Nuestro hijo ya no viene: Cuando el amor por un hijo duele más que la soledad

—¿Vas a venir este domingo a comer, Daniel? —pregunté con la voz temblorosa, apretando el móvil como si de ello dependiera mi vida.

Al otro lado, el silencio. Luego, la voz de mi hijo, tan lejana como si hablara desde otro mundo:

—Mamá, Lucía y yo tenemos planes. Quizá otro día.

Colgué despacio. El salón estaba en penumbra, la mesa puesta para tres aunque solo yo cenaría. El reloj marcaba las ocho y media, pero en mi pecho era medianoche. Me llamo Marisa y soy madre de un hijo que ya no viene a casa.

No siempre fue así. Recuerdo cuando Daniel era pequeño y corría por el pasillo con los calcetines desparejados, riendo a carcajadas. Su padre, Antonio, y yo nos mirábamos cómplices, orgullosos de ese niño curioso y cariñoso. Pero la vida cambia, y a veces no te das cuenta de cuándo empieza a desmoronarse todo.

La primera vez que conocí a Lucía fue en una comida familiar. Era guapa, educada, pero había algo en su mirada que me inquietó. No sé si fue celos de madre o simple intuición. Daniel la miraba como nunca había mirado a nadie. Yo intenté ser amable, pero cada palabra parecía forzada, cada gesto observado.

—¿Te gusta la tortilla? —le pregunté.
—Prefiero ensalada —respondió ella, sonriendo apenas.

Desde entonces, las visitas se hicieron menos frecuentes. Daniel empezó a llamarme menos. Cuando venía, Lucía se quedaba en el coche o ponía excusas para marcharse pronto. Antonio me decía que no me obsesionara, que los hijos crecen y hacen su vida. Pero yo sentía que algo se rompía dentro de mí.

Una tarde de otoño, después de semanas sin verlos, decidí llamar a Daniel. Necesitaba escuchar su voz, saber que seguía siendo mi hijo.

—¿Pasa algo, mamá? —preguntó él, impaciente.
—Nada… Solo quería saber cómo estabas.
—Estamos bien. Lucía está ocupada con el trabajo y yo también. No te preocupes tanto.

No te preocupes tanto. Como si fuera tan fácil dejar de preocuparse por un hijo.

Antonio intentaba animarme:
—Marisa, tienes que dejarle espacio. Si le agobias, solo conseguirás alejarle más.

Pero ¿cómo no agobiarme si sentía que lo perdía cada día un poco más?

Las Navidades fueron especialmente duras. Preparé su plato favorito: cocido madrileño. Puse la mesa con el mantel bordado por mi madre y encendí las velas como cuando era niño. Esperé hasta que el reloj dio las diez. Llamé a Daniel varias veces; ninguna respuesta. Al final llegó un mensaje:

«Mamá, lo siento. Lucía no se encuentra bien. Lo dejamos para otro día.»

Antonio me abrazó en silencio mientras yo lloraba sobre su hombro. La casa estaba llena de recuerdos y vacía de futuro.

Con el tiempo, Antonio enfermó. Daniel vino al hospital una vez, con Lucía pegada al móvil en la sala de espera. Apenas habló con su padre; se marcharon pronto porque «Lucía tenía una reunión importante». Antonio murió una madrugada de marzo. Daniel llegó tarde al entierro; Lucía ni siquiera apareció.

Después del funeral, intenté acercarme a mi hijo:
—Daniel, ¿puedes quedarte esta noche conmigo?
Él bajó la mirada:
—No puedo, mamá. Lucía me necesita en casa.

Me quedé sola en la casa donde antes sonaban risas y ahora solo se escuchaba el eco de mis pasos.

Los vecinos empezaron a preguntar por Daniel. Yo inventaba excusas: «Está muy ocupado», «Vive lejos», «Ya vendrá». Pero la verdad era otra: mi hijo ya no venía porque su vida estaba en otra parte y yo me había convertido en un estorbo.

Una tarde lluviosa, decidí ir a buscarle. Cogí el autobús hasta su barrio nuevo en Las Rozas. Llamé al timbre; Lucía abrió la puerta con cara de sorpresa.

—¿Marisa? ¿Qué haces aquí?
—Quería veros… hace mucho que no sé nada de vosotros.
Lucía suspiró:
—Daniel está trabajando. Si quieres puedes esperarle… pero no sé cuánto tardará.

Entré en el piso frío y ordenado. No había fotos familiares; ni rastro de la infancia de Daniel. Me senté en el sofá y esperé durante horas. Cuando Daniel llegó, me miró incómodo:

—Mamá… deberías haber avisado.
—Solo quería verte —susurré.
Lucía intervino:
—Marisa, entendemos que estés sola… pero tenemos nuestra vida.

Me marché antes de que anocheciera, sintiendo que había cruzado una línea invisible.

Desde entonces solo hablamos por WhatsApp; mensajes cortos, impersonales. A veces me manda una foto del perro o del jardín. Nunca hay un «te quiero», ni siquiera un «¿cómo estás?»

He aprendido a vivir con la ausencia de mi hijo como quien aprende a vivir con una herida que nunca cierra del todo. Mis amigas me dicen que lo deje estar, que los hijos vuelven cuando menos lo esperas. Pero yo sé que algo se rompió entre nosotros y no sé si alguna vez podré repararlo.

A veces me pregunto si fui demasiado protectora o demasiado exigente; si Lucía sintió que yo era una amenaza o simplemente nunca quiso compartir a Daniel conmigo. Quizá ambos cometimos errores y ahora pagamos el precio del silencio y la distancia.

Hoy he puesto la mesa para uno solo y he encendido una vela por Antonio y por el niño que fui madre alguna vez. Me miro al espejo y veo a una mujer cansada pero aún llena de amor por un hijo ausente.

¿Dónde nos equivocamos? ¿Hay esperanza para volver a encontrarnos o el amor de una madre es solo un eco en la vida adulta de los hijos? ¿Vosotros también sentís ese vacío cuando los hijos ya no vuelven?