Por Ella, Haría Cualquier Cosa: Mi Madre No Acepta a Mi Prometido

—No pienso permitir que te cases con él, Lucía. —La voz de mi madre retumbó en el salón, tan fría y cortante como el viento de enero en Madrid.

Me quedé de pie, con el corazón encogido y las manos temblorosas. Mi prometido, Álvaro, me miraba desde la puerta, sin atreverse a entrar. Mi madre, Carmen, se mantenía erguida, los brazos cruzados y la mirada fija en mí, como si pudiera leer todos mis pensamientos y desmontar mis argumentos antes de que siquiera los pronunciara.

—Mamá, por favor… —intenté suplicar, pero ella me interrumpió con un gesto brusco.

—No insistas. No después de todo lo que hemos pasado. No puedo confiar en alguien como él.

La rabia y la tristeza se mezclaron en mi pecho. ¿Por qué tenía que ser tan difícil? ¿Por qué no podía simplemente alegrarse por mí?

Todo comenzó años atrás, cuando tenía quince años. Recuerdo perfectamente aquella noche en la que mi padre, Antonio, nos reunió en el comedor para decirnos que se iba. Que había conocido a otra mujer, una tal Beatriz, y que necesitaba empezar una nueva vida. Lo que no nos dijo fue que esa nueva vida empezaría bajo nuestro mismo techo. Durante un año entero, mamá y yo tuvimos que compartir la casa con ellos. Cada día era una humillación silenciosa: ver a mi padre besar a otra mujer en nuestra cocina, escuchar sus risas desde el dormitorio contiguo mientras mi madre lloraba en silencio.

Aquel año nos marcó para siempre. Mamá se volvió dura, desconfiada; yo aprendí a esconder mis emociones y a sobrevivir entre dos fuegos. Cuando por fin mamá reunió el valor para echarlos de casa, creímos que todo mejoraría. Pero la herida seguía abierta.

Me refugié en los estudios. Saqué buenas notas, conseguí entrar en la universidad Complutense para estudiar Derecho. Allí conocí a Álvaro: un chico de barrio obrero de Vallecas, divertido y cariñoso, pero con un pasado complicado. Su padre había estado en prisión y su madre limpiaba casas para sobrevivir. A pesar de todo, Álvaro era noble y trabajador; se esforzaba cada día por dejar atrás los prejuicios que la sociedad le imponía.

Cuando le presenté a mamá por primera vez, supe que algo iba mal. Ella le miró de arriba abajo, buscando defectos invisibles. Durante la cena apenas le dirigió la palabra y, cuando Álvaro se fue, me soltó:

—¿No podías haber encontrado a alguien mejor? Alguien con futuro…

—Mamá, Álvaro tiene trabajo fijo y estudia por las noches. Me quiere de verdad.

—Eso dicen todos al principio —respondió ella, encogiéndose de hombros.

Con el tiempo, la tensión fue creciendo. Cada vez que mencionaba a Álvaro, mamá cambiaba de tema o lanzaba indirectas crueles:

—¿Sabes que los padres son el reflejo de los hijos? —me decía mientras preparaba la cena—. No quiero verte sufriendo como yo.

Yo intentaba mantener la paz, pero era imposible. Cuando Álvaro me pidió matrimonio en el Retiro, bajo los castaños dorados del otoño madrileño, sentí que por fin podía dejar atrás el dolor del pasado. Pero al contárselo a mamá, su reacción fue devastadora.

—¿Te vas a casar con un chico así? ¿Después de todo lo que hemos vivido? ¿No ves que te va a hacer daño?

—Mamá, no todos los hombres son como papá —le grité entre lágrimas—. ¡No puedes juzgar a Álvaro por lo que hizo él!

Pero ella no escuchaba razones. Empezó a ignorarme durante días; apenas me dirigía la palabra en casa. Las comidas se volvieron silenciosas y tensas. Mi abuela Pilar intentó mediar:

—Carmen, hija, deja que Lucía sea feliz. No puedes protegerla siempre.

Pero mamá no cedía.

Una tarde de domingo, mientras ayudaba a mi abuela a preparar croquetas en su piso de Lavapiés, rompí a llorar.

—No sé qué hacer, abuela. Siento que tengo que elegir entre mi madre y el hombre al que amo.

Ella me abrazó fuerte y me susurró:

—La vida es demasiado corta para vivir con miedo al pasado. Tu madre tiene miedo de perderte como perdió a tu padre. Pero tú tienes derecho a tu propia felicidad.

Esa noche volví a casa decidida a hablar con mamá. La encontré sentada en el sofá, mirando una foto antigua de cuando yo era niña.

—Mamá —dije suavemente—. Sé que tienes miedo. Pero yo también lo tengo. No quiero perderte… pero tampoco quiero renunciar a mi vida por tu dolor.

Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—No quiero verte sufrir —susurró—. No soportaría verte pasar por lo mismo que yo.

Me senté a su lado y le cogí la mano.

—Déjame intentarlo, mamá. Si me equivoco… estaré aquí para levantarme. Pero necesito vivir mi propia historia.

El silencio llenó la habitación durante unos segundos eternos. Finalmente, mamá asintió lentamente.

—Prométeme que serás feliz —dijo con voz rota.

No sé si algún día aceptará del todo a Álvaro. Pero sé que he dado un paso hacia adelante; uno necesario para sanar las heridas del pasado y construir mi propio futuro.

A veces me pregunto: ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por nuestros padres? ¿Y cuándo llega el momento de elegirnos a nosotros mismos? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?