¿Por qué nadie me llamó? – El silencio de la abuela Carmen
—¿Por qué nadie me llamó? —la voz de la abuela Carmen retumbó en el salón, cortando el aire como un cuchillo. Todos nos quedamos en silencio, con las copas a medio levantar y el aroma del cordero asado flotando aún en el ambiente. Era el cumpleaños de mi suegra, Pilar, y habíamos venido a su casa de campo en las afueras de Segovia para celebrarlo. Había risas, tarta de almendras, vino de la tierra y hasta una guitarra apoyada en la esquina, esperando que alguien se animara a cantar una jota. Pero en ese instante, todo se congeló.
Yo estaba junto a mi marido, Luis, intentando servir un poco más de ensaladilla rusa a los niños cuando la puerta se abrió de golpe. Carmen, la madre del difunto marido de Pilar, entró con paso firme, el abrigo aún puesto y los ojos húmedos. Nadie la esperaba. Nadie la había llamado.
—Mamá… —susurró Pilar, bajando la mirada—. Pensé que estarías con tía Rosario en Madrid.
—¿Y por eso no merezco una llamada? ¿Una invitación? —replicó Carmen, su voz temblando entre el enfado y la tristeza—. ¿Acaso ya no soy parte de esta familia?
Luis me apretó la mano bajo la mesa. Sabía que esto podía pasar. Desde que murió el abuelo Julián, Carmen se había ido aislando poco a poco. Pilar decía que era mejor dejarla tranquila, que no quería molestarla con reuniones familiares. Pero yo siempre sentí que detrás de esa distancia había algo más.
—No es eso, abuela —intervino mi cuñada Marta, intentando suavizar el ambiente—. Es que… bueno, pensábamos que preferías descansar.
Carmen soltó una risa amarga.
—Descansar… ¿De qué? ¿De estar sola? ¿De escuchar el reloj dar las horas mientras espero una llamada que nunca llega?
El silencio volvió a caer sobre nosotros. Los niños dejaron de pelear por los trozos de tarta y miraron a su bisabuela con ojos grandes y asustados. Yo sentí un nudo en el estómago. Recordé las veces que mi propia abuela se quejaba de lo mismo, de sentirse invisible cuando la familia se reunía sin ella.
Pilar se levantó despacio y fue hacia su suegra. Le quitó el abrigo con manos temblorosas y le ofreció una silla junto al fuego.
—Lo siento, Carmen —dijo en voz baja—. No fue mi intención hacerte daño.
Pero Carmen no se sentó. Se quedó de pie, mirando a todos con una mezcla de reproche y súplica.
—No es solo hoy —dijo—. Es cada domingo, cada Navidad… Desde que Julián se fue, parece que yo también he desaparecido para vosotros. ¿Tanto cuesta marcar mi número? ¿Tanto molesto?
Luis intentó intervenir:
—Abuela, no es así…
Pero ella le cortó con un gesto seco.
—No me digas que no es así. Sé lo que siento. Y sé lo que sentís vosotros: lástima, incomodidad… Quizá miedo de enfrentaros a vuestra propia soledad.
Marta rompió a llorar en silencio. Pilar se tapó la cara con las manos. Yo sentí una punzada de culpa. ¿Cuántas veces había pensado en llamar a Carmen y lo había dejado para otro día?
La tensión era tan densa que casi podía tocarse. Entonces Carmen bajó la voz y dijo:
—No quiero estropearos la fiesta. Solo quería saber si aún tengo un sitio aquí.
Nadie supo qué responderle. El reloj del salón dio las seis y media. Afuera empezaba a oscurecer y el frío del campo se colaba por las rendijas de las ventanas.
Finalmente fui yo quien rompió el silencio:
—Carmen, claro que tienes un sitio. Yo… yo tampoco llamo tanto como debería. Pero te necesitamos aquí. Los niños te necesitan.
Ella me miró con ojos cansados pero agradecidos. Se sentó despacio junto al fuego y aceptó una taza de café caliente que le ofreció Marta.
La fiesta continuó, pero ya nada fue igual. Las conversaciones eran más suaves, los abrazos más largos. Al despedirnos esa noche, Carmen me susurró al oído:
—Gracias por decirlo en voz alta. A veces solo necesitamos sentirnos escuchados.
En el coche, de regreso a Madrid, Luis iba callado. Yo miraba por la ventanilla las luces lejanas del pueblo y pensaba en todas las veces que el silencio había sido más fuerte que las palabras en nuestra familia.
¿De verdad escuchamos a quienes nos rodean? ¿O preferimos callar para no enfrentarnos al dolor ajeno? ¿Cuántas veces hemos dejado solo a alguien por miedo o comodidad?
Quizá hoy aprendí que una llamada puede cambiarlo todo.