Nunca fui la abuela que soñé ser: confesiones de una suegra española

—¿Por qué ahora, Lucía? ¿Por qué después de seis años sin apenas dejarme ver a mi nieto, ahora me llamas para que lo cuide?—. Mi voz temblaba, y aún así intenté mantener la compostura. Lucía, mi nuera, me miró con esa mezcla de cansancio y prisa que siempre lleva encima desde que nació el pequeño Mateo.

—Porque no tengo otra opción, Carmen. Mi madre está enferma y tú eres la única que puede ayudarnos—. Su respuesta fue seca, casi como si le doliera admitirlo.

Me quedé en silencio, con el teléfono apretado contra la oreja. Recordé el día en que nació Mateo. Yo estaba en la sala de espera del hospital de La Paz, con un ramo de flores y un peluche azul. Mi hijo, Álvaro, salió a buscarme y me dijo: “Mamá, Lucía está cansada. Prefiere que vengas mañana”. Nunca entendí por qué no podía entrar a ver a mi nieto en ese momento. Desde entonces, siempre había una excusa: que Mateo estaba resfriado, que tenían planes, que era mejor no alterar su rutina.

Durante años, fui la abuela invisible. Veía fotos en WhatsApp, algún vídeo corto en Navidad, pero nunca pude llevarlo al parque ni leerle un cuento antes de dormir. En las comidas familiares, Lucía siempre se sentaba entre Mateo y yo. Álvaro apenas decía nada; parecía resignado a esa distancia impuesta.

Recuerdo una tarde de domingo en la que intenté acercarme:

—¿Te ayudo con la merienda de Mateo?— pregunté mientras Lucía preparaba la fruta.

—No hace falta, Carmen. Ya lo tengo todo controlado— respondió sin mirarme.

Me sentí inútil, como si estorbara en mi propia familia. Empecé a evitar las visitas para no sentirme rechazada una y otra vez. Mis amigas del barrio de Chamberí me decían que era normal, que las nueras son así ahora, que hay que tener paciencia. Pero yo veía cómo ellas recogían a sus nietos del colegio o los llevaban al Retiro a dar de comer a los patos. ¿Por qué yo no podía?

El tiempo fue pasando y la herida se hizo costumbre. Me refugié en mis plantas y en las tardes de bingo con las vecinas. Pero cada vez que veía a una abuela con su nieto en el parque, sentía una punzada en el pecho.

Ahora, seis años después, Lucía me llama porque necesita que cuide a Mateo mientras ella vuelve al trabajo. Me siento utilizada, como si solo valiera para cubrir una necesidad puntual. Pero también siento culpa: ¿habré hecho algo mal? ¿Fui demasiado insistente al principio? ¿O simplemente nunca fui suficiente para Lucía?

Esa noche no pude dormir. Álvaro me llamó más tarde:

—Mamá, sé que esto es difícil para ti… pero necesitamos tu ayuda— dijo en voz baja.

—¿Y por qué nunca me necesitasteis antes?— pregunté con un nudo en la garganta.

—No lo sé… Las cosas se complicaron y… Lucía es muy suya. Pero Mateo te necesita ahora— respondió, casi suplicando.

Me levanté temprano y fui a casa de mi hijo. Mateo me abrió la puerta con una sonrisa tímida. Había crecido tanto… Tenía los ojos de Álvaro y el pelo rizado de Lucía. Me abrazó con torpeza y sentí cómo algo dentro de mí se rompía y se recomponía al mismo tiempo.

Pasamos la mañana juntos. Le preparé chocolate con churros y le conté historias de cuando su padre era pequeño. Al principio estaba callado, pero poco a poco empezó a hacerme preguntas: “¿Tú sabes jugar al parchís?”, “¿Por qué tienes tantas plantas?”. Sentí que por fin podía ser abuela.

Pero cuando Lucía volvió del trabajo, la tensión volvió a llenar el aire. Me miró como si temiera que le quitara algo suyo.

—Gracias por venir, Carmen— dijo sin sonreír.

—De nada… Para eso están las abuelas— respondí intentando sonar natural.

En el camino de vuelta a casa, no pude evitar llorar en el autobús. Me preguntaba si alguna vez podríamos ser una familia de verdad o si siempre sería la extraña en su vida.

Ahora escribo esto sentada en mi cocina, mirando las fotos antiguas de Álvaro cuando era niño. Me pregunto: ¿cuántas abuelas españolas viven lo mismo que yo? ¿Somos culpables por querer estar presentes o simplemente víctimas de una nueva forma de entender la familia?

¿De verdad es tan difícil dejar entrar a una abuela en la vida de su nieto? ¿O es el miedo y el orgullo lo que nos separa? ¿Qué haríais vosotras en mi lugar?