Nunca pensé que mi hijo se alejaría tanto: la historia de una madre española

—¿Otra vez vienes sin avisar, Carmen? —La voz de Lucía, mi nuera, me recibe fría en el umbral de su piso en Chamberí. Siento el peso de la bolsa de rosquillas que traigo, hechas esa misma mañana, y el calor de la vergüenza me sube por las mejillas.

—Solo quería ver cómo estabais… —balbuceo, intentando sonreír, buscando a Daniel con la mirada. Pero él no aparece. Lucía se apoya en el marco de la puerta, cruzada de brazos, y me mira como si fuera una molestia más que una visita.

Hace siete años, cuando Daniel me anunció que se casaba con Lucía, sentí una mezcla de orgullo y temor. Ella era distinta a nosotros: hija única, criada en una familia donde todo se resolvía con silencios y miradas. En cambio, en mi casa de toda la vida en Vallecas, las cosas se decían a gritos y abrazos. Pensé que con el tiempo nos entenderíamos, pero cada año que pasa siento que la distancia crece.

Recuerdo la primera Navidad juntos. Yo había preparado cocido madrileño para todos, como hacía mi madre y mi abuela antes que yo. Lucía apenas probó bocado y Daniel, mi niño, se limitó a mirar su plato en silencio. Cuando le pregunté si pasaba algo, Lucía contestó por él:

—Es que ahora comemos más ligero, Carmen.

Desde entonces, cada encuentro es más breve, más incómodo. Me esfuerzo por no ser una carga: nunca les pido dinero, ni ayuda; al contrario, siempre llevo algo hecho por mí o algún regalo para los niños. Pero Lucía parece molesta incluso por eso.

—No hace falta que traigas nada —me dice cada vez que aparezco con un paquete envuelto o una bandeja de empanadillas.

—Es solo un detalle… —intento justificarme.

—De verdad, Carmen, no tienes que hacerlo. Los niños ya tienen de todo.

A veces pienso que si no fuera por mis nietos, ya habría dejado de ir. Pero cuando veo a Martina y a Pablo correr hacia mí gritando «¡abuela!», siento que aún tengo un sitio en sus vidas. Aunque Lucía siempre los llama enseguida:

—Venga, id a lavaros las manos que vamos a comer.

Y entonces se los lleva y yo me quedo sola en el salón, mirando las fotos familiares donde apenas salgo yo.

Daniel ya no es el mismo. Antes me llamaba cada semana para contarme sus cosas: el trabajo en la gestoría, los partidos del Atleti, las dudas sobre la hipoteca. Ahora responde a mis mensajes con monosílabos o ni siquiera eso. Cuando le pregunto si está bien, me dice:

—Sí, mamá, todo bien. No te preocupes tanto.

Pero yo sé que algo pasa. Lo noto en su voz cansada, en la forma en que evita mirarme cuando coincidimos en alguna comida familiar. Una vez intenté hablar con él a solas:

—Daniel, ¿te pasa algo conmigo? ¿He hecho algo mal?

Él suspiró y bajó la mirada:

—No es eso, mamá. Es que… Lucía prefiere que tengamos nuestro espacio. Dice que necesitas entenderlo.

¿Espacio? ¿Desde cuándo una madre necesita pedir permiso para ver a su hijo? ¿En qué momento me convertí en una extraña?

Mis amigas del centro de mayores me dicen que es normal, que los hijos se van haciendo su vida y las madres tenemos que aprender a soltar. Pero yo no quiero soltar; quiero formar parte de su vida sin sentirme una intrusa.

El otro día fue el cumpleaños de Martina. Preparé una tarta de chocolate como las que hacía cuando Daniel era pequeño. Al llegar al piso, Lucía ya había encargado una tarta fondant carísima con unicornios y purpurina. La mía quedó arrinconada en la cocina.

—Gracias por traerla, Carmen —me dijo Lucía sin mirarme—. Pero ya tenemos postre.

Vi cómo Daniel cogía un trozo pequeño de mi tarta y me sonreía tímidamente desde lejos. Quise abrazarle como cuando era niño, pero sentí que un muro invisible nos separaba.

A veces pienso en mi marido, Antonio, que murió hace tres años. Él siempre decía:

—Carmen, los hijos no son nuestros; solo los cuidamos un rato.

Pero nadie te prepara para este vacío. Para sentirte sola rodeada de tu propia sangre.

Hoy he vuelto a casa después de otra visita breve y fría. Me siento en el sofá y miro el móvil esperando un mensaje de Daniel que nunca llega. Enciendo la tele para hacer ruido y no pensar demasiado. Me pregunto si algún día volverá a buscarme como antes o si tendré que resignarme a ser solo «la abuela que trae cosas».

¿De verdad es tan difícil entendernos? ¿O soy yo la que no sabe adaptarse a los nuevos tiempos? ¿Cuántas madres españolas estarán pasando por lo mismo sin atreverse a decirlo?

Quizá algún día Daniel lea esto y recuerde quién le enseñó a atarse los cordones o a montar en bici por el Retiro. Hasta entonces… seguiré llevando rosquillas cada vez que pueda.

¿Vosotros también sentís ese muro invisible con vuestros hijos? ¿Qué haríais en mi lugar?