Nunca Es Suficiente: El Precio de la Austeridad en Casa
—¡No valoráis nada! —gritó mi madre desde la cocina, mientras el olor a lentejas recalentadas llenaba el pequeño piso de Vallecas—. ¡Todo el día pidiendo tonterías y sin pensar en el futuro! ¿Sabéis lo que cuesta ganar cada euro?
Me quedé callado, mirando a mi hermana Alba, que jugaba con la cremallera rota de su mochila. Tenía once años y ya sabía que pedir unas zapatillas nuevas era motivo de sermón. Yo, con diecisiete, había aprendido a callar y a soñar en silencio. Mi madre, Carmen, siempre había sido así: ahorradora hasta el extremo, capaz de remendar calcetines hasta que se deshacían entre los dedos.
—Mamá, solo he dicho que me gustaría ir al cine con los del instituto —intenté explicar, sabiendo que era inútil.
—¿Al cine? ¿Y quién paga eso? ¿Tú? ¿O piensas que el dinero cae del cielo? —respondió ella, sin mirarme, concentrada en sacar las manchas de una camisa heredada de mi primo Sergio.
Alba suspiró. Yo apreté los puños bajo la mesa. Desde la crisis de 2008, cuando papá perdió el trabajo en la obra y se marchó a vivir con otra mujer en Alcorcón, mamá se había vuelto aún más rígida. Todo era ahorrar: la luz, el agua, el gas. Nada de marcas caras, nada de caprichos. Ni siquiera en Navidad.
Recuerdo una Nochebuena en la que Alba lloró porque no había turrón. Mamá le dio un trozo de pan con azúcar y le dijo que eso era lo que comían los niños en su pueblo cuando eran pequeños. Yo me fui a la cama con un nudo en la garganta.
En el instituto todos hablaban de viajes de fin de curso, de móviles nuevos, de ropa de marca. Yo inventaba excusas para no salir. Decía que tenía que cuidar a Alba o ayudar en casa. La verdad era que me daba vergüenza no poder pagar ni una entrada para el cine.
Una tarde, mientras ayudaba a Alba con los deberes, escuché a mamá hablando por teléfono con la abuela:
—No puedo más, mamá. Los niños no entienden nada. Todo el día pidiendo cosas… No sé cómo explicarles que no hay dinero para lujos.
Colgó y me miró. Sus ojos estaban rojos.
—¿Tú crees que soy mala madre? —me preguntó en voz baja.
Me quedé helado. Nunca la había visto tan vulnerable.
—No, mamá… Solo que a veces… nos gustaría tener algo más —susurré.
Ella se sentó a mi lado y me acarició el pelo como cuando era pequeño.
—Hijo, si supieras lo que es tener miedo al futuro… No quiero que os falte nada importante. Pero hay cosas que no puedo daros.
Alba apareció en la puerta con una hoja de papel.
—Mamá, ¿puedo ir a la excursión del cole? Es solo cinco euros…
Mamá cerró los ojos y respiró hondo.
—Veré qué puedo hacer —dijo al fin.
Esa noche la vi contando monedas en la mesa del salón. Se quedó dormida sobre las cuentas del banco. Me acerqué y vi una lista: «Luz, agua, comida, excursión Alba». Me sentí culpable por todos los reproches que le había hecho en mi cabeza.
Pero al día siguiente todo volvió a ser igual. Mamá encontró un agujero en mis vaqueros y me regañó por no cuidarlos. Alba rompió un vaso y lloró porque sabía que eso significaba otro sermón.
Un sábado por la tarde, mientras llovía y la tele apenas funcionaba por falta de antena, Alba me miró y dijo:
—¿Tú crees que algún día podremos irnos de vacaciones como los demás?
No supe qué responderle. En ese momento sentí una rabia inmensa hacia mamá y hacia el mundo entero. ¿Por qué nosotros no? ¿Por qué siempre teníamos que conformarnos?
Esa noche discutí con mamá. Le grité que estaba cansado de vivir como si fuéramos pobres aunque ella trabajara todo el día limpiando casas. Que quería vivir, no solo sobrevivir.
Ella me miró como si le hubiera dado una bofetada.
—¿Tú crees que yo quiero esto? —me gritó—. ¿Tú crees que disfruto diciendo no a todo? ¡Estoy harta! Pero prefiero pasar hambre yo antes que veros pedir limosna.
Me encerré en mi cuarto y lloré como un niño pequeño. Alba vino y se tumbó a mi lado sin decir nada.
Pasaron los meses. Alba creció y aprendió a no pedir nada. Yo conseguí un trabajo repartiendo pizzas y ahorré para comprarle un regalo a mamá por su cumpleaños: una bufanda nueva. Cuando se la di, lloró durante media hora.
—No hacía falta… —dijo entre sollozos—. Lo importante es estar juntos.
Ahora tengo veinticinco años y vivo solo en un piso compartido en Lavapiés. Alba estudia enfermería gracias a una beca. Mamá sigue remendando calcetines y ahorrando cada céntimo. A veces la visito y discutimos por tonterías: si gasto demasiado en café, si debería ahorrar más para el futuro…
Pero he aprendido algo: el miedo puede ser tan fuerte como el amor. Y aunque mamá nunca nos llevó al cine ni nos compró turrón, nos enseñó a sobrevivir cuando todo parecía perdido.
A veces me pregunto: ¿vale la pena sacrificar la felicidad presente por un futuro incierto? ¿O estamos condenados a repetir los miedos de quienes nos criaron?