Mi marido, Andrés, estaba a mi lado, inmóvil. No dijo nada. Bajó la mirada como si las baldosas pudieran tragarlo. Yo solo quería entrar en el piso que compartíamos —el piso que era de su madre, pero donde habíamos construido nuestro pequeño refugio durante los últimos tres años.
—Carmen, por favor —intenté razonar—. Solo quiero dejar la compra y preparar la cena. No vengo a molestar.
Ella apretó los labios y agitó las llaves frente a mi cara.
—Este piso es mío. Y mientras yo viva, aquí se hace lo que yo diga. Si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta.
Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. No era la primera vez que Carmen me humillaba delante de Andrés. Pero esta vez era diferente: esta vez, yo estaba decidida a no ceder.
Cuando nos casamos, Andrés y yo no teníamos nada. Él trabajaba en una gestoría con un sueldo justo para sobrevivir; yo había dejado mi trabajo en Salamanca para venir a Madrid con él, soñando con una vida juntos. Carmen nos ofreció su piso —»hasta que podáis ahorrar para uno propio», dijo entonces— y yo acepté, ingenua, pensando que sería temporal.
Pero los meses se convirtieron en años. Y Carmen nunca dejó de recordarnos que estábamos allí por su generosidad. Cada vez que discutíamos por algo trivial —la compra, el ruido, la televisión— ella intervenía, siempre del lado de su hijo.
—Andrés es mi niño —decía—. Nadie lo va a cuidar mejor que yo.
A veces sentía que vivía con una sombra pegada a la espalda. Carmen tenía copia de todas las llaves; entraba sin avisar, revisaba mis cosas, criticaba mi forma de limpiar o cocinar. «Así no se hace la tortilla», «¿Por qué compras esa marca de leche?», «No pongas los zapatos ahí». Cada día era una batalla pequeña pero constante.
Andrés intentaba mediar, pero siempre acababa cediendo ante su madre.
—Es su casa, María —me decía en voz baja—. Solo tenemos que aguantar un poco más.
Pero ese «poco más» se alargaba como una condena sin fin.
La situación llegó al límite cuando quedé embarazada. Carmen empezó a opinar sobre todo: desde el nombre del bebé hasta cómo debía dormir o qué debía comer. Una tarde, mientras yo dormía la siesta agotada por las náuseas, entró en nuestra habitación para «asegurarse de que todo estaba bien». Me desperté sobresaltada y sentí un miedo irracional: ¿y si nunca podría criar a mi hijo lejos de ella?
Intenté hablarlo con Andrés:
—No puedo más —le dije entre sollozos—. Necesito mi espacio. Necesito sentirme dueña de mi vida.
Él me abrazó, pero sus palabras fueron como agua fría:
—No tenemos dinero para irnos ahora. Mamá solo quiere ayudarnos.
Pero yo ya no podía respirar en esa casa.
Empecé a buscar trabajo otra vez, aunque fuera de camarera o limpiadora. Cualquier cosa para ahorrar y marcharnos. Pero Madrid es dura y los alquileres imposibles para dos sueldos bajos y un bebé en camino.
Una noche, después de otra discusión absurda sobre el uso del baño —Carmen insistía en que no gastáramos tanta agua—, exploté:
—¡No soy tu criada! ¡No soy tu hija! ¡Solo quiero vivir tranquila!
Carmen me miró con desprecio:
—Pues vete si no te gusta. Pero Andrés se queda conmigo.
Esa frase me atravesó como un cuchillo. ¿Y si tenía razón? ¿Y si Andrés nunca sería capaz de separarse de ella?
Las semanas siguientes fueron un infierno silencioso. Andrés y yo apenas hablábamos; Carmen se paseaba por la casa como una reina destronada pero aún poderosa. Yo contaba los días para dar a luz y escapar, aunque fuera a un piso compartido o a casa de mis padres en Salamanca.
El día que nació nuestra hija, Lucía, Carmen apareció en el hospital antes incluso que Andrés. Se presentó ante las enfermeras como «la abuela» y exigió estar presente en todo momento. Cuando volví a casa con el bebé en brazos, sentí que entraba en una jaula aún más pequeña.
Una tarde, mientras Lucía dormía y yo lloraba en silencio en la cocina, Carmen entró sin llamar:
—¿Vas a llorar todo el día? Así no vas a ser buena madre.
Me levanté temblando y le respondí por primera vez sin miedo:
—Prefiero ser una mala madre libre que una buena madre prisionera.
Esa noche hice las maletas y me fui a casa de una amiga. Andrés no vino conmigo; eligió quedarse con su madre «hasta que las cosas se calmen».
Ahora vivo en un estudio pequeño con Lucía. Trabajo por horas y cada día es una lucha, pero al menos respiro tranquila. A veces Andrés viene a vernos; otras veces solo llama o manda mensajes diciendo que nos echa de menos pero no puede dejar sola a su madre.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres hay en España atrapadas entre el miedo a perderlo todo y el deseo de ser libres? ¿Cuántas veces más tendremos que elegir entre nuestra dignidad y el amor?
¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde llegaríais por vuestra independencia?